jueves, 13 de noviembre de 2014

CUENTO NUMERO 16



Descolgó su viejo cuatro del garabato de caruto que tenía en el cuarto, donde además del instrumento, acostumbraba a colgar el sombrero, el bayetón y el mandador de flor amarillo; repasó la afinación con sacralidad y como era de esperarse, le sonó perfecta la seguidilla de La – Re – Fa Sostenido y Si. Parecía que el paso de  los años, había afincado sus trastes en el diapasón con milimétrica precisión.  Sentado en la silleta hecha del cuero de su vaca Medio Luto, le sacaba unas alegres notas de Guacharaca en Sol mayor. Invariablemente, el sonido del cuatro reflejaba la exacta vibración de su interior, y ahora, con esta muy agradable sorpresa, no podía sentirse menos que contento.  Pedro Pablo había podido confirmar que, como solía decir su compadre Dumar, de lo más limpio sale un tigre, y ahora  asombrado, felizmente comprobaba que El Barbas -como él solía referirse a Dios - siempre le regalaba un motivo para sonreír; y el cuatro seguía sonando al compás de sus sonrisas.


Haciendo un repaso de los acontecimientos, el punto cero lo llevaba al momento donde en medio de un baile sabanero había retrucado el verso de uno de los copleros, con tal gracia, que la concurrencia entera había roto en aplausos y risas. Pero un ocurrente comentario había hecho que volteara la vista hacia el rincón derecho del salón y sin más, se había topado con los ojos cafés de Eliana. Como un acto reflejo le había dado respuesta a la ocurrencia de la catira y en menos de lo que el gallo pasionero da su primer canti’o, se  encontraba inmerso en una agradable conversación con ella.  Vivía Eliana en la misma vereda que Pedro Pablo y por lo tanto, se habían cruzado un par de veces antes, sin que el uno hubiese reparado en el otro, pero esa noche en el baile, bueno, esa noche había sucedido algo diferente. No sabía explicar exactamente qué, pero era claro que desde esa noche, se habían empezado a ver con otros ojos.  Evidentemente, era Eliana una mujer hermosa, muy hermosa, y aunque Pedro Pablo era muy susceptible a la belleza femenina, era de una naturaleza superior  el nivel de conexión.


El día siguiente al mentado baile, Pedro Pablo había amanecido con el rostro de Eliana fijo en su mente y con la conversación presente, como si se la hubieran grabado en el cerebro. No pudo evitar una sonrisa al recordar cómo, de manera inopinada, le había dicho una frase producto del gusto manifiesto y ella le había respondido, sin dudarlo, en el mismo tenor; él, había tenido que contenerse para que no se le notara que esa respuesta le había llegado como un huracán.   Es que no era ningún muchachito y por tanto, el hecho que una simple frase le hubiera causado una fuerte reacción lo llenaba de asombro; de alegría sí, pero sobre todo de asombro.  Después de saborear el primer cerrero de la mañana y una vez hubo ordeñado a su quesera, le voló la pierna al potro castaño frontino hijo de su difunto caballo Mil Amores. Tenía que volverla a ver, eso sí con algún pretexto para no quedar tan expuesto, pero tenía que verla.  La esperó en el malecón del rio en donde recordaba haberla visto caminando alguna vez. Viendo bajar la espuma del rio jugando con la mareta, no pudo dejar de sentirse un poco intimidado. En esas lides, Pedro Pablo era un hombre supremamente torpe pero volver a disfrutar de la conversación con la catira, volver a ver sus ojos, volver a sentir su aroma a flores de malabar y sobre todo volver a escuchar esa dulce voz -pensaba Pedro Pablo que si los ángeles existieran, tendrían que tener una voz similar a la de Eliana – eran suficiente estímulo  para vencer el temor.


Pasados unos minutos, que al cámara le parecieron eternos, la vio venir por el sendero que corría paralelo a la ribera, aguas arriba. La brisa del rio, moderada por el guafal que dominaba el sendero, hacia mover el pelo de Eliana con una sinigual gracia. Vestía con sencillez, pero era la catira, de esas pocas personas que sea lo que sea que vistan les luce; al tenerla a poco menos de 10 metros, pudo verla sonriente y empezó a sentir un extraño cosquilleo en la nuca.  - Catirita, buenos días - dijo Pedro Pablo con la voz imperceptiblemente quebrada por los casi infantiles nervios y entregándole una cayena amarilla que había cortado en el camino; - Buenos días Pedro ¿cómo amaneciste? Que flor más bonita - respondió sonriente la bella mujer – Bueno, la cayena es para ponerla sobre la oreja izquierda de las mujeres bonitas; para eso las hizo Dios – dijo entre encantado y apenado, a lo que Eliana respondió con una hermosa sonrisa. Intercambiaron dos o tres frases más de cortesía y bajo una extraña pero evidente conexión, resultaron envueltos en una fluida conversación, donde las risas y los halagos eran lugar común.  Pedro Pablo incluso, a veces perdía el hilo porque se quedaba sumergido en el profundo de los ojos de Eliana, que se le antojaban vivos y dicientes, pero recuperando la lucidez, sorteaba el entuerto con una inusitada habilidad. Al calor de varios pocillos de  café compartidos bajo lo fresco del alar de la tienda de la señora Amalia, fue el canto de las cigarras veraneras lo que los alerto de la inminencia del ocaso.  Casi a regañadientes, se despidió de Eliana, esperando repetir tan sencillo pero elocuente momento.   Esa tarde, la catira le produjo un mundo de sensaciones felices y cuando Pedro Pablo empezó a desandar el camino de regreso al fundito,  al darse cuenta del tamaño de la sonrisa que llevaba, pensó que algún título habría que ponerle a la mujer que lo había vestido de sonrisas; “Princesa” le pareció perfecto.


