Justo un día tan importante como hoy
Apenas abrió los ojos
y alcanzó a ver en el horizonte los primeros rojizos que anunciaban el
inminente despunte del sol, Feliciano puso sus pies en el suelo.
Continuó por unos instantes, en completo silencio, sentado en el
chinchorro que él mismo había tejido años atrás, escuchando los hermosos
sonidos del tibio amanecer llanero y ofreciéndole al Señor, una pequeña
plegaria de agradecimiento como era su costumbre cada día. Después de darse
la bendición, Feliciano se encaminó a la cocina del fundo y encendió la estufa
de leña para hacer el café cerrero que tanto le gustaba.
Descolgó la tiznada olleta y
la llenó con agua fresca de la tinaja. Se sentía extraño, porque justo hoy,
justo un día tan importante como hoy, estaba completamente solo.
Mientras veía el crepitar de
las llamas, inmerso en sus pensamientos, le pareció triste que sus pijitas,
justo hoy, justo un día tan importante como hoy, estuvieran lejos;
pero Feliciano sabía que eso era preciso lo que había querido para ellos
y aunque sentía nostalgia por esa lejanía, era feliz sabiendo que sus
pijitas estaban conociendo ese mundo que a él le faltó conocer.
Y digo le faltó, solamente
por el estricto significado de no haberlo hecho, no porque a Feliciano le
hiciera falta. Todo el mundo que él quería conocer, estaba enmarcado en su
verde y esplendoroso llano.
De repente, se encontró
colando el café. Mientras pensaba, maquinalmente había hecho todo el
proceso que para él, era un ritual. A estas alturas, ya toda la casa
estaba inundada del delicioso olor a café colado, pero aparte de Feliciano, no
había nadie que lo pudiera disfrutar. Estaba completamente solo.
Descolgó el pocillo de
peltre, el mismo en el que durante los últimos cinco años había tomado su
primer cerrero del día, y despacio, disfrutando el correr del líquido
desde la olleta hasta el pocillo, lo llenó de un negro y aromático
café. Hizo exactamente lo mismo que hacía siempre; sopló suavemente el
pocillo para sentir una vez más su aroma. Ese aroma le trajo el recuerdo
de esa sonrisa, de esa blanca e indomable sonrisa que le despertaba toda clase
de emociones cada vez que la veía. Aunque era extraño que la recordara
así, Feliciano jamás se había detenido a preguntarse el porqué.
Simplemente disfrutaba
viendo con los ojos del alma ese medio rostro, sonriente, claro,
hermoso. Era como si esa fotografía hubiese sido tomada intencionalmente
así. Y en ese medio rostro, estaba, cómo no, esa sonrisa que lo hacía
profundamente feliz. Bueno, para ser fieles a la verdad, era una media
sonrisa.
Sólo matizaba su felicidad,
recordar que esa hermosa sonrisa, también estaba lejos. Hubiera dado lo
que fuera porque justo hoy, justo un día tan importante como hoy, no
tuviera que verla con los ojos cerrados. Hubiera dado lo que fuera por estar
cerca de ella, por poderle servir un pocillo de café cerrero, por poder decirle
al oído, todo lo que tenía en su alma. Pero comprendía muy bien Feliciano, que
así había sido desde el principio; así había decidido quererla y
extrañarla, y entonces, aunque su catira estuviera lejana la mayor parte
del tiempo, le daba una inmensa paz imaginar que esa sonrisa era para
él. Así que, aunque justo hoy, justo un día tan importante como hoy,
no estuvieran en el mismo espacio geográfico, eso no era algo que minimizara la
alegría que siempre, invariablemente, invadía a Feliciano en esta precisa
fecha, año tras año.
Silente, mientras dejaba el
pocillo en el pozuelo que había en la caballeriza, le envió, envuelto en un “te
extraño”, un sonoro beso con la esperanza de que ella lo recibiera,
exactamente con la misma calidez con que se lo había enviado.
Así, se sintió pleno y recobró el aliento.
Después de bañarse en el
caño que corría entre el paradero y Matelimón, Feliciano procedió a
ponerse su mejor camisa, los tucos negros y el sombrero Borsalino, negro
también, que sus pijitas le habían regalado en el último cumpleaños. Ensilló el alazán lucero y
dándose una nueva bendición, le voló la pierna al potro. Le entregó en la
rienda suelta, la confianza que sólo podía depositar en su querido sillonero,
con la seguridad de que lo llevaría al único sitio donde quería estar, justo
hoy, justo un día tan importante como hoy.
Quería llegar al Casanare
antes de las 12 de la noche, y no sé si sólo recordó el verso
mentalmente, o si lo cantó a pecho herido, pero a fe, que el potro
tomó el trillo correcto. Era el único verso de su amado folclor llanero,
que hoy, justo hoy 24 de diciembre, le importaba a Feliciano:
“Como San José es de Pore
Y la Virgen de Manare
El niño Jesús que viene
Va a nacer en Casanare” (1)
Rodrigo Gallo
@AlegreBengali
1. El verso citado es de la autoría del maestro Carlos
“Cachi” Ortegón
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