domingo, 27 de julio de 2014

EL CUATRO DE LUCIANO


Serían  cerca de las cinco de la tarde. La brisita fresca que venía del oriente y la posición del sol, ya casi metiéndose detrás de la loma de “El Indio” así lo indicaba.  Luciano, sentado a la pata de uno de los 18 palos de mango que su viejo había sembrado en el patio de la hacienda afinaba su viejo cuatro.  Era un cuatro cumanes de 14 trastes que había traído de Venezuela hace más de 20 años, un poco duro, pero muy sonoro. El diapasón y la caja de resonancia eran de color caoba y la tapa superior era de un lustroso natural de la madera de cedro.  Ese cuatro de sus amores que se le había malogrado una mañana de agosto cuando se cayó del garabato donde lo colgaba, y que solamente el maestro Prisciliano se había comprometido a arreglar. Ese cuatro que lo había acompañado a trasnochar muchachas cuando Luciano era aún un pijita con brios de serenatero. Ese cuatro que estaba ligado íntimamente a su vida y que desde hacía varios años, solo descolgaba cuando tenía que meditar sobre algún asunto de importancia.

Sentado en el piso, con la espalda recostada en el tronco del mango y con la mirada entre puesta y perdida en el horizonte, había empezado a sacarle una tonada en Re menor acompasada por el sonido de las cigarras veraneras. Desde adentro de la casa, la vieja Alcira, cocinera de la hacienda y consejera de Luciano, ya se imaginaba el asunto; el cámara tenía el corazón entre gallos y medianoche y ahí sentado, estaba tratando de dilucidar las cosas.   Había empezado por hacer un recuento del curso de las circunstancias pues el tema era de extrema importancia y no quería, ni podía darse el lujo de equivocarse.

Recordaba cómo, de manera casi accidental, se había propiciado esa primera conversación con Catalina, y cómo desde esa primera charla, no había pasado un solo día sin que cruzaran palabra. No era algo que él hubiera buscado; simplemente sucedió.  Podría decirse que El Barbas le atravesó en su trillo esos ojos de laguna serena y esa voz que le generaba una indescriptible paz.  Era evidente que Catalina había despertado en primera instancia el interés de Luciano, y como no, si era una mujer tan agradable e interesante.  Bella, inteligente, de un absoluto, encantador y fino buen humor, y que compartía con Luciano toda una serie de gustos y temas en común.  Había días en que la conversación era extensa y discurría por los más variados  senderos, como también  había días en que tres o cuatro palabras eran suficientes para que cada uno supiera, que el otro estaba siempre pendiente.  Poco a poco Catalina fue volviéndose imprescindible en la cotidianidad de Luciano. Para el dueño del cuatro cumanes, el día no empezaba con la salida del sol, sino con los buenos días que le daba Catalina. Así mismo en las noches, la única forma posible de conciliar el sueño, era después de haberse despedido de ella. En sus oraciones a El Barbas y a su Virgen de Manare, siempre estaba incluida una petición por el bienestar y la felicidad de “su bonita”. Sin darse cuenta como ni cuando, el corazón del cuatrista había sido tocado por la presencia bendita de Catalina. 

Los acordes de Re menor seguían saliendo de las manos de Luciano, mientras se reafirmaba en su presentimiento. Era indudable que había desarrollado sentimientos que, entre otras cosas no quería bautizar, porque le parecía muy prosaico ponerle un nombre común a unas sensaciones tan extremadamente especiales. El nombre era lo de menos. Lo importante era que la sola presencia de Catalina le tocaba fibras muy profundas. Ella, especial y encantadora como era, tenía en su comportamiento con Luciano unos picos altos y bajos, como si de una curva de función trigonométrica se tratara. En algunas gloriosas ocasiones, le manifestaba mucho cariño y cercanía, y en otras, parecía querer alejarlo; nada de esto sorprendía a Luciano, pues sabía por boca de la propia Catalina, que al interior de “su bonita” había en ciernes una lucha interna a la que muy probablemente solo podía asistir como espectador.  Es que finalmente las circunstancias eran poco ortodoxas y ello no dejaba de significar una desventaja para que lo que evidentemente flotaba en medio de ellos dos, lograra volverse algo concreto y palpable.  Todo era nuevo para el cámara.  Y hasta ahí llegaba la claridad. De ese punto en adelante todo era una completa incógnita para Luciano. Hombre baquiano y faculto en los asuntos del corazón, se encontraba con un  enigma en la persona de Catalina. Y no era que ella fuera complicada o extraña. Era precisamente porque era una mujer muy aterrizada y con sus cosas bien claras, pero que poco hablaba de ellas. El esfuerzo de Luciano para leerla entre líneas era monumental.  No quería equivocarse.  Era ya tan importante “su bonita” que el esmero por hacerla sentir toñeca, era quizá más trascendental que despejar sus propias dudas. Ya habría tiempo para eso.

Lo claro es que Luciano ya había tomado una decisión, y esa tarde sentado en la pata del mango, con el cuatro en sus manos no estaba haciendo otra cosa que darle un último repaso para reafirmarla. Iba a hacer todo lo que estuviera a su alcance por propiciar las condiciones necesarias para que los sentimientos que estaban en juego tuvieran una evolución,  fuese cual fuese.  No importaba lo que hubiera que hacer, no importaban incluso las mismas dudas de Catalina. Eso no estaba bajo su gobierno, asi que ¿por qué detenerse ante ello? Luciano solo sabía que  su imagen reflejada en los ojos de Catalina era la definición de más cercana de la felicidad. Solo sabía que ante Catalina, salía a flote el mejor Luciano posible y no era una impostación o una artimaña; era que Catalina, la presencia bendita de Catalina sacaba lo mejor de sí  y eso era algo que merecía ser perseguido.