Esa sonrisa, exactamente esa misma, lo había acompañado hasta el día de hoy, cuando sentado en la silleta hecha del cuero de Medio Luto, al compás de la Guacharaca en Sol Mayor, hacia la cuenta de las numerosas tardes en compañía de la princesa, todas inundadas de alegría, plenas y agradables. Con una mezcla de asombro, felicidad e incluso algo de temor, Pedro Pablo concluía que la princesa le gustaba mucho y para más ñapa, sabía a ciencia cierta que él le gustaba a la princesa.  No sabía nada más, no le preocupaba nada más; pensaba que ya, de ahí en adelante, era cosa de dejar fluir los acontecimientos y que si de Dios y su Virgen de Manare estaba, habría encontrado en Eliana una perfecta compañera de viaje.  Mientras tanto, vistiendo las sonrisas producidas por la princesa, seguiría tocando muchas Guacharacas en Sol Mayor.


Rodrigo Gallo

@AlegreBengali

domingo, 19 de octubre de 2014

HAY FECHAS QUE ES MEJOR NO RECORDAR


Serían cerca de las seis de la tarde.  Al menos eso pensó José Amalio cuando vio al “catire” que se ponía tras la mata de monte, que según calculaba él, estaba a menos de medio tabaco de jornada.  Rojo como los cundeamores del patio del fundo, el sol poniente proyectaba larga, tan larga como su nostalgia,  la sombra de José Amalio y su remonta.  A esas alturas del día, no había podido sacarse de la cabeza el sueño de la noche anterior – quizá ni lo había intentado –,  de manera que regresaba a la casa del fundo, sobre los lomos de “Relancino”, su potro bayo, intentando entender  por qué, cada vez que soñaba con Cayena, aunque fueran distintos los sueños, habían elementos recurrentes.

La brisa fresca de esa tarde de verano, pasaba sobre su piel curtida aliviando los estragos de una dura jornada que lo había dejado sudoroso y rucio de polvo caminero. Antes de apearse  para abrir el ultimo broche que separaba “La Guinea”, del mangón adyacente al paradero – “porque el que abre un broche a caballo, o es un guate, o es un flojo” - desamarró un poncho de uno de los chumbos del muñeco y quitándose su gocho viejo, secó el sudor de su frente.  Pocas personas en la vereda habían visto a José Amalio sin sombrero; sus numerosas canas, eran más propias de un anciano que de un hombre de 40 y  largos años.  Precisamente había sido Cayena quien le había descubierto la primera cuando apenas rondaba los 18 y arrancándosela, le había dicho que lo hacía para que se volviera totalmente cano. Hasta sus canas le hablaban de ella.

Después de pasar el broche, y de nuevo sobre los lomos de “Relancino”, José Amalio hizo remembranza del sueño. Estaba parado en uno de los aleros de la casa de un hato, en medio de una reunión familiar; veía muchas personas, algunas conocidas y otras totalmente ignotas, y detrás de él, sentada en la baranda del alero estaba Cayena, abrazándolo por la espalda. Como en casi todos los sueños, no veía su rostro; solo la sentía, sentía sus brazos rodeando su pecho y su leve respiración cuando le decía al oído no sé qué tantas cosas, porque tampoco podía recordar las palabras. Era muy extraño ya que siempre oía su voz, su cálida y sonriente voz.  En absolutamente todos los sueños, Cayena le hablaba copiosamente, pero al despertar, frustrado, no podía recordar ni una sola de sus palabras; solo se quedaba con la sensación de su piel, de su respiración, y ocasionalmente cuando en el sueño la veía, de sus bellos y melancólicos ojos, que solo había logrado volver a ver en cuatro personas más, que claramente los habían recibido de herencia.  Habían pasado tantos años, que aun con sus muchas vivencias  no lograban borrar de su memoria sensitiva, la presencia de Cayena.  Incluso, si cerraba los ojos cuando tomaba el último café del día, entre sus vapores encontraba su aroma. No lo podía describir; el aroma de alguien es único como las huellas digitales, así que nadie huele igual que nadie. El aroma de Cayena, se había incorporado a la vida de José Amalio, personificando el aroma de la nostalgia.  Sabía el hombre que el sueño no era casual, como nunca lo era. Cada aparición de ella en su onirismo, precedía algún acontecimiento trascendental en su vida o anunciaba la cercanía de una fecha importante. Era el día siguiente del sueño, un día diferente; era un día en el que José Amalio estaba más perceptivo, sonreía más, silbaba más; era un día en el que su arpa sonaba más dulce y su cuatro, más melancólico. Soñar con Cayena, convertía el día siguiente, en un día especial sin duda alguna. Podía incluso pensar que ella, desde donde fuese que estuviera, lo alertaba y lo protegía, lo animaba y lo confortaba.

Próximo al tranquero, ya podía divisarse el patio del fundo cercado de cundeamores, pleno de mangos, mereyes y flores, bañado desde el occidente por un moribundo sol de los venados. Se podían ver las tres gallinas recogiendo sus pollitos, y retozón a “Canelo”, su perro de cacería  corriendo a recibirlo.  Sentía como manaba del fogón el aroma a café en olleta tiznada, del que iba a servir el último pocillo del día cumpliendo la cita con el aroma de Cayena. Comprendió José Amalio que el sueño era la recordación de que ya había pasado un nuevo año sin ella.  Un año más desde que Dios había decidido convertir a Cayena en eternidad y en el único significado posible para la palabra Nostalgia en el diccionario de José Amalio.  Lo que sucede es que había fechas que para él, era mejor no recordar porque eran conceptualmente erradas.  La gente no sabía que Cayena nunca se fue; se quedó a vivir eternamente en los sueños de José Amalio

