AMALIA Y LA PAÑOLETA AZUL
Sentado en el pozuelo que había
en la caballeriza, Venancio tenía dominado el panorama. Desde allí, donde acostumbraba a sentarse a
esa temprana hora del día, con su pocillo de peltre rebosante de café en las
manos, podía mirar la casa grande de
“Santa Helena” y los dos senderitos que de ella se podían tomar con rumbo
a la cocina de la hacienda que quedaba en la casa de los encargados. Uno de
esos senderos partía del lado oriental
del patio y pasaba por la caballeriza. El otro, partía del lado sur y
llegaba directo a la cocina, pasando por el lavadero. Siempre lo hacía y sin ningún especial
motivo. Finalmente la casa grande casi
siempre estaba vacía, salvo en la temporada de fin de año cuando llegaba toda
la familia de Pablo Camejo, su padrino y dueño de la hacienda. Quizá era porque el pozuelo quedaba guarecido
tanto del agua cuando llovía, como del recio sol que bañaba esos correderos. Pero desde hacía más o menos seis meses, era
indudable que la motivación para sentarse allí, tenía nombre propio. Amalia Camejo; sobrina del viejo Pablo, había
llegado a Santa Helena a supervisar la construcción de un pequeño proyecto que,
aprovechando la gran cercanía de la hacienda con la ciudad de Guasimal, capital
del departamento y emporio turístico,
habían decidido desarrollar en parte de las tierras de la familia. Se trataba de convertir un poco más de la
mitad de Santa Helena, en una hacienda agroturística y Amalia había sido la
escogida por Pablo para el desarrollo y la operación del proyecto.
Morena clara, hermosa, altiva,
alegre y siempre sonriente, Amalia se había ganado el cariño de Segundo y La
Mona, encargados de la hacienda, y por supuesto se había metido profundamente
en el corazón de Venancio. Siempre,
sobre las seis de la mañana, en medio de la grizapa de la bandada de loros
carasucia que llegaban al patio de la hacienda, Amalia salía de la casa grande,
tomando el sendero sur y se dirigía a la cocina a servirse su primera taza de
guayoyo, para luego venir a la caballeriza y sentarse justo al lado de
Venancio, en el famoso pozuelo. Conversaban animadamente al calor del café y se
contaban mutuamente sus planes de trabajo del día; Amalia, siempre sonriente
era la inyección de ánimo y motivación que hacía de Venancio también un hombre
alegre. El criollo solía comentarle a Dumar el becerrero, que Amalia era algo
así como su sol interior. Dumar que no
por ser aún un muchacho era ingenuo, ya había notado que los sentimientos de
Venancio hacía la Morena Clara eran fuertes y cerriles. Decía el becerrero que cuando Venancio
hablaba de Amalia, los ojos le brillaban como sol de marzo. Y si, los ojos le brillaban como sol de
marzo, como el sol interior de marzo que tenia Venancio atrapado en el alma.
Llegada la tarde, la escena se
repetía. Después de cenar tungos, ñema y guayoyo, Amalia y Venancio nuevamente
se sentaban juntos en el pozuelo y con ruido de las cigarras y los grillos, al
vaivén de la brisa fresca del rio Guasimal que pasaba a cosa de quinientos
metros de la caballeriza, se contaban mil y una historias. Bien fueran las
cosas del día, o relatos acerca de episodios de sus respectivas vidas; tanto hablaban que parecía que nunca se les
fuese a agotar el tema. Como siempre, la
charla estaba acompañada de la mutua sonrisa. Viéndolos desde fuera, podía
decirse que en esa charla, simplemente no cabía nadie más.
Esa era la feliz rutina de
Venancio, que solo se alteraba el día que Amalia salía por el sendero oriente y
llevaba una pañoleta azul en su cabeza. Ya sabía Venancio que Amalia ese día no
estaba de colores. Era una versión gris de la morena clara. La pañoleta azul
era un inconsciente acto de Amalia cada vez que recibía alguna mala noticia o
cada vez que sentía nostalgia por cualquiera situación; en todo caso, Amalia la
de la pañoleta azul, era una diferente. Sin dejar de ser una mujer encantadora, que
como todos los días, con su sola presencia le sacudía los cimientos al criollo,
simplemente no sonreía. Y eso era grave. El sol interior de Venancio era la
sonrisa de Amalia. Al criollo se le prendían todas las alarmas porque seguro,
ese día, en su interior, caía una pertinaz y acongojadora llovizna. El día que Amalia se ponía la pañoleta azul,
Venancio bajo cualquier pretexto abandonaba sus cotidianas labores y con la
excusa de que su padrino Pablo le pedía que la acompañara a la obra, se
dedicaba exclusivamente a la Morena Clara. Hacia mil cosas con tal de
devolverle la sonrisa al hermoso rostro de ella. A veces lo lograba, a veces no, pero nunca
cejaba en su empeño, y aunque las veces que Amalia lucía su pañoleta azul eran
escasas, la actitud del criollo era invariable. No podía dejar que su sol
interior no brillara. ¡No faltaría más!
El sábado 20 de septiembre a las
seis de la mañana, Venancio se sentó en el pozuelo con un ramo de lirios
sabaneros en la mano, acompañados de una cayena roja, esperando a que Amalia se
sentara a su lado para entregárselos. Era el cumpleaños de la Morena Clara;
ella, a la hora acostumbrada, salió de la casa grande por el sendero oriente
con la pañoleta azul en la cabeza. No había rastro de la sonrisa. Empezó la
llovizna en el alma del criollo. Tomó la decisión de recurrir a las medidas
desesperadas, no importando las consecuencias. Cuando Amalia llegó a la
caballeriza, Venancio se puso de pie, le entregó los lirios sabaneros y con la
excusa de poner la cayena en su pelo, le quito la pañoleta. Con la cayena roja
en el lado izquierdo y los lirios en la mano, Amalia se veía más hermosa que
nunca. No pudo contenerse y abrazándola,
le dijo al oído “Feliz cumpleaños”. Acto seguido, puso en su boca de
merey y garza blanca un inmenso, cálido y cariñoso beso; Amalia sonrío. Quizá
fue por haberle quitado la pañoleta, quizá por las flores, quizá por el beso; nunca
se sabrá. Lo cierto es que desde ese día, no volvió a lloviznar en el alma de
Venancio y su sol interior brilló siempre al calor de la sonrisa de Amalia.
Rodrigo Gallo
@AlegreBengali
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