El cuatro se silenció. Ya en el horizonte, por encimita de la silueta del samán del potrero despuntaba la luna clara.  Luciano se puso en pie y camino despacio hacia la cocina. Le pidió a la vieja Alcira un pocillo de guayoyo y estrenando brillo en los ojos, se sentó en el comedor de cedro.  Apuró un par de sorbos de guayoyo dulcito y echándose ligeramente el sombrero para atrás, con voz solemne le dijo a Alcira – Tiene más reversa un rio; me voy a buscar a Catalina –

Rodrigo Gallo
@AlegreBengali


jueves, 24 de julio de 2014

CUENTO NÚMERO ONCE


CUENTO NUMERO ONCE

Nada más al abrir los ojos, Juan Domingo supo que era hora de ponerse en pie. De hecho casi no había podido dormir por la ansiedad que le producía la cantidad de sentimientos encontrados; no todos los días se llegaba el plazo para ejecutar una decisión tan trascendental como la que había tomado unos meses atrás.  Caía una leve llovizna que acompasaba el afinado canto de los cubiros y que levantaba el inconfundible olor de la tierra mojada.  Era sin duda un buen despertar, digno de tan importante día y aunque eran hasta ahora las cinco de la mañana, ya el catire dejaba ver un tímido resplandor en el horizonte.  Antes de pararse del chinchorro, elevo sus acostumbradas oraciones a Dios patrón y a la Virgen de Manare, y se persigno con total sacralidad.  Por fin puesto en pie, se dirigió a la ducha que quedaba debajo del tanque elevado de reserva de agua, bajo cuyo fuerte chorro chaparreaba los últimos rastros de la pereza.  Desde la cocina, Mariela,  esposa de Filimón y comadre de sacramento de Juan Domingo se sorprendió al oírlo silbar un pasaje mientras se bañaba. Nunca antes lo había hecho. – Caracha, el compadre ahora resultó silbador – masculló entre los dientes a medida que colaba el cerrero acabado de bajar  del fogón de leña.  Recién bañado, en tucos y franela se sentó en el taburete de la cocina y enseguida Mariela le alcanzo un pocillo repleto de humeante y aromático café tamareño.

– Y entonces compadre ¿todo listo?- Le pregunto aún incrédula.  Juan Domingo, sonriente y sereno, pero con la melancolía brillándole en los ojos le contesto – Claro comadre; tiene más reversa un río –

Juan Domingo había acogido a sus compadres en el fundito desde hacía un par de años cuando el Rio Cravo se les había llevado la casa con macundales y todo. Al enterarse de la desgracia, Juan Domingo no dudo en echarle la manito a Filimón – vengase pa´l fundo compadre que donde come uno comen tres, de paso me ayuda a terminar de pararlo y en pago le doy la veguita para que vuelva y se funde –   En ese momento, no podía saber el criollo lo fundamental que iba a resultar Filimón, pues ahora que debía ausentarse, el fundo quedaba en las mejores manos y él quedaría de lo más tranquilo.

Apurado el cafecito de Mariela, Juan Domingo se enrumbó al corral de ordeño con manea, camazo y burro de camacear, para ordeñar a su vaca Medio Luto. El resto de la quesera ya la había ordeñado Filimón, dejándole únicamente la fundadora, para que el criollo pudiera tomar esa mañana, directamente del camazo, la tibia y espumosa leche recién ordeñada de su querida  Medio Luto.  Bebió despacio, con los ojos cerrados, concentrando toda su atención en el sabor de la leche.  La sensación era indescriptible; beber del camazo mientras se escuchaban aun los mugidos de la vaca y sintiendo el particular olor a corral de ordeño.  Hoy todo estaba revestido de un halo sacro.  Saliendo del corral, con un mecate en la mano pasó para el mangón. Le echo el lazo al moro azul que tenía por sillonero y lo llevó a la caballeriza para aperarlo con la alfombra de rayas, la villacurana limpia y reluciente, apero de cabeza y freno mantecaleño. Viendo ese potro con los aperos puestos se podía decir que si algo tenía Juan Domingo, era remonta.  Dueños de hato le habían ofrecido un realero por el potro pero no habían podido lograr que el criollo lo vendiera.

Ya con el sol más alto, esa mañana de agosto pintaba un cielo completamente azul. Juan Domingo le puso el pecho a la brisa y remontado en el moro, se fue a recorrer los tres potreros que componían el fundo, pero esta vez sin labor alguna de por medio. Simplemente quería disfrutar de la estampa de ese, su pedazo de llano.  En la esquina nororiental de La Guinea, había un palo que daba las guayabas blancas más dulcitas de todos esos correderos y al llegar allí, sin desmontarse siquiera, bajó tres que estaban bien maduritas y con la vista puesta en el horizonte lejano, las saboreo como si fueran las ultimas que fuera a dar ese palo. Cortó varias cayenas para llevarle a la imagen de Nuestra Señora de los Dolores de Manare que estaba entronizada en una pequeña gruta del patio y más o menos al rayar el medio día estaba de regreso en la casa.  Tenía que almorzar temprano y así lo sabia Mariela.  Le había preparado el sancocho de gallina que tanto le gustaba al criollo. Se sentaron los tres a la mesa y durante el almuerzo, Juan Domingo aprovecho para dejarle los últimos encargos a su compadre. Insistentemente le pidió que no le fuera a descuidar el moro azul y que le toñequeara al “canelo”, su perro de cacería.  Terminado el almuerzo, se dio un último baño en el caño que bordeaba el fundo y cambio los tucos y la franela por pantalón, camisa y botas. Dejó su borsalino negro en el garabato y se puso en su mano derecha el denario con la imagen del Niño Jesús.  

Sobre las dos y media de la tarde, al tranquero del fundito, llegó el carro que recogería a  Juan Domingo  para llevarlo a la ciudad desde donde tomaría el vuelo; el más importante vuelo de toda su existencia.  En una maleta empacó sus más importantes pertenencias y atendiendo a la firme decisión tomada hacia pocos meses, dejaba su querido llano para irse a buscar su vida. No era que Juan Domingo no la tuviera. La tenía y de hecho muy feliz, pero la vida que había visto en los ojos de Guadalupe era la que quería vivir.  Lo que había visto en ella, no estaba dispuesto a dejarlo ir; sabía que si no iba a buscarla se iba a arrepentir toda la vida, y un hombre esencialmente feliz como lo era él, no podría con semejante carga.  Dejaba el llano sin saber absolutamente nada de lo que le esperaría, pero lo dejaba consciente que sin importar cuantas probabilidades tuviera,  podía encontrarlo absolutamente todo.  La apuesta valía la pena. Guadalupe valía la pena. Guadalupe podría ser absolutamente todo.