Rodrigo Gallo

@AlegreBengali

martes, 7 de octubre de 2014

VEN


Esa noche, todo parecía ser lugares comunes en la situación que estaba viviendo José María.  Sentado en el piso de tierra de la caballeriza y con la espalda recostada en el horcón de uvero disfrutaba de la brisa fresca que venia del norte, y que hacía más llevadera la calurosa noche.  Recordaba una canción mexicana que había oído en la cantina del pueblo, si su memoria no lo traicionaba, de la voz de Jorge Negrete, la cual hablaba de la luna de octubre y entonces pensaba que esa luna,  no podría ser otra distinta a esta luna clara, que en este preciso octubre, iluminaba su llano llenando la sabana de claroscuros. El lastimero y acompasado canto del aguaitacamino dominaba el espacio que debería estar pleno de sonidos nocturnales, pero que hoy, extrañamente, parecía una sinfonía escrita solamente para él.  Apurando el último sorbo de café cerrero decidió escribir. Con un lápiz sobre una hoja de papel, José María sufría una particular metamorfosis. En ese instante, no era el criollo bragao de hablar escueto y simple al que le costaba trabajo encontrar las palabras precisas, que como un burlón demonio, solo aparecían cuando era demasiado tarde y lo dejaban con el mismo pensamiento final “Debí decirle que…”. Con el lápiz en la mano, su mente derrochaba caudal, como cuando los pequeños caños del hato Caramacatal se llenaban por la lluvia que caía en los lejanos cerros, allende la sabana.  Escribir era lo que invariablemente hacia cuando Rosaura lo dejaba sin palabras, bien fuera porque le preguntaba cualquier tontería o porque ponía esos hermosos ojos marrón en él.  José María no podía hilar más de cuatro palabras cuando Rosaura lo miraba.  Y no era porque no tuviera mucho por decirle, ni porque de su mente no brotaran. Simplemente, los ojos marrón de Rosaura eran una talanquera entre la mente y la boca del negro – como cariñosamente le decían sus amigos – Toda ella era una talanquera.

Pero esa noche ella no estaba allí; el negro trataba de no dejar trambucar su curiara en el raudal de sensaciones que le producía el recuerdo de Rosaura. No tenía alternativa, así que del bolsillo trasero del pantalón, tomó el papel y el lápiz y se dispuso a escribirle. Su compadre Felipe le había traído un nuevo pocillo de café y se había recostado en un curraquito azul que estaba guindado debajo de los garabatos sogueros y quizá sin intención, le ponía el ultimo ingrediente a la nostalgia del negro; Felipe zurrungueaba un viejo cuatro, sacándole notas de un San Rafael en sol menor.  José María, lápiz en mano, se dejo llevar…

“Ven.  Todo lo dicho, todo lo escrito, todo lo hecho, se resume en esa pequeña y significativa palabra. No puedo decirte más y no puedo hacer más.  No puedo ofrecerte nada que no tengas ya,  ni podría darte nada que no hayas vivido. No hallaras en mí, nada que no hayas encontrado ya en otra persona; todo hay que decirlo. Y sin embargo, es muy posible que lo que en mi halles, sea suficiente para que comprendas que el corazón obedece a razones que la razón no entiende.  No puedo ofrecerte felicidad porque tú la posees toda en forma de sonrisa; esos labios de merey que aprisionan un garza blanca producen toda la felicidad que pudiera imaginarse.  No podría, atendiendo al clásico romanticismo, ofrecerte la luna y las estrellas, porque tus ojos emanan más brillo que el de todas ellas juntas.  Y ya lo ves Rosaura, soy un hombre simple que de extraordinario solo tiene la fortuna de haber sido parido en este inmenso llano. Un hombre que constantemente se equivoca, que quiere mucho y que hiere un tanto; un hombre que por la manera en que fue criado, aprendió a amar. Me forme en el amor a mi sabana, a la grama y la guaratara, a mi caballo sillonero y a mi soga de enlazar. Me enseñaron a valorar las cosas pequeñas tanto como las extraordinarias, y por eso soy capaz de solazarme en el melodioso canto del cristofué y en la abrasadora mirada de tus ojos bellos. Me maravilla tanto la cayena roja, como tu hermoso pelo al que ella adorna; debe ser porque Dios creo la cayena específicamente para que encontrara su lugar natural en ti.  Pero esta dura tierra también me hizo un hombre con los pies bien puestos en ella, conocedor de las dificultades y conocedor que no todas ellas se pueden superar.  Pensaras quizá que soy un poco loco y tal vez tengas razón (alguna vez leí que quienes tenemos un tanto de locura somos mejor compañía que quienes se dicen cuerdos); soy consciente de ello y me alegra serlo, pues bajo ciertas circunstancias, esa sana locura hace que lo que a otros les duele, a mí me estimule y me rete.  Ven; no es para nada fácil, pero quienes solo emprenden lo fácil, jamás encuentran lo extraordinario de la vida. Yo no voy a luchar para ser parte de tu vida, porque eso no se lucha, no se pelea. Serás tu quien si me quiere en ella, me pondrás ahí. Yo solo puedo estar aquí para que tu mano me alcance si es que algún día decides hacerlo. Como ves Rosaura, no hay ni un solo motivo para que vengas y aun así, espero que lo hagas. Este llano te espera para que los araguaneyes sean más amarillos y el agua de mi jagüey sea más dulcita. Es este llano, no yo, quien te necesita para que el canto del gallo padrote del patio sea más alegre y retador. Es este llano quien espera halagarte con el dulzor de sus mangos. Es este llano quien te va a brindar un manirital en agosto y una luna clara en octubre, exactamente igual a la que ahora mismo veo. No vengas a mí, ven al llano, que finalmente, el llano y yo somos uno”

El canto del gallo pasionero declaró concluida la sesión de escritura. Era alrededor de la media noche cuando José María firmó la carta, la dobló y la guardó en el bolsillo de la camisa que habría de vestir al día siguiente. El plan era, con los lebrunos del día, ensillar su alazano crin de plata e ir hacia el pueblo, donde habría de encontrar un “propio” con quien hacérsela llegar a Rosaura.  Cuando el sol despuntaba, ya el negro había tomado el trillo apropiado con rumbo hacia Santa Helena. Cuando hubo recorrido algo más de tres tabacos, llegó a la orilla del caño Guasimito y desde su orilla tiró al agua el cacho de beber. Mientras apuraba el agua fresca, comprendió que lo que tenía que hacer era otra cosa; saco la carta de su bolsillo y espicillandola, la tiró al Guasimito.  Sus corrientes habrían de llevarle el contenido a Rosaura si de Dios estaba…

Rodrigo Gallo

@AlegreBengali

domingo, 3 de agosto de 2014

EL ARPA DE CIPRIANO



María Victoria estaba sentada en el alero de la casa viendo el arpa de su viejo Cipriano y pensando que no había expresión más exacta de la tristeza, que un instrumento musical mudo. Su rostro que conservaba la legendaria belleza de su juventud y madurez,  denotaba la inmensa nostalgia que desde anteayer se había anidado en su alma. Esa misma arpa era con la que Cipriano le había dado la primera serenata hace 40 años. Según recordaba por una de las tantas historias que él le contaba, para el momento de esa primera serenata, ya el arpa llevaba 24 años con Cipriano, de manera que se encontraba ante una honorable sexagenaria que había sido el refugio de las ásperas manos del arpista. Lustrosa, encordada en negro, con sus cuerdas guía rojas y sus bajos de colores, mostraba en su estado de conservación la pulcritud con la que Cipriano la había cuidado toda la vida. Sin duda, el arpista tenía por principio cuidar con esmero de las cosas que quería y de las personas que amaba.

