Acaballado sobre el tranquero y con su
pocillo de peltre llenito de café humeante, Rogelio tenía la mirada
perdida. Podría pensarse que estaba ensimismado contemplando la
hermosa puesta de sol que teñía de color araguato el horizonte, y
precisamente eso fue lo que pensó José
María, su compadre de sacramento cuando se acercó
a saludarlo.
-Epa compita, buenas tardes – fue el
saludo casi medio cantado de José María. Rogelio le contesto con un
lacónico – entonces compa – dejando entrever el rostro bañado
por el agónico sol y por la nostalgia.
– Qué tá jaciendo mi compa en ese
tranquero, chico – fue la pregunta del compadre, hecha con su
caracteristico buen humor. Rogelio confirmando la nostalgia que lo
invadia le contestó – aquí mirando compadre, como hasta el mas
bonito de los dias tiene su ocaso -.
José María, comprendiendo el estado
de animo de su compadre, le echó el brazo por encima del hombro y
casi que en baja voz le dijo: - Compita, tranquilo que los dias
felices aun no se han acabado todos -
Esa frase fue como un golpe de agua que
rompió la presa que contenía las palabras de Rogelio. Hombre
callado y estóico, siempre había dado ejemplo de firmeza ante las
adversidades, hecho que incluso, en algunas ocasiones fue
interpretado como insensibilidad. Pero que va; era el criollo un
hombre muy sentimental, solo que mostraba su real condición solo con
algunas muy cercanas personas. Una de esas era su compa José María,
de ahí que en ese momento, se sintiera en total confianza para
expresarle su sentir.
No compita – empezo a hilar Rogelio –
para mi, los dias felices ya se acabaron y usted mas que nadie lo
sabe. Yo se que en la vida que tengo por delante, mucha o poca según
lo decida El Barbas, me esperan momentos de felicidad, pero los dias
felices, esos en que por muchos problemas que tuviera entre pecho y
espalda, solo podia sonreir, esos mi compa, esos ya se acabaron
¿Recuerda usted mi compita, cómo era este viejo cuando vivía en el
fundo? Esos si eran los dias felices. Como no ser extremedamente
feliz cuando veia correr por el patio a mis muchachitas, aún sin
edad para ir a la escuela. Yo me quedaba viéndolas de lejos,
intentando adivinar que era lo que les producia esas risas tan
sinceras y puras; contagiosas además compa, porque recuerdo que
invariablemente, terminaba yo con la sonrisa dibujada en el rostro.
Ahí, ya no aguantaba mas y salía corriendo a abrazarlas. Cuando
ellas me veían, venían a mi encuentro y resultabamos los tres en un
solo abrazo. Yo, con ellas al hombro, me encaminaba para el comedor y
la mujer me recibia con un pocillo de café y un beso; yo podía
llegar rucio de polvo caminero, o recién bañado en la laguna, eso
era lo de menos; siempre podía contar con abrazos, besos y café
caliente. Pija compa, esos eran los dias felices.
Dias felices compita, esos que siempre
empezaban muy de mañanita, antes que el sol saliera. Ya las
muchachitas iban a la escuela y tenían que levantarse muy temprano,
así que yo iba a despertarlas con un beso en la frente. Ellas,
profundamente dormidas en sus chinchorros a veces ni lo sentían,
pero ahí de a pocos entre que les silbaba alguna tonada y las
toñequeaba acariciándoles el cabello, se iban despertando. Compita,
ver esos ojos abrirse a un nuevo dia, con sus miradas llenas de
inocencia y de amor por este viejo, eran una sublime expresión de
felicidad. De ahí pa'lante, ya nada podía salir mal. Recuerdo mi
compa, que yo llevaba de cabresto el castaño frontino donde mis
muchachas iban remontadas rumbo a la escuela. En la puerta, despedía
a cada una y ellas me estampaban un sonoro beso en la mejilla, para
despues decirme en coro “Bendición, pa”, a lo que yo siempre
respondia con un “Mi Virgen de Manare las guarde” mientras ellas
entraban corriendo. Compa, digame usted si esos no eran los dias
felices.
En el fundo se vivia tranquilo, y
aunque nada sobraba, nada faltaba. La mujer y yo, con empeño y
cariño nos dedicabamos a las tareas diarias y aunque hubiesen
complicaciones, al final El Barbas nos ayudaba a emparejar las
cargas, de manera que al terminar el dia, reconfortante nos esperaba
la cena, a veces humilde, a veces abundante, pero eso si, siempre
hecha con cariño y siempre ganada honradamente a punta de trabajo y
esfuerzo. Compita, usted mas que nadie sabe que comerse esos tungos
con yema, y pasados con aguadepanela o guayoyo caliente, despues de
un dia de faena, perfectamente cabe en cualquier descripción de
felicidad.
Como no considerar dias felices a
aquellos donde por motivo de alguna fecha especial, venía a
visitarnos la familia. Caracha si le cabía gente al fundo compita.
No era sino ver esa pila de colgaderos, para calcular cuantos
cristianos estaban bajo el empalmado. Nunca falto carne en la
tasajera ni huevos en los nidales para compartir. La topochera y la
yuquera daban sus frutos mejores. Mangos y caimitos, pomarosos y
caimarones nos proveian de fruta dulce y claro, la quesera siempre
lista a entregar de mañana los camazos llenos de leche espumosa. De
la troja salia el maiz jojoto para las arepas y de la olleta mas
tiznada, siempre el cerrero caliente. Y como si no hubiera bastante,
del caño pesquero se podia calmar el antojo de bagre y cachama.
Carcacha compa; esos si eran los dias felices.
Recuerdo como caía la noche y bajo del
empalmado siempre resultaba la charla y el cuento. A veces,
zurrUngueaba yo mi cuatro viejo y salía mas de un cantador al ruedo,
bien para entonarse un pasajito, bien para declamarse un poema. De
cualquier porsiacaso alguien manoteaba una frasca de miche y ya
estaba la noche compuesta. Mientras los pijitas quedaban dormidos en
sus chinchorritos, todos bien acomodados y con el mosquitero puesto,
los mayores compartiamos risas y cariño. Ah compa, esos, esos eran
los dias felices.
Pero ya ve compa; asi como el sol, con
todo y lo maraca de grande que es, tiene su momento en que se oculta
y ya no brilla mas, los dias felices en mi vida ya tuvieron su ocaso.
Y no estoy triste compa, ni siquiera lo lamento. Nada mas caigo en la
cuenta que eso es así. Hoy trillando estos caminos tan lejanos de mi
fundo y de mi gente, se que la vida aun me tiene momentos de
felicidad; al menos eso es lo que espero, pero los dias felices,
compa, los dias felices ya no vuelven mas.
Despacio, como pensando cada
movimiento, Rogelio se fue apeando del tranquero, ya con el pocillo
de peltre vacío y dándole la espalda al moribundo sol, tomó el
camino hacia la cocina del hato. - Pa donde va mi compa – le grito
José María
- Camine compita; vamos por uno de esos
momentos de felicidad; doña Eulalia puso a hacer mas cerrero y por
el aroma que suelta la cocina, ya estuvo – contestó Rogelio,
moviendo la cabeza de un lado pa otro, mientras por las mejillas,
furtivas le rodaban un par de lágrimas.
Rodrigo Gallo
@AlegreBengali