Rodrigo Gallo
@AlegreBengali


AMALIA Y LA PAÑOLETA AZUL


AMALIA Y LA PAÑOLETA AZUL

Sentado en el pozuelo que había en la caballeriza, Venancio tenía dominado el panorama.  Desde allí, donde acostumbraba a sentarse a esa temprana hora del día, con su pocillo de peltre rebosante de café en las manos, podía mirar la casa grande de  “Santa Helena” y los dos senderitos que de ella se podían tomar con rumbo a la cocina de la hacienda que quedaba en la casa de los encargados. Uno de esos senderos partía del lado oriental  del patio y pasaba por la caballeriza. El otro, partía del lado sur y llegaba directo a la cocina, pasando por el lavadero.   Siempre lo hacía y sin ningún especial motivo.  Finalmente la casa grande casi siempre estaba vacía, salvo en la temporada de fin de año cuando llegaba toda la familia de Pablo Camejo, su padrino y dueño de la hacienda.  Quizá era porque el pozuelo quedaba guarecido tanto del agua cuando llovía, como del recio sol que bañaba esos correderos.  Pero desde hacía más o menos seis meses, era indudable que la motivación para sentarse allí, tenía nombre propio.  Amalia Camejo; sobrina del viejo Pablo, había llegado a Santa Helena a supervisar la construcción de un pequeño proyecto que, aprovechando la gran cercanía de la hacienda con la ciudad de Guasimal, capital del departamento y emporio turístico,  habían decidido desarrollar en parte de las tierras de la familia.  Se trataba de convertir un poco más de la mitad de Santa Helena, en una hacienda agroturística y Amalia había sido la escogida por Pablo para el desarrollo y la operación del proyecto. 

Morena clara, hermosa, altiva, alegre y siempre sonriente, Amalia se había ganado el cariño de Segundo y La Mona, encargados de la hacienda, y por supuesto se había metido profundamente en el corazón de Venancio.  Siempre, sobre las seis de la mañana, en medio de la grizapa de la bandada de loros carasucia que llegaban al patio de la hacienda, Amalia salía de la casa grande, tomando el sendero sur y se dirigía a la cocina a servirse su primera taza de guayoyo, para luego venir a la caballeriza y sentarse justo al lado de Venancio, en el famoso pozuelo. Conversaban animadamente al calor del café y se contaban mutuamente sus planes de trabajo del día; Amalia, siempre sonriente era la inyección de ánimo y motivación que hacía de Venancio también un hombre alegre. El criollo solía comentarle a Dumar el becerrero, que Amalia era algo así como su sol interior.  Dumar que no por ser aún un muchacho era ingenuo, ya había notado que los sentimientos de Venancio hacía la Morena Clara eran fuertes y cerriles.  Decía el becerrero que cuando Venancio hablaba de Amalia, los ojos le brillaban como sol de marzo.  Y si, los ojos le brillaban como sol de marzo, como el sol interior de marzo que tenia Venancio atrapado en el alma.

Llegada la tarde, la escena se repetía. Después de cenar tungos, ñema y guayoyo, Amalia y Venancio nuevamente se sentaban juntos en el pozuelo y con ruido de las cigarras y los grillos, al vaivén de la brisa fresca del rio Guasimal que pasaba a cosa de quinientos metros de la caballeriza, se contaban mil y una historias. Bien fueran las cosas del día, o relatos acerca de episodios de sus respectivas vidas;  tanto hablaban que parecía que nunca se les fuese a agotar el tema.  Como siempre, la charla estaba acompañada de la mutua sonrisa. Viéndolos desde fuera, podía decirse que en esa charla, simplemente no cabía nadie más.

Esa era la feliz rutina de Venancio, que solo se alteraba el día que Amalia salía por el sendero oriente y llevaba una pañoleta azul en su cabeza. Ya sabía Venancio que Amalia ese día no estaba de colores. Era una versión gris de la morena clara. La pañoleta azul era un inconsciente acto de Amalia cada vez que recibía alguna mala noticia o cada vez que sentía nostalgia por cualquiera situación; en todo caso, Amalia la de la pañoleta azul, era una diferente.  Sin dejar de ser una mujer encantadora, que como todos los días, con su sola presencia le sacudía los cimientos al criollo, simplemente no sonreía. Y eso era grave. El sol interior de Venancio era la sonrisa de Amalia. Al criollo se le prendían todas las alarmas porque seguro, ese día, en su interior, caía una pertinaz y acongojadora llovizna.  El día que Amalia se ponía la pañoleta azul, Venancio bajo cualquier pretexto abandonaba sus cotidianas labores y con la excusa de que su padrino Pablo le pedía que la acompañara a la obra, se dedicaba exclusivamente a la Morena Clara. Hacia mil cosas con tal de devolverle la sonrisa al hermoso rostro de ella.  A veces lo lograba, a veces no, pero nunca cejaba en su empeño, y aunque las veces que Amalia lucía su pañoleta azul eran escasas, la actitud del criollo era invariable. No podía dejar que su sol interior no brillara. ¡No faltaría más!

El sábado 20 de septiembre a las seis de la mañana, Venancio se sentó en el pozuelo con un ramo de lirios sabaneros en la mano, acompañados de una cayena roja, esperando a que Amalia se sentara a su lado para entregárselos. Era el cumpleaños de la Morena Clara; ella, a la hora acostumbrada, salió de la casa grande por el sendero oriente con la pañoleta azul en la cabeza. No había rastro de la sonrisa. Empezó la llovizna en el alma del criollo. Tomó la decisión de recurrir a las medidas desesperadas, no importando las consecuencias. Cuando Amalia llegó a la caballeriza, Venancio se puso de pie, le entregó los lirios sabaneros y con la excusa de poner la cayena en su pelo, le quito la pañoleta. Con la cayena roja en el lado izquierdo y los lirios en la mano, Amalia se veía más hermosa que nunca.  No pudo contenerse y abrazándola, le dijo al oído “Feliz cumpleaños”. Acto seguido, puso en su boca de merey y garza blanca un inmenso, cálido y cariñoso beso; Amalia sonrío. Quizá fue por haberle quitado la pañoleta, quizá por las flores, quizá por el beso; nunca se sabrá. Lo cierto es que desde ese día, no volvió a lloviznar en el alma de Venancio y su sol interior brilló siempre al calor de la sonrisa de Amalia.