Recordaba María Victoria, la morena clara, viendo la camoruca de Cipriano, cómo hace 40 años se habían conocido gracias a una de esas afortunadas vueltas del destino, en aquel baile en la vereda, donde el arpista tocaba con su grupo.  Ella, se le había acercado inopinadamente para pedirle que tocara un seis por derecho que animara a la gente. Cuando el joropo relancino empezó a tomar forma en las manos de Cipriano, ella había dicho en voz alta “Que le rieguen agua al patio; llegaron los bailadores”, expresión que le saco una poco común sonrisa al arpista y le produjo una inexplicable inquietud interior;  desde ese preciso momento, los ojos de Cipriano no se habían apartado nunca más de la morena clara; nunca.  Desde ese día, se había empezado a construir ese indisoluble lazo entre las  dos almas. Nunca fue un compromiso reconocido por boca sino más bien, construido día tras día con la constante, importante y positiva presencia de la morena clara en la vida del arpista, y por la dedicada, afectuosa e igualmente importante presencia de Cipriano en la vida de María Victoria. Hoy a sus 82 años, ambos tenían claro que ese baile había sido quizá, el más importante de sus vidas.

Cipriano desde ese entonces, había tenido que ser en extremo ingenioso para poderle decir a la morena clara todo lo que iba creciendo en su interior, ya que ella, producto de muchas y disimiles circunstancias era completamente reacia a hablar sobre los temas de corazón y sentimientos. Todas sus conversaciones directas giraban en torno a los cincuenta mil temas que tenían en común y por tal razón, el arpista había desarrollado dos cosas importantísimas en ese proceso de conocer a María Victoria tratando de robarse sus afectos. Una era la lectura entre líneas, que jamás había sido su fuerte, y que lo había orillado a hacer ingentes esfuerzos para leer la compleja brújula que era el comportamiento de la morena clara. Aunque siempre había tenido razón en lo que él pensaba que era la generalidad del rumbo, si hay que decir que se había equivocado mucho en los aspectos accesorios de esa lectura. Algunas interpretaciones eran tan diametralmente opuestas a la realidad, que lo hacían sentir torpe e ignorante, pero que lejos de hacerlo desistir, lo retaban aún más.  Nunca, en estos 42 años había desistido y la recompensa había sido el haber asistido a 14.965 amaneceres abrazado a su morena clara. Sin duda, una vida feliz.

La otra cosa de importancia, era que Cipriano había desarrollado la manera de comunicarle a María Victoria sus sentimientos. Desde ese baile sabanero, el arpista había escrito innumerables cuentos, historias, prosas, poemas y una que otra canción. Todo ello, escrito con una lectora definida. Todo para los brillantes y hermosos ojos de ella, que de acuerdo a la luz con que se miraran a veces eran cafés, otras tantas negros e incluso a veces se veían de color araguato.  De hecho el hombre, a ese respecto solía cantarle un verso de Cholo Valderrama -  “Yo quiero que tú me digas, de qué color son tus ojos, cuando hay enojo cambian de color, chiquilla, y se suavizan y brillan cuando cumples tus antojos” – Los importantes y trascendentales ojos de María Victoria, que hoy, viendo el arpa de Cipriano estaban vestidos de una inmensa y profunda nostalgia.

Pensaba María Victoria, que había tenido en últimas, una vida feliz al lado de Cipriano.  Había dado y había recibido; había amado y la habían amado profundamente. Había sido soporte y motivo de su viejo arpista y de él había recibido todo el cariño que fue posible.  En el fundito que habían parado juntos se había construido mucho más que lo visible. Corral de ordeño, corraleja y majada, pero también comprensión apoyo y lealtad mutuas. Ya en el patio había tanto árbol que no podían recordar con exactitud quien había sembrado cual, aparte de los frutales silvestres que había por todo el fundo. Un bonito manirital, mangos para sombra, fruta y guindadero, guayabos, mereyes, uno que otro palo de limón y mandarina, un zapote, y hasta un par de naranjos de los que María Victoria le regalaba fruta a Cipriano y él le hacía ramitos con flores de azahar.  Y es que las flores nunca faltaron en el fundito. Cayenas, tulipanes cundeamores y malabares sembrados en la cerca del paradero, lirios mayeros de la sabana y flores de boro del estero.  Cipriano hasta había hecho una jardinera para cultivar girasoles, la flor preferida de María Victoria. ¡Es que los te quiero no solamente se decían en forma de palabras! La casa hecha con medias paredes y techo de palma real, cobijó 40 años de amores y de lucha.  La caballeriza había sido testigo de las incontables veces que el moro azul, sillonero de la morena clara, había sido aperado con sacralidad por Cipriano. Y no es que María Victoria no supiera hacerlo, sino que Cipriano disfrutaba enormemente ponerle la villacurana y el resto de aperos al moro para que montara su mujer. Cada vez que lo hacía, ella lo recompensaba con un beso cálido y una humeante y olorosa taza de café tamareño, el preferido de Cipriano.  Todas estas cosas eran te quieros disfrazados.  Y por supuesto, siempre presente en el alero de la casa y siempre en el mismo rincón, el arpa de Cipriano


Hoy la veía diferente. No sé si porque el pertinaz llanto derramado había aclarado su mirada o porque era el último día en que la veía. Lustrosa y muda, el arpa  aguardaba por las cenizas de Cipriano, quien había muerto hacía dos noches. María Victoria, inundada de nostalgia iba a terminar de cumplir la voluntad de su viejo. Ya había sido quien le cerrara los ojos por última vez y ahora, iba a encargarse de que  bajo el laurel, las cenizas de Cipriano fueran enterradas junto a su arpa.


