jueves, 24 de julio de 2014

CUENTO NÚMERO ONCE


CUENTO NUMERO ONCE

Nada más al abrir los ojos, Juan Domingo supo que era hora de ponerse en pie. De hecho casi no había podido dormir por la ansiedad que le producía la cantidad de sentimientos encontrados; no todos los días se llegaba el plazo para ejecutar una decisión tan trascendental como la que había tomado unos meses atrás.  Caía una leve llovizna que acompasaba el afinado canto de los cubiros y que levantaba el inconfundible olor de la tierra mojada.  Era sin duda un buen despertar, digno de tan importante día y aunque eran hasta ahora las cinco de la mañana, ya el catire dejaba ver un tímido resplandor en el horizonte.  Antes de pararse del chinchorro, elevo sus acostumbradas oraciones a Dios patrón y a la Virgen de Manare, y se persigno con total sacralidad.  Por fin puesto en pie, se dirigió a la ducha que quedaba debajo del tanque elevado de reserva de agua, bajo cuyo fuerte chorro chaparreaba los últimos rastros de la pereza.  Desde la cocina, Mariela,  esposa de Filimón y comadre de sacramento de Juan Domingo se sorprendió al oírlo silbar un pasaje mientras se bañaba. Nunca antes lo había hecho. – Caracha, el compadre ahora resultó silbador – masculló entre los dientes a medida que colaba el cerrero acabado de bajar  del fogón de leña.  Recién bañado, en tucos y franela se sentó en el taburete de la cocina y enseguida Mariela le alcanzo un pocillo repleto de humeante y aromático café tamareño.

– Y entonces compadre ¿todo listo?- Le pregunto aún incrédula.  Juan Domingo, sonriente y sereno, pero con la melancolía brillándole en los ojos le contesto – Claro comadre; tiene más reversa un río –

Juan Domingo había acogido a sus compadres en el fundito desde hacía un par de años cuando el Rio Cravo se les había llevado la casa con macundales y todo. Al enterarse de la desgracia, Juan Domingo no dudo en echarle la manito a Filimón – vengase pa´l fundo compadre que donde come uno comen tres, de paso me ayuda a terminar de pararlo y en pago le doy la veguita para que vuelva y se funde –   En ese momento, no podía saber el criollo lo fundamental que iba a resultar Filimón, pues ahora que debía ausentarse, el fundo quedaba en las mejores manos y él quedaría de lo más tranquilo.

Apurado el cafecito de Mariela, Juan Domingo se enrumbó al corral de ordeño con manea, camazo y burro de camacear, para ordeñar a su vaca Medio Luto. El resto de la quesera ya la había ordeñado Filimón, dejándole únicamente la fundadora, para que el criollo pudiera tomar esa mañana, directamente del camazo, la tibia y espumosa leche recién ordeñada de su querida  Medio Luto.  Bebió despacio, con los ojos cerrados, concentrando toda su atención en el sabor de la leche.  La sensación era indescriptible; beber del camazo mientras se escuchaban aun los mugidos de la vaca y sintiendo el particular olor a corral de ordeño.  Hoy todo estaba revestido de un halo sacro.  Saliendo del corral, con un mecate en la mano pasó para el mangón. Le echo el lazo al moro azul que tenía por sillonero y lo llevó a la caballeriza para aperarlo con la alfombra de rayas, la villacurana limpia y reluciente, apero de cabeza y freno mantecaleño. Viendo ese potro con los aperos puestos se podía decir que si algo tenía Juan Domingo, era remonta.  Dueños de hato le habían ofrecido un realero por el potro pero no habían podido lograr que el criollo lo vendiera.

Ya con el sol más alto, esa mañana de agosto pintaba un cielo completamente azul. Juan Domingo le puso el pecho a la brisa y remontado en el moro, se fue a recorrer los tres potreros que componían el fundo, pero esta vez sin labor alguna de por medio. Simplemente quería disfrutar de la estampa de ese, su pedazo de llano.  En la esquina nororiental de La Guinea, había un palo que daba las guayabas blancas más dulcitas de todos esos correderos y al llegar allí, sin desmontarse siquiera, bajó tres que estaban bien maduritas y con la vista puesta en el horizonte lejano, las saboreo como si fueran las ultimas que fuera a dar ese palo. Cortó varias cayenas para llevarle a la imagen de Nuestra Señora de los Dolores de Manare que estaba entronizada en una pequeña gruta del patio y más o menos al rayar el medio día estaba de regreso en la casa.  Tenía que almorzar temprano y así lo sabia Mariela.  Le había preparado el sancocho de gallina que tanto le gustaba al criollo. Se sentaron los tres a la mesa y durante el almuerzo, Juan Domingo aprovecho para dejarle los últimos encargos a su compadre. Insistentemente le pidió que no le fuera a descuidar el moro azul y que le toñequeara al “canelo”, su perro de cacería.  Terminado el almuerzo, se dio un último baño en el caño que bordeaba el fundo y cambio los tucos y la franela por pantalón, camisa y botas. Dejó su borsalino negro en el garabato y se puso en su mano derecha el denario con la imagen del Niño Jesús.  

Sobre las dos y media de la tarde, al tranquero del fundito, llegó el carro que recogería a  Juan Domingo  para llevarlo a la ciudad desde donde tomaría el vuelo; el más importante vuelo de toda su existencia.  En una maleta empacó sus más importantes pertenencias y atendiendo a la firme decisión tomada hacia pocos meses, dejaba su querido llano para irse a buscar su vida. No era que Juan Domingo no la tuviera. La tenía y de hecho muy feliz, pero la vida que había visto en los ojos de Guadalupe era la que quería vivir.  Lo que había visto en ella, no estaba dispuesto a dejarlo ir; sabía que si no iba a buscarla se iba a arrepentir toda la vida, y un hombre esencialmente feliz como lo era él, no podría con semejante carga.  Dejaba el llano sin saber absolutamente nada de lo que le esperaría, pero lo dejaba consciente que sin importar cuantas probabilidades tuviera,  podía encontrarlo absolutamente todo.  La apuesta valía la pena. Guadalupe valía la pena. Guadalupe podría ser absolutamente todo.

Rodrigo Gallo
@AlegreBengali


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