Rodrigo Gallo

@AlegreBengali

GUADALUPE, EL ÁRBOL DE ACEITE Y EL MUELLE


GUADALUPE, EL ÁRBOL DE ACEITE Y EL MUELLE

Mas casual no había podido ser ese encuentro.  Juan de los Santos hizo todo esa tarde, tal cual tenía por costumbre. Después de dejar su potro canelo amarrado en el palo de Aceite que había en la cabecera del playón, y caminar los 25 o 30 metros que de allí había hasta un pequeño muelle construido hace años por Isaías el bonguero, se sentaba en el ultimo tablón y le zumbaba los pies al rio.  La suave corriente del bajo Guacavía, con sus aguas claras y tibias, era como un masaje para los pies cansados del vaquero. Se divertía viendo a los pijitas que formaban, entre nado y juegos infantiles, la rochela en uno de los rebalses del río.  Allí entraba en una suerte de meditación cuando estaba solo, o trababa una amena conversación con cualquier parroquiano que se arrimara al muelle. Era Juan de los Santos muy popular y muy querido en esos correderos. A ese punto del río, concurría gente de las tres veredas cercanas, y gracias a las buenas maneras del vaquero, además de su agradable conversación, se había hecho merecedor de los afectos del vecindario. Incluso  a veces doña Julia, la dueña de la pequeña tienda que había en la entrada al playón, se le acercaba con un vaso de guarapo si estaba el calor prendido, o con un cerrero humeante si la tarde estaba toldada. Después de un par de horas de estar allí, remontaba nuevamente en su canelo y regresaba a la casita de bahareque y techo de moriche que tenía en el caserío de Matepalma.


Pero esa tarde de mayo, estando sentado en el muelle, al sentir unos pasos que hacían sonar los viejos tablones, volteo la cara y la vio.  - ¡Virgen de Manare!, que mujer más hermosa -  pensó Juan de los Santos al ver a Guadalupe.  Morena clara, de pelo largo y lacio, casi de la misma estatura del vaquero, con un cuerpo que envidiaría cualquier muchachita de 20 y un rostro de una belleza infinita.  – Buenas tardes – saludo la morena; el vaquero tratando de recobrar el aliento, solo atinó a ponerse de pie, quitarse el sombrero y pronunciar un tímido buenas tardes. Después de cruzar dos frases de simple cordialidad con la morena, se despidió y regreso como de costumbre al caserío, pero en vez de llegar a su casa, fue a buscar a su comadre Adelaida para preguntarle si de casualidad conocía a la morena, pues él nunca antes la había visto. Después de describírsela, Adelaida supo que se trataba de Guadalupe y le dio al vaquero las pocas referencias que tenía de ella. Le conto que era una mujer que había llegado hacia un par de años a esos correderos y que vivía en el caserío de El Boral; que allí era muy apreciada por los vecinos, muy agradable y de intachable comportamiento.  Ante la respuesta de Adelaida, pensó para sus adentros, moviendo su cabeza de un lado a otro, cómo era posible entonces que en esos dos años no la hubiera visto antes.

De ese día en adelante, Juan de los Santos llegaba de tardecita al playón como lo había hecho siempre, solo que ahora esperaba ver nuevamente a Guadalupe. Pasaron cuatro días sin resultados positivos, pero a la tarde del quinto, cuando amarró el canelo al palo de Aceite, vio a la morena sentada en el muelle, con los pies en el rio. De no ser porque había más ojos viéndolo desde la tienda de doña Julia, el vaquero hubiera brincado de felicidad. Sin embargo se contuvo, y caminando despacio llego al muelle. De pie a unos dos metros de la morena, acopiando valor, la saludo muy alegremente – Buenas tardes señorita, mucho gusto, mi nombre es Juan de los Santos, servidor de usted y de mi Virgen de Manare -  Buenas tardes, respondió la morena volteando la cara y dejando ver unos hermosos ojos café de mirada profunda – Mi nombre es Guadalupe; mucho gusto Juan -  El vaquero quedo al instante, invadido de una sensación de calidez y tranquilidad, y completamente impactado por la morena. No era solo su inocultable belleza; la inenarrable dulzura de su voz, era una laguna de aguas en calma que había logrado serenar su ser.

Se sentó naturalmente en el muelle como lo había hecho siempre, y ya con los pies en el rio, se inició casi que sola, una amena conversación entre el vaquero y la morena; para Juan de los Santos no hubo pijitas, no hubo doña Julia, no hubo río siquiera; su atención estaba totalmente cooptada por el encanto de Guadalupe.  Fue inevitable que le preguntara por qué no la había visto antes y la morena le respondió diciéndole que hasta hace poco había decidido venir  a conocer este playón del Guacavía, del que le habían hablado maravillas pero que por variadas circunstancias, no había visitado sino hasta esa tarde de mayo en que la vio llegar el vaquero.  Al cabo de un par de horas se despidieron sin acordar un nuevo encuentro. Solo esperaba Juan de los Santos, que a Guadalupe le hubiera gustado el rio y la compañía, así tendría la esperanza de verla nuevamente; finalmente, ese era su playón, era su muelle y seguiría yendo como de costumbre.

Al día siguiente, nuevamente desde el Aceite donde amarraba al canelo, volvió a ver a Guadalupe sentada en el muelle y sintiendo la felicidad que sintió,  lo supo. Ya ese muelle no volvería a ser el mismo sin la morena.  A medida que iban pasando los días y la confianza entre ellos iba creciendo, esos encuentros en el muelle eran cada vez más bonitos. Había mucho cariño, y era inocultable que cada uno, consideraba al otro como alguien muy especial.  A Juan de los Santos, especialmente lo derretía el buen humor de Guadalupe. Nunca antes una mujer lo había hecho sonreír tanto; estaba metido en un remolino el hombre, porque además de gustarle tanto que la morena le trajera ese nivel de alegría, se sentía completamente enternecido con las sonrisas de Guadalupe. Es que ese rostro hermoso, se iluminaba como sol de marzo cada vez que sonreía y cada sonrisa de ella, era el detonante del deseo de abrazarla.  Abrazo que solamente se daba al momento de despedirse. Era un abrazo llenito de cariño, desbordado de un tácito “te veo mañana”; de un silente “te voy a extrañar”.  Eran tan fuertes esos dos momentos, que de tener Juan de los Santos la potestad de eternizar alguno, no habría podido decidir entre ese abrazo o ver sonreír a Guadalupe.  De cuando en cuando, Isaías atracaba el bongo en el muellecito y al desembarcar, con las buenas tardes les obsequiaba una mirada cómplice. 