Rodrigo Gallo
@AlegreBengali

domingo, 27 de julio de 2014

EL CUATRO DE LUCIANO


Serían  cerca de las cinco de la tarde. La brisita fresca que venía del oriente y la posición del sol, ya casi metiéndose detrás de la loma de “El Indio” así lo indicaba.  Luciano, sentado a la pata de uno de los 18 palos de mango que su viejo había sembrado en el patio de la hacienda afinaba su viejo cuatro.  Era un cuatro cumanes de 14 trastes que había traído de Venezuela hace más de 20 años, un poco duro, pero muy sonoro. El diapasón y la caja de resonancia eran de color caoba y la tapa superior era de un lustroso natural de la madera de cedro.  Ese cuatro de sus amores que se le había malogrado una mañana de agosto cuando se cayó del garabato donde lo colgaba, y que solamente el maestro Prisciliano se había comprometido a arreglar. Ese cuatro que lo había acompañado a trasnochar muchachas cuando Luciano era aún un pijita con brios de serenatero. Ese cuatro que estaba ligado íntimamente a su vida y que desde hacía varios años, solo descolgaba cuando tenía que meditar sobre algún asunto de importancia.

Sentado en el piso, con la espalda recostada en el tronco del mango y con la mirada entre puesta y perdida en el horizonte, había empezado a sacarle una tonada en Re menor acompasada por el sonido de las cigarras veraneras. Desde adentro de la casa, la vieja Alcira, cocinera de la hacienda y consejera de Luciano, ya se imaginaba el asunto; el cámara tenía el corazón entre gallos y medianoche y ahí sentado, estaba tratando de dilucidar las cosas.   Había empezado por hacer un recuento del curso de las circunstancias pues el tema era de extrema importancia y no quería, ni podía darse el lujo de equivocarse.

Recordaba cómo, de manera casi accidental, se había propiciado esa primera conversación con Catalina, y cómo desde esa primera charla, no había pasado un solo día sin que cruzaran palabra. No era algo que él hubiera buscado; simplemente sucedió.  Podría decirse que El Barbas le atravesó en su trillo esos ojos de laguna serena y esa voz que le generaba una indescriptible paz.  Era evidente que Catalina había despertado en primera instancia el interés de Luciano, y como no, si era una mujer tan agradable e interesante.  Bella, inteligente, de un absoluto, encantador y fino buen humor, y que compartía con Luciano toda una serie de gustos y temas en común.  Había días en que la conversación era extensa y discurría por los más variados  senderos, como también  había días en que tres o cuatro palabras eran suficientes para que cada uno supiera, que el otro estaba siempre pendiente.  Poco a poco Catalina fue volviéndose imprescindible en la cotidianidad de Luciano. Para el dueño del cuatro cumanes, el día no empezaba con la salida del sol, sino con los buenos días que le daba Catalina. Así mismo en las noches, la única forma posible de conciliar el sueño, era después de haberse despedido de ella. En sus oraciones a El Barbas y a su Virgen de Manare, siempre estaba incluida una petición por el bienestar y la felicidad de “su bonita”. Sin darse cuenta como ni cuando, el corazón del cuatrista había sido tocado por la presencia bendita de Catalina. 

Los acordes de Re menor seguían saliendo de las manos de Luciano, mientras se reafirmaba en su presentimiento. Era indudable que había desarrollado sentimientos que, entre otras cosas no quería bautizar, porque le parecía muy prosaico ponerle un nombre común a unas sensaciones tan extremadamente especiales. El nombre era lo de menos. Lo importante era que la sola presencia de Catalina le tocaba fibras muy profundas. Ella, especial y encantadora como era, tenía en su comportamiento con Luciano unos picos altos y bajos, como si de una curva de función trigonométrica se tratara. En algunas gloriosas ocasiones, le manifestaba mucho cariño y cercanía, y en otras, parecía querer alejarlo; nada de esto sorprendía a Luciano, pues sabía por boca de la propia Catalina, que al interior de “su bonita” había en ciernes una lucha interna a la que muy probablemente solo podía asistir como espectador.  Es que finalmente las circunstancias eran poco ortodoxas y ello no dejaba de significar una desventaja para que lo que evidentemente flotaba en medio de ellos dos, lograra volverse algo concreto y palpable.  Todo era nuevo para el cámara.  Y hasta ahí llegaba la claridad. De ese punto en adelante todo era una completa incógnita para Luciano. Hombre baquiano y faculto en los asuntos del corazón, se encontraba con un  enigma en la persona de Catalina. Y no era que ella fuera complicada o extraña. Era precisamente porque era una mujer muy aterrizada y con sus cosas bien claras, pero que poco hablaba de ellas. El esfuerzo de Luciano para leerla entre líneas era monumental.  No quería equivocarse.  Era ya tan importante “su bonita” que el esmero por hacerla sentir toñeca, era quizá más trascendental que despejar sus propias dudas. Ya habría tiempo para eso.

Lo claro es que Luciano ya había tomado una decisión, y esa tarde sentado en la pata del mango, con el cuatro en sus manos no estaba haciendo otra cosa que darle un último repaso para reafirmarla. Iba a hacer todo lo que estuviera a su alcance por propiciar las condiciones necesarias para que los sentimientos que estaban en juego tuvieran una evolución,  fuese cual fuese.  No importaba lo que hubiera que hacer, no importaban incluso las mismas dudas de Catalina. Eso no estaba bajo su gobierno, asi que ¿por qué detenerse ante ello? Luciano solo sabía que  su imagen reflejada en los ojos de Catalina era la definición de más cercana de la felicidad. Solo sabía que ante Catalina, salía a flote el mejor Luciano posible y no era una impostación o una artimaña; era que Catalina, la presencia bendita de Catalina sacaba lo mejor de sí  y eso era algo que merecía ser perseguido.

