La laguna
De
repente, Darío sintió como se sumergía en la laguna del hato. Antes de que pudiera
reaccionar, estaba completamente cubierto por sus aguas tibias y en calma, y caía
a plomo en sus profundidades. Y no sentía miedo; se vio invadido por una sensación
única de paz y bienestar, que se tornó rotunda cuando asombrado, supo que no
necesitaba respirar. Era extraño, porque aunque estaba completamente sumergido
en sus profundidades, no había asomo de ahogo. Parecía que en un raro arreglo
de última hora, empezaba a tomar el oxígeno por la piel.
Mientras
continuaba descendiendo, por sus ojos empezaron a desfilar imágenes que, como
cosa curiosa, estaban asociadas todas a la felicidad. En una de ellas, pudo
reconocerse de pijita, estrenando su primer pantalón largo, remangado a la
altura de la batata. Calzaba unas cotizas negras de suela de cuero y llevaba en
la mano un pequeño mandador de floramarillo y rejo verijero que le había regalado
su abuelo. Completaba el atuendo, una camisa blanca de algodón y el gocho viejo
que le había legado su hermano mayor. Se sentía pleno. Iba a montar por primera
vez el alazán lucero que su viejo había amansado para que fuera su sillonero. “Relancino”
le había puesto por nombre minutos antes, porque su viejo le había dicho que
era ligero como el viento. Puso su pie izquierdo en el estribo y le voló la
pierna al potro. Apenas se sintió acomodado en la tereca, lo apuro con los
talones y “Relancino” salió a galope tendido por el trillo que llevaba al caño
Tres Matas. El romper de la brisa en su pecho lo hizo sentir hombre completo
por primera vez. Aunque solo tuviera 10 años, ya tenía caballo y eso, lo
graduaba de llanero. Si eso no era
felicidad pura…
Darío
era de bañarse en caño casi todos los días,
así que baquiano en el agua, notó con extrañeza que en las profundidades de la
laguna donde estaba sumergido, no había el normal ruido de la leve corriente
del agua. Tampoco había completo silencio. No podía describir lo que oía, pero pensó
que así debería sonar el cielo, porque no había sentido sonido más sosegador en
toda su vida. Tenía los cinco sentidos exacerbados como en una especie de
trance sensorial, como en una especie de iluminación donde todo era
perfectamente posible aunque fuera lo más extraño del mundo. El descenso a plomo, se había convertido en un
apacible nado bajo el agua y apenas hubo dado unas cuantas brazadas, otra
imagen se presentó ante sus ojos.
Mediando
agosto, Darío, sentado sobre el tranquero silbaba como de costumbre un pasaje
criollo mientras la tarde se vestía de ocaso. Con el cielo totalmente araguato,
el llano cobraba otra dimensión. Ya no era esa ardiente pampa abrasada por la
canícula, sino un hermoso lienzo pleno de colores y acariciado por la fresca brisa
del Rio Canapure. Era del total dominio del sentido común que semejante
escenario, era el único posible donde podría aparecer Silvia; la catira Silvia.
Cuando
Darío la vio, se silenciaron sus silbos y el corazón le dio un brinco, como el
retozo de un potranco. Hermosa sin duda, la veía envuelta en un halo como de
misterio. No sabía de donde había llegado, ni para donde iba; solo la había visto
pasar por el trillo que de una fundación aguas abajo, pasaba por el corral de
El Algarrobo y se perdía aguas arriba en dirección al caserío. La mujer,
remontada en un ruano ponche crema lo saludó con cortesía, y él, quitándose el
sombrero, apenas atinó a balbucear un casi imperceptible “buenas tardes
señorita”. La situación se repitió los días
subsiguientes hasta que, valiente, Darío resolvió tener a mano un par de
pocillos de café cola’o, para cuando Silvia pasara esa tarde de domingo,
convidarla a compartir un guayoyo con él. Silvia acepto la invitación, y al
calor y al aroma del café, conversaron animadamente por unos minutos. Y fue
igual el lunes, y el martes, y el miércoles, y el jueves, y el viernes, y el
sábado, y una semana y otra semana. El guayoyo en el tranquero de El Algarrobo,
era la excusa perfecta para disfrutar de la compañía de Silvia, de la catira
Silvia; era la excusa perfecta para conocerla mejor. Con el transcurrir del
tiempo y el correr de los pocillos de café, era evidente el gusto mutuo; así
las cosas, Darío sólo esperaba el momento apropiado para estampar en la
perfecta boca de caña dulce de Silvia, un beso que le hiciera saber que el
cielo si existía.
Allí, en las profundidades de la laguna del
hato, donde ya llevaba bastante tiempo sumergido Darío, todos estos recuerdos
asociados a la felicidad, seguían desfilando por los ojos del llanero. Comprendió
Darío, que esa laguna era, como se lo había dicho el espíritu de la mata de
monte, el lugar de donde manaba toda la felicidad que recorría su verde mar de
espesuras que él llamaba ¨mi querido llano”.
Ante
tal revelación, decidió que no iba a salir jamás de sus aguas. Claro lo tenía;
se iba a quedar a vivir allí para siempre.
Sintió en su cara la caricia de una tibia y suave mano, y esa caricia lo
saco de golpe a la superficie y se encontró de frente con Silvia, cara a cara,
puestos sus ojos de llanero en los hermosos ojos verdes - miel de Silva, que parecían dos
cielos, cada uno con una lunita negra en la mitad; parecían una laguna de aguas
calmas. No, no lo parecían; los ojos
verdes - miel de Silvia eran la laguna donde se
había sumergido Darío y de donde no había querido salir.
Allí,
de pie frente a la hermosa catira, bajo la sombra de un araguaney florecido, comprendió
también que era el momento. – Acá se acabó el camino, muchachita
encantadora, pensé al tiempo e’ contemplarte – (1) pensó Darío, recordando un
verso llanero, y despacio, con cariño, controlando sus ansias, casi que con devoción,
estampó el esperado beso en la boca de Silvia, quien le correspondió con el
mismo sentimiento. Abrazándola, susurrado le dijo al oído – Usté sí que es bien
bonita Señorita, tiene la boca de caña dulce recién cortá – (2)
Rodrigo
Gallo
1. El verso citado está contenido en la canción “Cuando te vi en el tranquero” de la autoría
de Orlando “Cholo” Valderrama.
2. El
verso citado está contenido en la canción “Cristal” de la autoría de Simón Díaz
“Tío Simón”

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