El tiempo, había transcurrido lo suficiente para, según el juicio de Juan de los Santos, manifestarle a Guadalupe que en los capones de su corazón, ya estaba puesta su cifra de herrar.  Aunque el vaquero era un hombre locuaz y producto del cariño que sentía, nunca le había faltado la palabra precisa y el elogio sincero para Guadalupe, lo complicado iba a estar en la confesión. En ese aspecto, Juan de los Santos era más de hechos que de palabras y si a estas alturas, la morena no lo había leído ya, había perdido todo su tiempo. Estaba decidido, esa tarde era su tarde.

Al sol del atardecer, vista desde el  Aceite,  Guadalupe sentada en el muelle era lo más cercano a la definición de lo sublime. Quizá era porque, producto de su decisión, Juan de los Santos estaba estrenando mirada, y con ella, la morena se veía más hermosa que nunca.  Lo que iba a hacer, era que justo después del abrazo de despedida, le estamparía un beso en sus labios de merey. Si la morena le correspondía, Dios le habría regalado la máxima felicidad. 

Después de un par de eternas horas, se dieron el consabido abrazo y al desentrelazarlo, Juan de los Santos tomó entre sus manos el rostro hermoso de Guadalupe, quien le respondió con la más tierna, pura y cálida de sus sonrisas. El vaquero se quedo contemplándola y en un instante se vio orillado a tomar la más difícil de las decisiones. ¿Besarla? O quedarse viendo esa sonrisa que era el dulce yugo de su alma…

Rodrigo Gallo
@AlegreBengali


EL CARACARO


EL CARACARO

Después de regresar del largo viaje a la ciudad, en el que casi que a regañadientes había sido embarcado por su negra Fátima, José del Carmen ya no volvió a ser el mismo.  La insistencia de Fátima había sido superior a la renuencia del criollo a salir de su llano, así fuera temporalmente. Pero era necesario; desde hacía más de seis meses, José del Carmen, hombre de espíritu y físico endurecidos, había empezado a acusar un recurrente dolor de cabeza. Hoy le echaba la culpa a lo apretado que le quedaba el borsalino nuevo, mañana a lo recio del sol del mediodía, pasado mañana a que su negra no le había dado suficiente guayoyo; excusas propias de quien se sabe duro y sano.  El viaje entonces, tenía por objeto visitar a su hermano Fernando, a quien no veía hace años, y por ahí derecho, hacerse un chequeo médico.

Aunque regresó con la sonrisa a flor de labios y con la misma alegría que lo caracterizaba, no mas al descargar los macundales, Fátima pudo darse cuenta de la enorme diferencia. Solo ella, que lo conocía más que cualquiera otra persona en el mundo, noto que los ojos de José del Carmen no brillaban como siempre.  – Como te fue mi viejo – le dijo entre abrazos y sonrisas, y como era de esperarse, el criollo le conto que todo había salido perfectamente, a no ser por un detalle, que aunque nimio, lo molestaba profundamente. –El carrizo e’ doctorcito ese me formuló esta jodi’a, vieja – dijo con amargura el criollo, mientras de las alforjas sacaba unas flamantes gafas.  Le conto a Fátima, como esos benditos dolores de cabeza se debían a que estaba miope. – Y ahora mi vieja, como carajo voy a domar cerreros con estos peazo’ e vidrios en la cara -. Una sonora pero comprensiva risa, fue la respuesta de Fátima, apretujando a su viejo.

Por obvias razones, ya José del Carmen no era más el amansador del hato.  Pero para un hombre de su energía y disposición a la labor, no era aceptable quedarse sin hacer nada; habría que encontrar otro oficio.  A la mañana siguiente, se despidió de Fátima y se dirigió a la mata de monte que separaba el paradero del caño La Raya, y casi que con sacralidad, se dispuso a darle hacha a un imponente caracaro, del que saldrían siquiera dos piezas de madera. Duró una semana completa en esa labor, durante la cual también cortó unos horcones de uvero y unas varas de guafa y guafilla para hacer una enramada, que techaría con hojas de palma real amarradas con majagua. Tres días enteros tuvo que escuchar Fátima el incesante “tronco, zapatilla” con el que José del Carmen, encaramado en el cerchado de la enramada,  le pedía al hijo del chocotero, las hojas de palma previamente abatanadas para entechar.  Se le notaba al criollo una mezcla de nostalgia por no ser más el amansador, pero también un consistente animo por su nueva actividad.

Una mañana de finales de marzo, sentado en el taburete de la cocina; cerrero en mano; le dijo a Fátima – Bueno mi vieja, ya termine la enramada y le voy a pedir un favor, a usted y a todos los demás; a esa enramada no entra nadie más sino este viejo. Por eso la encerré con lona mientras termino mi labor allí adentro – Sabia el criollo que con eso era suficiente; tanto su negra como los demás, le tenían un enorme respeto y si él disponía algo, ya podía darlo por cumplido.  A partir de esa mañana, pasaba todo el día dentro de la enramada y solamente salía a buscar los alimentos, el café y el guarapo. Se había dedicado en cuerpo y alma a su nueva labor. Cuando el sol se ponía, salía extenuado y sudoroso, y cogía el trillo del caño para darse un refrescante baño. Luego, al colgadero a pasar la noche abrazado a su negra Fátima, tal como lo había hecho durante los últimos 15 años.  Pero la noche del 25 de abril fue diferente.  Una vez su negra se durmió, José del Carmen, cuidadoso, se paro del curraco, le dio un prolongado beso en la frente, guindo un chinchorrito viejo en enramada, hizo sus acostumbradas oraciones y cerca de la media noche, se dispuso a dormir tranquilo y a pierna suelta.