El cuatro se silenció. Ya en el horizonte, por encimita de la silueta del samán del potrero despuntaba la luna clara.  Luciano se puso en pie y camino despacio hacia la cocina. Le pidió a la vieja Alcira un pocillo de guayoyo y estrenando brillo en los ojos, se sentó en el comedor de cedro.  Apuró un par de sorbos de guayoyo dulcito y echándose ligeramente el sombrero para atrás, con voz solemne le dijo a Alcira – Tiene más reversa un rio; me voy a buscar a Catalina –

Rodrigo Gallo
@AlegreBengali


jueves, 24 de julio de 2014

CUENTO NÚMERO ONCE


CUENTO NUMERO ONCE

Nada más al abrir los ojos, Juan Domingo supo que era hora de ponerse en pie. De hecho casi no había podido dormir por la ansiedad que le producía la cantidad de sentimientos encontrados; no todos los días se llegaba el plazo para ejecutar una decisión tan trascendental como la que había tomado unos meses atrás.  Caía una leve llovizna que acompasaba el afinado canto de los cubiros y que levantaba el inconfundible olor de la tierra mojada.  Era sin duda un buen despertar, digno de tan importante día y aunque eran hasta ahora las cinco de la mañana, ya el catire dejaba ver un tímido resplandor en el horizonte.  Antes de pararse del chinchorro, elevo sus acostumbradas oraciones a Dios patrón y a la Virgen de Manare, y se persigno con total sacralidad.  Por fin puesto en pie, se dirigió a la ducha que quedaba debajo del tanque elevado de reserva de agua, bajo cuyo fuerte chorro chaparreaba los últimos rastros de la pereza.  Desde la cocina, Mariela,  esposa de Filimón y comadre de sacramento de Juan Domingo se sorprendió al oírlo silbar un pasaje mientras se bañaba. Nunca antes lo había hecho. – Caracha, el compadre ahora resultó silbador – masculló entre los dientes a medida que colaba el cerrero acabado de bajar  del fogón de leña.  Recién bañado, en tucos y franela se sentó en el taburete de la cocina y enseguida Mariela le alcanzo un pocillo repleto de humeante y aromático café tamareño.

– Y entonces compadre ¿todo listo?- Le pregunto aún incrédula.  Juan Domingo, sonriente y sereno, pero con la melancolía brillándole en los ojos le contesto – Claro comadre; tiene más reversa un río –

Juan Domingo había acogido a sus compadres en el fundito desde hacía un par de años cuando el Rio Cravo se les había llevado la casa con macundales y todo. Al enterarse de la desgracia, Juan Domingo no dudo en echarle la manito a Filimón – vengase pa´l fundo compadre que donde come uno comen tres, de paso me ayuda a terminar de pararlo y en pago le doy la veguita para que vuelva y se funde –   En ese momento, no podía saber el criollo lo fundamental que iba a resultar Filimón, pues ahora que debía ausentarse, el fundo quedaba en las mejores manos y él quedaría de lo más tranquilo.

Apurado el cafecito de Mariela, Juan Domingo se enrumbó al corral de ordeño con manea, camazo y burro de camacear, para ordeñar a su vaca Medio Luto. El resto de la quesera ya la había ordeñado Filimón, dejándole únicamente la fundadora, para que el criollo pudiera tomar esa mañana, directamente del camazo, la tibia y espumosa leche recién ordeñada de su querida  Medio Luto.  Bebió despacio, con los ojos cerrados, concentrando toda su atención en el sabor de la leche.  La sensación era indescriptible; beber del camazo mientras se escuchaban aun los mugidos de la vaca y sintiendo el particular olor a corral de ordeño.  Hoy todo estaba revestido de un halo sacro.  Saliendo del corral, con un mecate en la mano pasó para el mangón. Le echo el lazo al moro azul que tenía por sillonero y lo llevó a la caballeriza para aperarlo con la alfombra de rayas, la villacurana limpia y reluciente, apero de cabeza y freno mantecaleño. Viendo ese potro con los aperos puestos se podía decir que si algo tenía Juan Domingo, era remonta.  Dueños de hato le habían ofrecido un realero por el potro pero no habían podido lograr que el criollo lo vendiera.

Ya con el sol más alto, esa mañana de agosto pintaba un cielo completamente azul. Juan Domingo le puso el pecho a la brisa y remontado en el moro, se fue a recorrer los tres potreros que componían el fundo, pero esta vez sin labor alguna de por medio. Simplemente quería disfrutar de la estampa de ese, su pedazo de llano.  En la esquina nororiental de La Guinea, había un palo que daba las guayabas blancas más dulcitas de todos esos correderos y al llegar allí, sin desmontarse siquiera, bajó tres que estaban bien maduritas y con la vista puesta en el horizonte lejano, las saboreo como si fueran las ultimas que fuera a dar ese palo. Cortó varias cayenas para llevarle a la imagen de Nuestra Señora de los Dolores de Manare que estaba entronizada en una pequeña gruta del patio y más o menos al rayar el medio día estaba de regreso en la casa.  Tenía que almorzar temprano y así lo sabia Mariela.  Le había preparado el sancocho de gallina que tanto le gustaba al criollo. Se sentaron los tres a la mesa y durante el almuerzo, Juan Domingo aprovecho para dejarle los últimos encargos a su compadre. Insistentemente le pidió que no le fuera a descuidar el moro azul y que le toñequeara al “canelo”, su perro de cacería.  Terminado el almuerzo, se dio un último baño en el caño que bordeaba el fundo y cambio los tucos y la franela por pantalón, camisa y botas. Dejó su borsalino negro en el garabato y se puso en su mano derecha el denario con la imagen del Niño Jesús.  

