CUENTO NUMERO ONCE
Nada más al abrir los ojos, Juan
Domingo supo que era hora de ponerse en pie. De hecho casi no había podido
dormir por la ansiedad que le producía la cantidad de sentimientos encontrados;
no todos los días se llegaba el plazo para ejecutar una decisión tan
trascendental como la que había tomado unos meses atrás. Caía una leve llovizna que acompasaba el
afinado canto de los cubiros y que levantaba el inconfundible olor de la tierra
mojada. Era sin duda un buen despertar,
digno de tan importante día y aunque eran hasta ahora las cinco de la mañana,
ya el catire dejaba ver un tímido resplandor en el horizonte. Antes de pararse del chinchorro, elevo sus acostumbradas
oraciones a Dios patrón y a la Virgen de Manare, y se persigno con total
sacralidad. Por fin puesto en pie, se
dirigió a la ducha que quedaba debajo del tanque elevado de reserva de agua,
bajo cuyo fuerte chorro chaparreaba los últimos rastros de la pereza. Desde la cocina, Mariela, esposa de Filimón y comadre de sacramento de
Juan Domingo se sorprendió al oírlo silbar un pasaje mientras se bañaba. Nunca
antes lo había hecho. – Caracha, el compadre ahora resultó silbador – masculló
entre los dientes a medida que colaba el cerrero acabado de bajar del fogón de leña. Recién bañado, en tucos y franela se sentó en
el taburete de la cocina y enseguida Mariela le alcanzo un pocillo repleto de
humeante y aromático café tamareño.
– Y entonces compadre ¿todo
listo?- Le pregunto aún incrédula. Juan
Domingo, sonriente y sereno, pero con la melancolía brillándole en los ojos le
contesto – Claro comadre; tiene más reversa un río –
Juan Domingo había acogido a sus
compadres en el fundito desde hacía un par de años cuando el Rio Cravo se les
había llevado la casa con macundales y todo. Al enterarse de la desgracia, Juan
Domingo no dudo en echarle la manito a Filimón – vengase pa´l fundo compadre
que donde come uno comen tres, de paso me ayuda a terminar de pararlo y en pago
le doy la veguita para que vuelva y se funde –
En ese momento, no podía saber el criollo lo fundamental que iba a
resultar Filimón, pues ahora que debía ausentarse, el fundo quedaba en las mejores
manos y él quedaría de lo más tranquilo.
Apurado el cafecito de Mariela,
Juan Domingo se enrumbó al corral de ordeño con manea, camazo y burro de
camacear, para ordeñar a su vaca Medio Luto. El resto de la quesera ya la había
ordeñado Filimón, dejándole únicamente la fundadora, para que el criollo
pudiera tomar esa mañana, directamente del camazo, la tibia y espumosa leche
recién ordeñada de su querida Medio
Luto. Bebió despacio, con los ojos
cerrados, concentrando toda su atención en el sabor de la leche. La sensación era indescriptible; beber del
camazo mientras se escuchaban aun los mugidos de la vaca y sintiendo el
particular olor a corral de ordeño. Hoy
todo estaba revestido de un halo sacro.
Saliendo del corral, con un mecate en la mano pasó para el mangón. Le echo
el lazo al moro azul que tenía por sillonero y lo llevó a la caballeriza para
aperarlo con la alfombra de rayas, la villacurana limpia y reluciente, apero de
cabeza y freno mantecaleño. Viendo ese potro con los aperos puestos se podía
decir que si algo tenía Juan Domingo, era remonta. Dueños de hato le habían ofrecido un realero
por el potro pero no habían podido lograr que el criollo lo vendiera.
Ya con el sol más alto, esa
mañana de agosto pintaba un cielo completamente azul. Juan Domingo le puso el
pecho a la brisa y remontado en el moro, se fue a recorrer los tres potreros
que componían el fundo, pero esta vez sin labor alguna de por medio.
Simplemente quería disfrutar de la estampa de ese, su pedazo de llano. En la esquina nororiental de La Guinea, había
un palo que daba las guayabas blancas más dulcitas de todos esos correderos y
al llegar allí, sin desmontarse siquiera, bajó tres que estaban bien maduritas
y con la vista puesta en el horizonte lejano, las saboreo como si fueran las
ultimas que fuera a dar ese palo. Cortó varias cayenas para llevarle a la
imagen de Nuestra Señora de los Dolores de Manare que estaba entronizada en una
pequeña gruta del patio y más o menos al rayar el medio día estaba de regreso
en la casa. Tenía que almorzar temprano
y así lo sabia Mariela. Le había
preparado el sancocho de gallina que tanto le gustaba al criollo. Se sentaron
los tres a la mesa y durante el almuerzo, Juan Domingo aprovecho para dejarle
los últimos encargos a su compadre. Insistentemente le pidió que no le fuera a
descuidar el moro azul y que le toñequeara al “canelo”, su perro de
cacería. Terminado el almuerzo, se dio
un último baño en el caño que bordeaba el fundo y cambio los tucos y la franela
por pantalón, camisa y botas. Dejó su borsalino negro en el garabato y se puso
en su mano derecha el denario con la imagen del Niño Jesús.
Sobre las dos y media de la
tarde, al tranquero del fundito, llegó el carro que recogería a Juan Domingo
para llevarlo a la ciudad desde donde tomaría el vuelo; el más
importante vuelo de toda su existencia.
En una maleta empacó sus más importantes pertenencias y atendiendo a la
firme decisión tomada hacia pocos meses, dejaba su querido llano para irse a
buscar su vida. No era que Juan Domingo no la tuviera. La tenía y de hecho muy
feliz, pero la vida que había visto en los ojos de Guadalupe era la que quería
vivir. Lo que había visto en ella, no
estaba dispuesto a dejarlo ir; sabía que si no iba a buscarla se iba a
arrepentir toda la vida, y un hombre esencialmente feliz como lo era él, no podría
con semejante carga. Dejaba el llano sin
saber absolutamente nada de lo que le esperaría, pero lo dejaba consciente que
sin importar cuantas probabilidades tuviera, podía encontrarlo absolutamente todo. La apuesta valía la pena. Guadalupe valía la
pena. Guadalupe podría ser absolutamente todo.
Rodrigo Gallo
@AlegreBengali
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