No mas al canto del cristofué, cerca de las cinco de la mañana,  Fátima, al sentirse sola en el curraco, se puso en pie y salió de la habitación.  No encontró a José del Carmen por ningún lado y allí, supo la razón por la cual el brillo se había ido de los ojos de su viejo. Serena, caminó hasta la enramada y encontró el chinchorro guindado y dentro de él, a su viejo durmiendo el sueño eterno, ya frio y yerto.  Cayó de rodillas a su lado sin poder contener el llanto.  Fátima, encontró también en la enramada un reluciente ataúd hecho con la madera obtenida del caracaro y dentro de él, el bayetón de José del Carmen y una hoja de papel, escrita de su puño y letra:

“Al frente, en el paradero, el punto tengo escogido, donde asombra un guarataro
Donde cestea un mocho viejo y consuela un cristofué las penas de un tarotaro
Arropa’o con bayetón, se vuelvan llano mis huesos en su caja de caracaro
Quien cambia por unos pesos, bendito sea Dios, caramba, la eternidad de un amparo” (1)

El jueves 26 de abril en la madrugada, José del Carmen murió víctima de un tumor cerebral inoperable, detectado en los exámenes médicos. El tratamiento que le ofrecían los doctores, le auguraba apenas un 5% de probabilidades. Decidió entonces ir a morir a su hato, al lado de su negra Fátima, escondiendo los síntomas del avance de la enfermedad, utilizando unas innecesarias gafas, y sin que nadie supiera de su condición. Quiso ser enterrado en un ataúd construido por sus propias manos. Fue el último acto de amor por su negra; no iba a dejarle un montonón de problemas, así que, faculto, recio y braga’o, José del Carmen resolvió hasta su propio funeral.

Rodrigo Gallo Lemus
@AlegreBengali



(1) El verso citado es un fragmento de la canción “Yo no le vendo mi fundo” de autoría del maestro Carlos “Cachi” Ortegón

ALEJANDRA



ALEJANDRA

Mientras esperaba a que Alejandra saliera, Juan Domingo recordaba el San Pascual bailón donde la había conocido. El viejo Gerardo, dueño del Hato La Maporita le había ofrecido un baile al santo, por la abundante cosecha prodigada el año anterior y que se había hecho manifiesta en la gran cantidad de mamantones y ganado de saca que en el último trabajo mayero, contabilizaba La Maporita. Allí la había conocido. Estaba en el Hato como invitada de una de las hijas del viejo y aunque no era llanera, esa noche lucía su falda floreada y su cayena en el pelo, con más elegancia que el resto de las mujeres.

El baile, como debía ser, lo había abierto el Viejo Gerardo con la doña y detrás de ellos, todas las parejas se acercaban a la imagen del santo, a ofrecer a sus pies un trago de miche. Como por cosa del destino, o quizá del mismo San Pascual, los ojos de Juan Domingo se habían topado con los de Alejandra cuando éste, se acerco inopinadamente a invitarla a bailar. Los dos sintieron la chispita, eso estaba claro. Toda la noche rieron, bailaron y conversaron como si se hubiesen conocido hace mucho tiempo. Era evidente la mutua atracción. Lastimosamente, al día siguiente, Alejandra tenía que regresar a su mundo. La ciudad, su trabajo, su vida normal la esperaba.

Desde ese día, en la mente de Juan Domingo había quedado impresa la imagen de la catira, bella, con su piel de trigo maduro y con su pelo recortado como las hojas de un rosal. Desde ese día, cada lunes en la mañana, se paraba Juan Domingo en la barranca del rio y con su poncho de rayas verdes y rojas, capeaba el bongo que subía para Puerto Lozada, y con Felipe, el bonguero, enviaba una carta para Alejandra. De la misma manera, los viernes en la tarde, se volvía a parar en la barranca, para de nueva cuenta, capear el bongo de Felipe, donde, sin falta, venía la respuesta de la catirita. Allí sentado y zumbándole los pies a las cálidas aguas del rio, en completa soledad leía la carta. El brillo de los ojos de Juan Domingo leyendo, se confundía con el naranja sol que se ahogaba en el rio. Luego, con el pecho llenito de cariño y alegría, regresaba a la casa y guardaba juiciosamente la carta, en el baúl de cedro macho que había construido con sus propias manos, exclusivamente para ese fin.   El ciclo se repetía con rigurosidad matemática.

El intercambio epistolar, sincero, bonito y cabal, los hacía tener los sentimientos encontrados. Por un lado la felicidad de saber que así fuera a la distancia, se tenían el uno al otro. Por otra parte, la nostalgia del querer y no poder. Para Juan Domingo era inevitable pensar que el sacerdote que la había bautizado Alejandra, había acertado de forma contundente. Su nombre, Alejandra, evocaba lejanía, distancia. – No, la pija – pensó Juan Domingo, esto no podía continuar así.

El siguiente lunes, capeó el Bongo de Felipe, pero no para mandar la consabida carta, sino para embarcarse hasta Puerto Lozada, y desde allí, venciendo el terror que sentía por los aviones, volar hasta la capital e ir a buscar a Alejandra.

Juan Domingo, muy nervioso, mientras esperaba a la catira afuera de su casa y recordaba esta historia, caminaba de un lado a otro. Decidió, en un momento de genialidad, cruzar a la acera de enfrente. Eso le daría el tiempo necesario para recuperar el aliento después de ver que Alejandra, vestida de azul claro, más hermosa que nunca, con su cabello corto y rubio al viento, saliera del edificio. Ya estaba decidido. Cuando la catira llegara hasta él para saludarlo, le iba a estampar un cálido y tímido beso en sus labios. Después, bueno, después ya no importaba nada más. Ya habría cumplido el motivo de su viaje, y todo lo que sucediera en adelante, amor o desamor, sería del total dominio del albur.


Rodrigo Gallo
@AlegreBengali

CAYENA


CAYENA

Era inevitable cada vez que se acercaba la Semana Santa. Con los primeros aguaceros de abril, el recuerdo de Cayena se crecía al interior del alma de José Amalio. Y como no; Cayena había sido el primer lance de amor del criollo, cuando era apenas un mocetón.  No importaba que hubiesen pasado ya 25 años; solo era cuestión de cerrar los ojos e imaginarse el hermoso rostro de Cayena, para que  José Amalio pudiera volver a sentir la profundidad de la mirada de la morena. Era Cayena la mujer más hermosa que había visto. Hasta el día de hoy, con tanta agua corrida debajo del puente, ninguna mujer había podido quitarle ese puesto. Si, sin duda, era Cayena, la mujer más hermosa que había visto.