Sobre las dos y media de la tarde, al tranquero del fundito, llegó el carro que recogería a  Juan Domingo  para llevarlo a la ciudad desde donde tomaría el vuelo; el más importante vuelo de toda su existencia.  En una maleta empacó sus más importantes pertenencias y atendiendo a la firme decisión tomada hacia pocos meses, dejaba su querido llano para irse a buscar su vida. No era que Juan Domingo no la tuviera. La tenía y de hecho muy feliz, pero la vida que había visto en los ojos de Guadalupe era la que quería vivir.  Lo que había visto en ella, no estaba dispuesto a dejarlo ir; sabía que si no iba a buscarla se iba a arrepentir toda la vida, y un hombre esencialmente feliz como lo era él, no podría con semejante carga.  Dejaba el llano sin saber absolutamente nada de lo que le esperaría, pero lo dejaba consciente que sin importar cuantas probabilidades tuviera,  podía encontrarlo absolutamente todo.  La apuesta valía la pena. Guadalupe valía la pena. Guadalupe podría ser absolutamente todo.

Rodrigo Gallo
@AlegreBengali


AMALIA Y LA PAÑOLETA AZUL


AMALIA Y LA PAÑOLETA AZUL

Sentado en el pozuelo que había en la caballeriza, Venancio tenía dominado el panorama.  Desde allí, donde acostumbraba a sentarse a esa temprana hora del día, con su pocillo de peltre rebosante de café en las manos, podía mirar la casa grande de  “Santa Helena” y los dos senderitos que de ella se podían tomar con rumbo a la cocina de la hacienda que quedaba en la casa de los encargados. Uno de esos senderos partía del lado oriental  del patio y pasaba por la caballeriza. El otro, partía del lado sur y llegaba directo a la cocina, pasando por el lavadero.   Siempre lo hacía y sin ningún especial motivo.  Finalmente la casa grande casi siempre estaba vacía, salvo en la temporada de fin de año cuando llegaba toda la familia de Pablo Camejo, su padrino y dueño de la hacienda.  Quizá era porque el pozuelo quedaba guarecido tanto del agua cuando llovía, como del recio sol que bañaba esos correderos.  Pero desde hacía más o menos seis meses, era indudable que la motivación para sentarse allí, tenía nombre propio.  Amalia Camejo; sobrina del viejo Pablo, había llegado a Santa Helena a supervisar la construcción de un pequeño proyecto que, aprovechando la gran cercanía de la hacienda con la ciudad de Guasimal, capital del departamento y emporio turístico,  habían decidido desarrollar en parte de las tierras de la familia.  Se trataba de convertir un poco más de la mitad de Santa Helena, en una hacienda agroturística y Amalia había sido la escogida por Pablo para el desarrollo y la operación del proyecto. 

Morena clara, hermosa, altiva, alegre y siempre sonriente, Amalia se había ganado el cariño de Segundo y La Mona, encargados de la hacienda, y por supuesto se había metido profundamente en el corazón de Venancio.  Siempre, sobre las seis de la mañana, en medio de la grizapa de la bandada de loros carasucia que llegaban al patio de la hacienda, Amalia salía de la casa grande, tomando el sendero sur y se dirigía a la cocina a servirse su primera taza de guayoyo, para luego venir a la caballeriza y sentarse justo al lado de Venancio, en el famoso pozuelo. Conversaban animadamente al calor del café y se contaban mutuamente sus planes de trabajo del día; Amalia, siempre sonriente era la inyección de ánimo y motivación que hacía de Venancio también un hombre alegre. El criollo solía comentarle a Dumar el becerrero, que Amalia era algo así como su sol interior.  Dumar que no por ser aún un muchacho era ingenuo, ya había notado que los sentimientos de Venancio hacía la Morena Clara eran fuertes y cerriles.  Decía el becerrero que cuando Venancio hablaba de Amalia, los ojos le brillaban como sol de marzo.  Y si, los ojos le brillaban como sol de marzo, como el sol interior de marzo que tenia Venancio atrapado en el alma.

Llegada la tarde, la escena se repetía. Después de cenar tungos, ñema y guayoyo, Amalia y Venancio nuevamente se sentaban juntos en el pozuelo y con ruido de las cigarras y los grillos, al vaivén de la brisa fresca del rio Guasimal que pasaba a cosa de quinientos metros de la caballeriza, se contaban mil y una historias. Bien fueran las cosas del día, o relatos acerca de episodios de sus respectivas vidas;  tanto hablaban que parecía que nunca se les fuese a agotar el tema.  Como siempre, la charla estaba acompañada de la mutua sonrisa. Viéndolos desde fuera, podía decirse que en esa charla, simplemente no cabía nadie más.

Esa era la feliz rutina de Venancio, que solo se alteraba el día que Amalia salía por el sendero oriente y llevaba una pañoleta azul en su cabeza. Ya sabía Venancio que Amalia ese día no estaba de colores. Era una versión gris de la morena clara. La pañoleta azul era un inconsciente acto de Amalia cada vez que recibía alguna mala noticia o cada vez que sentía nostalgia por cualquiera situación; en todo caso, Amalia la de la pañoleta azul, era una diferente.  Sin dejar de ser una mujer encantadora, que como todos los días, con su sola presencia le sacudía los cimientos al criollo, simplemente no sonreía. Y eso era grave. El sol interior de Venancio era la sonrisa de Amalia. Al criollo se le prendían todas las alarmas porque seguro, ese día, en su interior, caía una pertinaz y acongojadora llovizna.  El día que Amalia se ponía la pañoleta azul, Venancio bajo cualquier pretexto abandonaba sus cotidianas labores y con la excusa de que su padrino Pablo le pedía que la acompañara a la obra, se dedicaba exclusivamente a la Morena Clara. Hacia mil cosas con tal de devolverle la sonrisa al hermoso rostro de ella.  A veces lo lograba, a veces no, pero nunca cejaba en su empeño, y aunque las veces que Amalia lucía su pañoleta azul eran escasas, la actitud del criollo era invariable. No podía dejar que su sol interior no brillara. ¡No faltaría más!

