Descolgó su viejo cuatro del garabato de
caruto que tenía en el cuarto, donde además del instrumento, acostumbraba a
colgar el sombrero, el bayetón y el mandador de flor amarillo; repasó la
afinación con sacralidad y como era de esperarse, le sonó perfecta la
seguidilla de La – Re – Fa Sostenido y Si. Parecía que el paso de los años, había afincado sus trastes en el
diapasón con milimétrica precisión.
Sentado en la silleta hecha del cuero de su vaca Medio Luto, le sacaba
unas alegres notas de Guacharaca en Sol mayor. Invariablemente, el sonido del
cuatro reflejaba la exacta vibración de su interior, y ahora, con esta muy agradable sorpresa, no podía sentirse menos que contento. Pedro Pablo había podido confirmar que, como
solía decir su compadre Dumar, de lo más limpio sale un tigre, y ahora asombrado, felizmente comprobaba que El
Barbas -como él solía referirse a Dios - siempre le regalaba un motivo para
sonreír; y el cuatro seguía sonando al compás de sus sonrisas.
Haciendo un repaso de los
acontecimientos, el punto cero lo llevaba al momento donde en medio de un baile
sabanero había retrucado el verso de uno de los copleros, con tal gracia, que
la concurrencia entera había roto en aplausos y risas. Pero un ocurrente
comentario había hecho que volteara la vista hacia el rincón derecho del salón
y sin más, se había topado con los ojos cafés de Eliana. Como un acto reflejo
le había dado respuesta a la ocurrencia de la catira y en menos de lo que el
gallo pasionero da su primer canti’o, se encontraba inmerso en una agradable
conversación con ella. Vivía Eliana en
la misma vereda que Pedro Pablo y por lo tanto, se habían cruzado un par de
veces antes, sin que el uno hubiese reparado en el otro, pero esa noche en el
baile, bueno, esa noche había sucedido algo diferente. No sabía explicar
exactamente qué, pero era claro que desde esa noche, se habían empezado a ver
con otros ojos. Evidentemente, era
Eliana una mujer hermosa, muy hermosa, y aunque Pedro Pablo era muy susceptible
a la belleza femenina, era de una naturaleza superior el nivel de conexión.
El día siguiente al mentado baile,
Pedro Pablo había amanecido con el rostro de Eliana fijo en su mente y con la
conversación presente, como si se la hubieran grabado en el cerebro. No pudo
evitar una sonrisa al recordar cómo, de manera inopinada, le había dicho una
frase producto del gusto manifiesto y ella le había respondido, sin dudarlo, en
el mismo tenor; él, había tenido que contenerse para que no se le notara que
esa respuesta le había llegado como un huracán. Es que no era ningún muchachito y por tanto,
el hecho que una simple frase le hubiera causado una fuerte reacción lo llenaba
de asombro; de alegría sí, pero sobre todo de asombro. Después de saborear el primer cerrero de la
mañana y una vez hubo ordeñado a su quesera, le voló la pierna al potro castaño
frontino hijo de su difunto caballo Mil Amores. Tenía que volverla a ver, eso
sí con algún pretexto para no quedar tan expuesto, pero tenía que verla. La esperó en el malecón del rio en donde
recordaba haberla visto caminando alguna vez. Viendo bajar la espuma del rio
jugando con la mareta, no pudo dejar de sentirse un poco intimidado. En esas
lides, Pedro Pablo era un hombre supremamente torpe pero volver a disfrutar de
la conversación con la catira, volver a ver sus ojos, volver a sentir su aroma
a flores de malabar y sobre todo volver a escuchar esa dulce voz -pensaba Pedro
Pablo que si los ángeles existieran, tendrían que tener una voz similar a la de
Eliana – eran suficiente estímulo para
vencer el temor.
Pasados unos minutos, que al cámara
le parecieron eternos, la vio venir por el sendero que corría paralelo a la
ribera, aguas arriba. La brisa del rio, moderada por el guafal que dominaba el
sendero, hacia mover el pelo de Eliana con una sinigual gracia. Vestía con
sencillez, pero era la catira, de esas pocas personas que sea lo que sea que
vistan les luce; al tenerla a poco menos de 10 metros, pudo verla sonriente y
empezó a sentir un extraño cosquilleo en la nuca. - Catirita, buenos días - dijo Pedro Pablo
con la voz imperceptiblemente quebrada por los casi infantiles nervios y entregándole
una cayena amarilla que había cortado en el camino; - Buenos días Pedro ¿cómo
amaneciste? Que flor más bonita - respondió sonriente la bella mujer – Bueno,
la cayena es para ponerla sobre la oreja izquierda de las mujeres bonitas; para
eso las hizo Dios – dijo entre encantado y apenado, a lo que Eliana respondió
con una hermosa sonrisa. Intercambiaron dos o tres frases más de cortesía y
bajo una extraña pero evidente conexión, resultaron envueltos en una fluida
conversación, donde las risas y los halagos eran lugar común. Pedro Pablo incluso, a veces perdía el hilo
porque se quedaba sumergido en el profundo de los ojos de Eliana, que se le
antojaban vivos y dicientes, pero recuperando la lucidez, sorteaba el entuerto
con una inusitada habilidad. Al calor de varios pocillos de café compartidos bajo lo fresco del alar de
la tienda de la señora Amalia, fue el canto de las cigarras veraneras lo que
los alerto de la inminencia del ocaso.
Casi a regañadientes, se despidió de Eliana, esperando repetir tan
sencillo pero elocuente momento. Esa
tarde, la catira le produjo un mundo de sensaciones felices y cuando Pedro
Pablo empezó a desandar el camino de regreso al fundito, al darse cuenta del tamaño de la sonrisa que
llevaba, pensó que algún título habría que ponerle a la mujer que lo había
vestido de sonrisas; “Princesa” le pareció perfecto.
Esa sonrisa, exactamente esa misma,
lo había acompañado hasta el día de hoy, cuando sentado en la silleta hecha del
cuero de Medio Luto, al compás de la Guacharaca en Sol Mayor, hacia la cuenta
de las numerosas tardes en compañía de la princesa, todas inundadas de alegría,
plenas y agradables. Con una mezcla de asombro, felicidad e incluso algo de
temor, Pedro Pablo concluía que la princesa le gustaba mucho y para más ñapa, sabía
a ciencia cierta que él le gustaba a la princesa. No sabía nada más, no le preocupaba nada más;
pensaba que ya, de ahí en adelante, era cosa de dejar fluir los acontecimientos
y que si de Dios y su Virgen de Manare estaba, habría encontrado en Eliana una
perfecta compañera de viaje. Mientras
tanto, vistiendo las sonrisas producidas por la princesa, seguiría tocando
muchas Guacharacas en Sol Mayor.
Rodrigo Gallo
@AlegreBengali