Era sábado, víspera del domingo de ramos y el día amanecía toldado; una leve brisa del oriente traía el olor de la tierra mojada, lo que a las claras le indicaba a José Amalio que de la otra margen del Caño Palomas, ya estaba lloviendo.  Había despertado el criollo con la imagen de Cayena entre ceja y ceja, y entonces tal como acostumbraba cada vez que Dios le ponía a la morena en el pensamiento de esa manera tan fuerte, se había quedado acostado en el chinchorro recordando, pensando, imaginando, e inevitablemente, lamentando que Cayena ya no estuviera aquí.


Recordaba José Amalio, como en esa Semana Santa de hace 25 años, el destino había traído a Cayena hasta el hato.  La felicidad que había sentido al verla llegar era imposible de cuantificar. Para ese momento, ya el sentimiento que la morena había sembrado en él, era de proporciones importantes. Cayena le hacía sentir un mundo de cosas desconocidas con solo mirarlo. Es que desde el día que el criollo había conocido a Cayena en el pueblo, sabía que se había topado de frente con el amor. Nunca nadie le había dicho como era, o como se sentía, pero carajo, el amor es de esas cosas que cuando se presenta, es imposible de confundir. Ya la asociación estaba hecha, Cayena era el amor, no cabía duda.  Y a Cayena le sucedía algo similar; había descubierto en José Amalio, esa persona que la hacía sentir totalmente diferente.  Transcurrieron algunos meses en los que ocasionalmente se veían en el pueblo y durante los que, en cada uno, se avivaban las llamas del sentimiento. Por eso, esa Semana Santa de hace 25 años, cuando Cayena visito por primera vez el hato donde vivía el criollo, fue una semana que se había quedado para siempre, sembrada en el corazón de José Amalio.
Para el criollo, las demás personas que estaban en el hato, dejaron de existir; simplemente era como si no estuviesen allí. Estuvo todo el tiempo pendiente de Cayena, que había llegado con su hermana mayor a pasar unas cortas vacaciones en el hato. Desvivido en atenciones y consideraciones, pensaba que nada era suficiente para ella. El martes santo, bien temprano, aperó en la caballeriza, el moro cabos negros para la morena. Debajo de la tereca de lustroso cuero, había puesto la alfombra venezolana, nuevecita, gris con rayas rojas, que le había traído Facundo de su última vaquería.  Las arciones y los estribos de pala los había limpiado con esmero y la cincha y las correas también eran de estreno. El apero de cabeza adornado con monedas de plata le daba al moro un aire de cuento. Para él, había aperado el alazán lucero, con una silla Villacurana que si bien no era nueva, estaba en perfectas condiciones y no deslucía en lo absoluto en el lomo del potro. Después de ofrecerle un café, invitó a Cayena a que dieran una vuelta por las cercanías. Apenas entrando el invierno, el paradero estaba reverdecido y contrastaba con el azul limpiecito del cielo. Parecía José Amalio un niño – de hecho aún lo era con apenas 17 años cumplidos- enseñándole a Cayena, los árboles que iban encontrando en su cabalgata; allá un Camoruco, más acá un Caruto, Maporas, unas Palmas Reales, una gigantesca y centenaria Ceiba, muchos Mangos y uno que otro Guayabo.  Cuando llegaron a la laguna, que ya había recuperado su esplendor gracias a las lluvias caídas, pudo regalarle a Cayena una de las vistas más hermosas que existen; cientos de corocoras tiñendo de rojo el paisaje y haciendo contraste con otro tanto de garzas blancas y morenas. 


Ahí, con ese fondo, se atrevió a estampar en la boca de la morena, un tímido beso. Hubo un instante de quietud y silencio que Cayena rompió con un abrazo tan inmenso como el llano de José Amalio. De la boca del criollo, brincó las trancas altanero, un sonoro “Te quiero”, que fue respondido por Cayena con un susurrado pero contundente “Yo También”. A José Amalio le había quedado pequeño el llano; no había hombre que pudiera ser más feliz que él.


El resto de la semana, floreció entre José Amalio y Cayena, un amor bonito, sincero, hasta inocente si se quiere.  Eso quizá, era lo que más añoraba el criollo el día de hoy. Recordaba por ejemplo, cómo la tarde del miércoles santo de hace 25 años, caía un monumental aguacero y Cayena estaba recostada en el chinchorro guindado en el alar de la casa. Él, había acercado una mecedora para sentarse junto a la morena. Ella, arropada con el bayetón de José Amalio, lo miraba tan profundamente que parecía que le estuviera leyendo el alma. Esa mirada profunda, era la esencia de su recuerdo.  Recuerdo aquel, que en últimas fue lo único que le quedó, porque por las infranqueables barreras que el destino traza a veces en la vida de las personas, tiempo después, sus caminos se separaron irremediablemente y aunque el sentimiento continuó latente en los dos corazones, no fue posible que caminaran el mismo trillo. Ese recuerdo, más tarde, se hizo nostalgia cuando Cayena fue a volverse eternidad, atendiendo los a veces incomprensibles designios de Dios; esa nostalgia, acompañó para siempre a José Amalio, intacta e inobjetable. No era tristeza, simplemente, nostalgia pura.


Al sentir las primeras lloviznas del sábado, víspera del domingo de ramos, una lágrima rodó furtiva por la mejilla del criollo, quien no tuvo más remedio que pararse del chinchorro, e ir a buscar consuelo en su taza de cerrero. Y a fe que lo encontró, porque entrevera’o en el aroma de ese café cola’o, pudo volver a sentir, fuerte y cerril, el espíritu de Cayena.  De la eterna Cayena


Rodrigo Gallo
@AlegreBengali

EL VIENTO PASO DESPACIO

El viento pasó despacio; entró a la casa del hato,
 Y sin anunciarse siquiera me sorprendió, dulce y claro
El susurro que traía acunado entre sus brazos.
Era tu voz, no estoy loco; era tu voz por Dios santo,
Y la escuche tan real entreverada en el canto
De un solitario azulejo retrucando a los tautacos;
Creí escuchar el te quiero que anhelaba de tus labios;
De mi boca un “yo también”, salió solo y sin pensarlo
Y en un solo movimiento mi corazón desbocado,
Se volvió potro altanero galopando por el  llano.


