jueves, 24 de julio de 2014

JUSTO UN DIA TAN IMPORTANTE COMO HOY - CUENTO CORTO




Justo un día tan importante como hoy





Apenas abrió los ojos y  alcanzó a ver en el horizonte los primeros rojizos que anunciaban el inminente despunte del sol,  Feliciano puso sus pies en el suelo.  Continuó por unos instantes, en completo silencio, sentado en el chinchorro que él mismo había tejido años atrás, escuchando los hermosos sonidos del tibio amanecer llanero  y ofreciéndole al Señor, una pequeña plegaria de agradecimiento como era su costumbre cada día.  Después de darse la bendición, Feliciano se encaminó a la cocina del fundo y encendió la estufa de leña para hacer el café cerrero que tanto le gustaba.


Descolgó la tiznada olleta y la llenó con agua fresca de la tinaja. Se sentía extraño, porque justo hoy, justo un día tan importante como hoy, estaba completamente solo.


Mientras veía el crepitar de las llamas, inmerso en sus pensamientos, le pareció triste que sus pijitas, justo hoy, justo un día tan importante como hoy, estuvieran  lejos;  pero Feliciano sabía que eso era preciso lo que había querido para ellos y aunque sentía nostalgia por esa lejanía, era feliz sabiendo que sus pijitas estaban conociendo ese mundo que a él le faltó conocer.  


Y digo le faltó, solamente por el estricto significado de no haberlo hecho, no porque a Feliciano le hiciera falta. Todo el mundo que él quería conocer, estaba enmarcado en su verde y esplendoroso llano.
  

De repente, se encontró colando el café.  Mientras pensaba, maquinalmente había hecho todo el proceso que para él, era un ritual. A estas alturas, ya toda la casa estaba inundada del delicioso olor a café colado, pero aparte de Feliciano, no había nadie que lo pudiera disfrutar. Estaba completamente solo.


Descolgó el pocillo de peltre, el mismo en el que durante los últimos cinco años  había tomado su primer cerrero del día,  y despacio, disfrutando el correr del líquido desde la olleta hasta el pocillo, lo llenó de un negro y aromático café. Hizo exactamente lo mismo que hacía siempre; sopló suavemente el pocillo para sentir una vez más su aroma.  Ese aroma le trajo el recuerdo de esa sonrisa, de esa blanca e indomable sonrisa que le despertaba toda clase de emociones cada vez que la veía.  Aunque era extraño que la recordara así, Feliciano jamás se había detenido a preguntarse el porqué.


Simplemente disfrutaba viendo con los ojos del alma ese medio rostro, sonriente,  claro, hermoso.  Era como si esa fotografía hubiese sido tomada intencionalmente así. Y en ese medio rostro, estaba, cómo no, esa  sonrisa que lo hacía profundamente feliz. Bueno, para ser fieles a la verdad, era una media sonrisa.  


Sólo matizaba su felicidad, recordar que esa hermosa sonrisa,  también estaba lejos. Hubiera dado lo que fuera porque justo hoy, justo un día tan importante como hoy,  no tuviera que verla con los ojos cerrados. Hubiera dado lo que fuera por estar cerca de ella, por poderle servir un pocillo de café cerrero, por poder decirle al oído, todo lo que tenía en su alma. Pero comprendía muy bien Feliciano, que así había sido desde el principio; así había decidido quererla y extrañarla, y entonces, aunque su catira estuviera lejana la mayor parte del tiempo, le daba una inmensa paz imaginar que esa sonrisa era para él. Así que, aunque justo hoy, justo un día tan importante como hoy, no estuvieran en el mismo espacio geográfico, eso no era algo que minimizara la alegría que siempre, invariablemente,  invadía a Feliciano en esta precisa fecha, año tras año.


Silente, mientras dejaba el pocillo en el pozuelo que había en la caballeriza, le envió, envuelto en un “te extraño”,  un sonoro beso con la esperanza de que ella lo recibiera,  exactamente  con la misma calidez con que se lo había enviado.  Así, se sintió pleno y recobró el aliento.


Después de bañarse en el caño que corría entre el paradero y Matelimón, Feliciano procedió a  ponerse su mejor camisa, los tucos negros y el sombrero Borsalino, negro también, que sus pijitas le habían regalado en el último cumpleaños. Ensilló el alazán lucero y dándose una nueva bendición, le voló la pierna al potro. Le entregó en la rienda suelta, la confianza que sólo podía depositar en su querido sillonero, con la seguridad de que lo llevaría al único sitio donde quería estar, justo hoy, justo un día tan importante como hoy.  


Quería llegar al Casanare antes de las 12 de la noche, y  no sé si sólo recordó el verso mentalmente, o si lo cantó  a pecho herido, pero a fe, que el potro tomó el trillo correcto.  Era el único verso de su amado folclor llanero, que hoy, justo hoy 24 de diciembre, le importaba a Feliciano:



“Como San José es de Pore
Y la Virgen de Manare
El niño Jesús que viene
Va a nacer en Casanare” (1)

Rodrigo Gallo
@AlegreBengali 



1.     El verso citado es de la autoría del maestro Carlos “Cachi” Ortegón


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