domingo, 27 de julio de 2014

EL CUATRO DE LUCIANO


Serían  cerca de las cinco de la tarde. La brisita fresca que venía del oriente y la posición del sol, ya casi metiéndose detrás de la loma de “El Indio” así lo indicaba.  Luciano, sentado a la pata de uno de los 18 palos de mango que su viejo había sembrado en el patio de la hacienda afinaba su viejo cuatro.  Era un cuatro cumanes de 14 trastes que había traído de Venezuela hace más de 20 años, un poco duro, pero muy sonoro. El diapasón y la caja de resonancia eran de color caoba y la tapa superior era de un lustroso natural de la madera de cedro.  Ese cuatro de sus amores que se le había malogrado una mañana de agosto cuando se cayó del garabato donde lo colgaba, y que solamente el maestro Prisciliano se había comprometido a arreglar. Ese cuatro que lo había acompañado a trasnochar muchachas cuando Luciano era aún un pijita con brios de serenatero. Ese cuatro que estaba ligado íntimamente a su vida y que desde hacía varios años, solo descolgaba cuando tenía que meditar sobre algún asunto de importancia.

Sentado en el piso, con la espalda recostada en el tronco del mango y con la mirada entre puesta y perdida en el horizonte, había empezado a sacarle una tonada en Re menor acompasada por el sonido de las cigarras veraneras. Desde adentro de la casa, la vieja Alcira, cocinera de la hacienda y consejera de Luciano, ya se imaginaba el asunto; el cámara tenía el corazón entre gallos y medianoche y ahí sentado, estaba tratando de dilucidar las cosas.   Había empezado por hacer un recuento del curso de las circunstancias pues el tema era de extrema importancia y no quería, ni podía darse el lujo de equivocarse.

Recordaba cómo, de manera casi accidental, se había propiciado esa primera conversación con Catalina, y cómo desde esa primera charla, no había pasado un solo día sin que cruzaran palabra. No era algo que él hubiera buscado; simplemente sucedió.  Podría decirse que El Barbas le atravesó en su trillo esos ojos de laguna serena y esa voz que le generaba una indescriptible paz.  Era evidente que Catalina había despertado en primera instancia el interés de Luciano, y como no, si era una mujer tan agradable e interesante.  Bella, inteligente, de un absoluto, encantador y fino buen humor, y que compartía con Luciano toda una serie de gustos y temas en común.  Había días en que la conversación era extensa y discurría por los más variados  senderos, como también  había días en que tres o cuatro palabras eran suficientes para que cada uno supiera, que el otro estaba siempre pendiente.  Poco a poco Catalina fue volviéndose imprescindible en la cotidianidad de Luciano. Para el dueño del cuatro cumanes, el día no empezaba con la salida del sol, sino con los buenos días que le daba Catalina. Así mismo en las noches, la única forma posible de conciliar el sueño, era después de haberse despedido de ella. En sus oraciones a El Barbas y a su Virgen de Manare, siempre estaba incluida una petición por el bienestar y la felicidad de “su bonita”. Sin darse cuenta como ni cuando, el corazón del cuatrista había sido tocado por la presencia bendita de Catalina. 

Los acordes de Re menor seguían saliendo de las manos de Luciano, mientras se reafirmaba en su presentimiento. Era indudable que había desarrollado sentimientos que, entre otras cosas no quería bautizar, porque le parecía muy prosaico ponerle un nombre común a unas sensaciones tan extremadamente especiales. El nombre era lo de menos. Lo importante era que la sola presencia de Catalina le tocaba fibras muy profundas. Ella, especial y encantadora como era, tenía en su comportamiento con Luciano unos picos altos y bajos, como si de una curva de función trigonométrica se tratara. En algunas gloriosas ocasiones, le manifestaba mucho cariño y cercanía, y en otras, parecía querer alejarlo; nada de esto sorprendía a Luciano, pues sabía por boca de la propia Catalina, que al interior de “su bonita” había en ciernes una lucha interna a la que muy probablemente solo podía asistir como espectador.  Es que finalmente las circunstancias eran poco ortodoxas y ello no dejaba de significar una desventaja para que lo que evidentemente flotaba en medio de ellos dos, lograra volverse algo concreto y palpable.  Todo era nuevo para el cámara.  Y hasta ahí llegaba la claridad. De ese punto en adelante todo era una completa incógnita para Luciano. Hombre baquiano y faculto en los asuntos del corazón, se encontraba con un  enigma en la persona de Catalina. Y no era que ella fuera complicada o extraña. Era precisamente porque era una mujer muy aterrizada y con sus cosas bien claras, pero que poco hablaba de ellas. El esfuerzo de Luciano para leerla entre líneas era monumental.  No quería equivocarse.  Era ya tan importante “su bonita” que el esmero por hacerla sentir toñeca, era quizá más trascendental que despejar sus propias dudas. Ya habría tiempo para eso.

Lo claro es que Luciano ya había tomado una decisión, y esa tarde sentado en la pata del mango, con el cuatro en sus manos no estaba haciendo otra cosa que darle un último repaso para reafirmarla. Iba a hacer todo lo que estuviera a su alcance por propiciar las condiciones necesarias para que los sentimientos que estaban en juego tuvieran una evolución,  fuese cual fuese.  No importaba lo que hubiera que hacer, no importaban incluso las mismas dudas de Catalina. Eso no estaba bajo su gobierno, asi que ¿por qué detenerse ante ello? Luciano solo sabía que  su imagen reflejada en los ojos de Catalina era la definición de más cercana de la felicidad. Solo sabía que ante Catalina, salía a flote el mejor Luciano posible y no era una impostación o una artimaña; era que Catalina, la presencia bendita de Catalina sacaba lo mejor de sí  y eso era algo que merecía ser perseguido.

El cuatro se silenció. Ya en el horizonte, por encimita de la silueta del samán del potrero despuntaba la luna clara.  Luciano se puso en pie y camino despacio hacia la cocina. Le pidió a la vieja Alcira un pocillo de guayoyo y estrenando brillo en los ojos, se sentó en el comedor de cedro.  Apuró un par de sorbos de guayoyo dulcito y echándose ligeramente el sombrero para atrás, con voz solemne le dijo a Alcira – Tiene más reversa un rio; me voy a buscar a Catalina –

Rodrigo Gallo
@AlegreBengali


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