 El viento pasó despacio; entró a la casa del hato.
Traía tu aroma a canela confundido entre su llanto;
Lo fue soltando despacio impregnando el empalmado
Del alero donde siempre te esperaba ilusionado;
Recuerdo con claridad aquel momento esperado
En que te veía de cerca; tu hermosa, yo, apenado;
Tu sonrisa iluminaba la noche oscura de mayo,
Era lucero y candil, tu sonrisa era mi faro
Y yo apenas navegaba en ese mar agitado
En que convertías mi alma con el roce de tus manos


 El viento pasó despacio; entró a la casa del hato
Y detrás entraste tú,  sonriente, y yo emocionado
Quería correr, abrazarte,  es que eras tú y de inmediato
Se transformaron en besos todos aquellos “te extraño”
Que en tu ausencia fueron miles y que hoy quedaron saldados;
Te trajo el atardecer con el sol de los venados,
Te trajo marzo a mi vida,  te trajo marzo a mi llano
Como trae el amarillo al araguaney el verano;
El viento pasó despacio; entró a la casa del hato
Y nos sorprendió a los dos, fundidos en un abrazo


Rodrigo Gallo
@AlegreBengali

EL SUEÑO DE JUAN DOMINGO


EL SUEÑO DE JUAN DOMINGO


Juan Domingo se despertó con la más grande sensación de felicidad que hubiese sentido jamás.  Se quedó en silencio escuchando el majestuoso concierto de trinos que en perfecta sincronía, estaban ejecutando los cristofués, secundados por unos cuantos canarios sabaneros y la pareja de azulejos que recientemente habían anidado en el camoruco que daba sombra a la caballeriza. No era que al criollo le pareciera; era que hoy estaban más afinados que nunca llenando de música la inmensidad de la llanura.  El viento tibio de esa mañana de marzo entraba suavemente por la ventana de su habitación y la llenaba de aroma a llano. Estaba feliz Juan Domingo; con los ojos aun cerrados, hacía el recuento del sueño que había tenido.  Le parecía muy extraño que recordara absolutamente todos los detalles con tanta precisión, pero luego desechaba esa sensación de extrañeza; finalmente había soñado con Paulina y era más que lógico que su mente lo recordara con tanta claridad.


El primer recuerdo del sueño, lo ubicaba en el chinchorro que había guindado a la sombra de los mangos del patio, desde donde se divisaba el trillo que llegaba al tranquero del hato. A esa hora de la tarde, el sol pegaba muy fuerte, por lo cual, el criollo había decidido esperar un poco, antes de salir a la sabana y se había recostado, café en mano, a matar el tiempo. En ese punto del patio, el viento de la tarde soplaba fuerte y fresco, de manera que no había una mejor forma de sobrellevar esa monótona jornada.  Elias, uno de los vaqueros del hato, con quien Juan Domingo había trabado una cercana amistad, guindó al pie del criollo y  estaba recostado zurrungueando un cuatro viejo. Entre conversa y conversa, se trenzaron en una suerte de contrapunteo, pero no de versación, sino de silbo y canto de pasajitos sabaneros; en un par de suspiros, la tarde se tornó de color araguato con el sol a punto de ponerse. Con la vista puesta en el tranquero, Juan Domingo notó que llegaba, remontada en un potro rosillo, una figura femenina.  


Quedó de un solo brinco puesto en pie; no podía creerlo. Después de tanto extrañarla, después de tanto echarla de menos, pero sobre todo después de haberse acostumbrado a su ausencia, había regresado Paulina. Y la única razón comprensible, por la que Paulina habría vuelto al hato, era por Juan Domingo. Al hombre se le salía el corazón; cada latido lo sentía como la patada de una mula. Elias seguía tocando y cantando mientras Juan Domingo movido por la fuerza de la emoción, caminaba cansino pero decidido, a recibir a su catira.


No le preguntó absolutamente nada; simplemente se paró al lado de la cabalgadura y le ayudó a desmontar.  Un abrazo largo, cálido, y con una subrepticia lágrima incluida fue todo el saludo que la catira le dio.  Y Juan Domingo le correspondió exactamente con el mismo cariño con que la había despedido, cuando hace unos meses, Paulina había dejado el hato envuelta en un mar de dudas y temores.  Juan Domingo notó que la bendita brasa que la catira le había dejado sembrada en el centro del pecho, jamás se había apagado y que ahora, atizada por la luz de su sonrisa, se había convertido nuevamente en candela viva.


En un instante, Juan Domingo recordó aquella carta que le había enviado a Paulina como presente de navidad y de inmediato, hizo lo que en esas letras había plasmado y que por meses, había anhelado poder convertir en realidad. Tomó entre sus manos el hermoso rostro de la catira, y con un cariño rayano en la devoción, le estampó un inmenso beso en su frente.  La catira cerró sus ojos y abrazó a Juan Domingo con tanta fuerza como le fue posible.  Elias, inmutable, seguía sacándole notas al cuatro, absorto quizá en sus propias ensoñaciones y ambientando sin querer el reencuentro del criollo y la catira. 


La noche había cubierto por completo la pampa y agarrados de la mano, Juan Domingo y Paulina quedaban por fin arropados bajo el mismo techo, durmiendo en el mismo colgadero; diciéndose al oído todo lo que por las muchas dificultades, hasta ese día, no se habían dicho.  Hubo palabras, si, muchas, llenas de cariño, pero más que eso, hubo la concreción de unos amores tan contrariados como sinceros.  Paulina había dudado, había ido, había venido, y Juan Domingo la había esperado, y vaya que había valido la pena. Así, en ese nivel de detalle recordaba Juan Domingo el sueño de la noche anterior y se rehusaba a pararse del chinchorro, esperando dormir de nuevo para soñar otra vez, con su Paulina del alma.


Tratando infructuosamente de quedarse dormido, sintió unos pasos y un inconfundible aroma a canela y a café colado; abrió los ojos, era ella, si, era Paulina, hermosa, sonriente, de pie junto al chinchorro con el primer cerrero en la mano... ¿sería que no había sido un sueño?


Rodrigo Gallo
@AlegreBengali