jueves, 24 de julio de 2014

AMALIA Y LA PAÑOLETA AZUL


AMALIA Y LA PAÑOLETA AZUL

Sentado en el pozuelo que había en la caballeriza, Venancio tenía dominado el panorama.  Desde allí, donde acostumbraba a sentarse a esa temprana hora del día, con su pocillo de peltre rebosante de café en las manos, podía mirar la casa grande de  “Santa Helena” y los dos senderitos que de ella se podían tomar con rumbo a la cocina de la hacienda que quedaba en la casa de los encargados. Uno de esos senderos partía del lado oriental  del patio y pasaba por la caballeriza. El otro, partía del lado sur y llegaba directo a la cocina, pasando por el lavadero.   Siempre lo hacía y sin ningún especial motivo.  Finalmente la casa grande casi siempre estaba vacía, salvo en la temporada de fin de año cuando llegaba toda la familia de Pablo Camejo, su padrino y dueño de la hacienda.  Quizá era porque el pozuelo quedaba guarecido tanto del agua cuando llovía, como del recio sol que bañaba esos correderos.  Pero desde hacía más o menos seis meses, era indudable que la motivación para sentarse allí, tenía nombre propio.  Amalia Camejo; sobrina del viejo Pablo, había llegado a Santa Helena a supervisar la construcción de un pequeño proyecto que, aprovechando la gran cercanía de la hacienda con la ciudad de Guasimal, capital del departamento y emporio turístico,  habían decidido desarrollar en parte de las tierras de la familia.  Se trataba de convertir un poco más de la mitad de Santa Helena, en una hacienda agroturística y Amalia había sido la escogida por Pablo para el desarrollo y la operación del proyecto. 

Morena clara, hermosa, altiva, alegre y siempre sonriente, Amalia se había ganado el cariño de Segundo y La Mona, encargados de la hacienda, y por supuesto se había metido profundamente en el corazón de Venancio.  Siempre, sobre las seis de la mañana, en medio de la grizapa de la bandada de loros carasucia que llegaban al patio de la hacienda, Amalia salía de la casa grande, tomando el sendero sur y se dirigía a la cocina a servirse su primera taza de guayoyo, para luego venir a la caballeriza y sentarse justo al lado de Venancio, en el famoso pozuelo. Conversaban animadamente al calor del café y se contaban mutuamente sus planes de trabajo del día; Amalia, siempre sonriente era la inyección de ánimo y motivación que hacía de Venancio también un hombre alegre. El criollo solía comentarle a Dumar el becerrero, que Amalia era algo así como su sol interior.  Dumar que no por ser aún un muchacho era ingenuo, ya había notado que los sentimientos de Venancio hacía la Morena Clara eran fuertes y cerriles.  Decía el becerrero que cuando Venancio hablaba de Amalia, los ojos le brillaban como sol de marzo.  Y si, los ojos le brillaban como sol de marzo, como el sol interior de marzo que tenia Venancio atrapado en el alma.

Llegada la tarde, la escena se repetía. Después de cenar tungos, ñema y guayoyo, Amalia y Venancio nuevamente se sentaban juntos en el pozuelo y con ruido de las cigarras y los grillos, al vaivén de la brisa fresca del rio Guasimal que pasaba a cosa de quinientos metros de la caballeriza, se contaban mil y una historias. Bien fueran las cosas del día, o relatos acerca de episodios de sus respectivas vidas;  tanto hablaban que parecía que nunca se les fuese a agotar el tema.  Como siempre, la charla estaba acompañada de la mutua sonrisa. Viéndolos desde fuera, podía decirse que en esa charla, simplemente no cabía nadie más.

Esa era la feliz rutina de Venancio, que solo se alteraba el día que Amalia salía por el sendero oriente y llevaba una pañoleta azul en su cabeza. Ya sabía Venancio que Amalia ese día no estaba de colores. Era una versión gris de la morena clara. La pañoleta azul era un inconsciente acto de Amalia cada vez que recibía alguna mala noticia o cada vez que sentía nostalgia por cualquiera situación; en todo caso, Amalia la de la pañoleta azul, era una diferente.  Sin dejar de ser una mujer encantadora, que como todos los días, con su sola presencia le sacudía los cimientos al criollo, simplemente no sonreía. Y eso era grave. El sol interior de Venancio era la sonrisa de Amalia. Al criollo se le prendían todas las alarmas porque seguro, ese día, en su interior, caía una pertinaz y acongojadora llovizna.  El día que Amalia se ponía la pañoleta azul, Venancio bajo cualquier pretexto abandonaba sus cotidianas labores y con la excusa de que su padrino Pablo le pedía que la acompañara a la obra, se dedicaba exclusivamente a la Morena Clara. Hacia mil cosas con tal de devolverle la sonrisa al hermoso rostro de ella.  A veces lo lograba, a veces no, pero nunca cejaba en su empeño, y aunque las veces que Amalia lucía su pañoleta azul eran escasas, la actitud del criollo era invariable. No podía dejar que su sol interior no brillara. ¡No faltaría más!

El sábado 20 de septiembre a las seis de la mañana, Venancio se sentó en el pozuelo con un ramo de lirios sabaneros en la mano, acompañados de una cayena roja, esperando a que Amalia se sentara a su lado para entregárselos. Era el cumpleaños de la Morena Clara; ella, a la hora acostumbrada, salió de la casa grande por el sendero oriente con la pañoleta azul en la cabeza. No había rastro de la sonrisa. Empezó la llovizna en el alma del criollo. Tomó la decisión de recurrir a las medidas desesperadas, no importando las consecuencias. Cuando Amalia llegó a la caballeriza, Venancio se puso de pie, le entregó los lirios sabaneros y con la excusa de poner la cayena en su pelo, le quito la pañoleta. Con la cayena roja en el lado izquierdo y los lirios en la mano, Amalia se veía más hermosa que nunca.  No pudo contenerse y abrazándola, le dijo al oído “Feliz cumpleaños”. Acto seguido, puso en su boca de merey y garza blanca un inmenso, cálido y cariñoso beso; Amalia sonrío. Quizá fue por haberle quitado la pañoleta, quizá por las flores, quizá por el beso; nunca se sabrá. Lo cierto es que desde ese día, no volvió a lloviznar en el alma de Venancio y su sol interior brilló siempre al calor de la sonrisa de Amalia.

Rodrigo Gallo

@AlegreBengali

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