El sábado 20 de septiembre a las seis de la mañana, Venancio se sentó en el pozuelo con un ramo de lirios sabaneros en la mano, acompañados de una cayena roja, esperando a que Amalia se sentara a su lado para entregárselos. Era el cumpleaños de la Morena Clara; ella, a la hora acostumbrada, salió de la casa grande por el sendero oriente con la pañoleta azul en la cabeza. No había rastro de la sonrisa. Empezó la llovizna en el alma del criollo. Tomó la decisión de recurrir a las medidas desesperadas, no importando las consecuencias. Cuando Amalia llegó a la caballeriza, Venancio se puso de pie, le entregó los lirios sabaneros y con la excusa de poner la cayena en su pelo, le quito la pañoleta. Con la cayena roja en el lado izquierdo y los lirios en la mano, Amalia se veía más hermosa que nunca.  No pudo contenerse y abrazándola, le dijo al oído “Feliz cumpleaños”. Acto seguido, puso en su boca de merey y garza blanca un inmenso, cálido y cariñoso beso; Amalia sonrío. Quizá fue por haberle quitado la pañoleta, quizá por las flores, quizá por el beso; nunca se sabrá. Lo cierto es que desde ese día, no volvió a lloviznar en el alma de Venancio y su sol interior brilló siempre al calor de la sonrisa de Amalia.

Rodrigo Gallo

@AlegreBengali

GUADALUPE, EL ÁRBOL DE ACEITE Y EL MUELLE


GUADALUPE, EL ÁRBOL DE ACEITE Y EL MUELLE

Mas casual no había podido ser ese encuentro.  Juan de los Santos hizo todo esa tarde, tal cual tenía por costumbre. Después de dejar su potro canelo amarrado en el palo de Aceite que había en la cabecera del playón, y caminar los 25 o 30 metros que de allí había hasta un pequeño muelle construido hace años por Isaías el bonguero, se sentaba en el ultimo tablón y le zumbaba los pies al rio.  La suave corriente del bajo Guacavía, con sus aguas claras y tibias, era como un masaje para los pies cansados del vaquero. Se divertía viendo a los pijitas que formaban, entre nado y juegos infantiles, la rochela en uno de los rebalses del río.  Allí entraba en una suerte de meditación cuando estaba solo, o trababa una amena conversación con cualquier parroquiano que se arrimara al muelle. Era Juan de los Santos muy popular y muy querido en esos correderos. A ese punto del río, concurría gente de las tres veredas cercanas, y gracias a las buenas maneras del vaquero, además de su agradable conversación, se había hecho merecedor de los afectos del vecindario. Incluso  a veces doña Julia, la dueña de la pequeña tienda que había en la entrada al playón, se le acercaba con un vaso de guarapo si estaba el calor prendido, o con un cerrero humeante si la tarde estaba toldada. Después de un par de horas de estar allí, remontaba nuevamente en su canelo y regresaba a la casita de bahareque y techo de moriche que tenía en el caserío de Matepalma.


Pero esa tarde de mayo, estando sentado en el muelle, al sentir unos pasos que hacían sonar los viejos tablones, volteo la cara y la vio.  - ¡Virgen de Manare!, que mujer más hermosa -  pensó Juan de los Santos al ver a Guadalupe.  Morena clara, de pelo largo y lacio, casi de la misma estatura del vaquero, con un cuerpo que envidiaría cualquier muchachita de 20 y un rostro de una belleza infinita.  – Buenas tardes – saludo la morena; el vaquero tratando de recobrar el aliento, solo atinó a ponerse de pie, quitarse el sombrero y pronunciar un tímido buenas tardes. Después de cruzar dos frases de simple cordialidad con la morena, se despidió y regreso como de costumbre al caserío, pero en vez de llegar a su casa, fue a buscar a su comadre Adelaida para preguntarle si de casualidad conocía a la morena, pues él nunca antes la había visto. Después de describírsela, Adelaida supo que se trataba de Guadalupe y le dio al vaquero las pocas referencias que tenía de ella. Le conto que era una mujer que había llegado hacia un par de años a esos correderos y que vivía en el caserío de El Boral; que allí era muy apreciada por los vecinos, muy agradable y de intachable comportamiento.  Ante la respuesta de Adelaida, pensó para sus adentros, moviendo su cabeza de un lado a otro, cómo era posible entonces que en esos dos años no la hubiera visto antes.

De ese día en adelante, Juan de los Santos llegaba de tardecita al playón como lo había hecho siempre, solo que ahora esperaba ver nuevamente a Guadalupe. Pasaron cuatro días sin resultados positivos, pero a la tarde del quinto, cuando amarró el canelo al palo de Aceite, vio a la morena sentada en el muelle, con los pies en el rio. De no ser porque había más ojos viéndolo desde la tienda de doña Julia, el vaquero hubiera brincado de felicidad. Sin embargo se contuvo, y caminando despacio llego al muelle. De pie a unos dos metros de la morena, acopiando valor, la saludo muy alegremente – Buenas tardes señorita, mucho gusto, mi nombre es Juan de los Santos, servidor de usted y de mi Virgen de Manare -  Buenas tardes, respondió la morena volteando la cara y dejando ver unos hermosos ojos café de mirada profunda – Mi nombre es Guadalupe; mucho gusto Juan -  El vaquero quedo al instante, invadido de una sensación de calidez y tranquilidad, y completamente impactado por la morena. No era solo su inocultable belleza; la inenarrable dulzura de su voz, era una laguna de aguas en calma que había logrado serenar su ser.

Se sentó naturalmente en el muelle como lo había hecho siempre, y ya con los pies en el rio, se inició casi que sola, una amena conversación entre el vaquero y la morena; para Juan de los Santos no hubo pijitas, no hubo doña Julia, no hubo río siquiera; su atención estaba totalmente cooptada por el encanto de Guadalupe.  Fue inevitable que le preguntara por qué no la había visto antes y la morena le respondió diciéndole que hasta hace poco había decidido venir  a conocer este playón del Guacavía, del que le habían hablado maravillas pero que por variadas circunstancias, no había visitado sino hasta esa tarde de mayo en que la vio llegar el vaquero.  Al cabo de un par de horas se despidieron sin acordar un nuevo encuentro. Solo esperaba Juan de los Santos, que a Guadalupe le hubiera gustado el rio y la compañía, así tendría la esperanza de verla nuevamente; finalmente, ese era su playón, era su muelle y seguiría yendo como de costumbre.

Al día siguiente, nuevamente desde el Aceite donde amarraba al canelo, volvió a ver a Guadalupe sentada en el muelle y sintiendo la felicidad que sintió,  lo supo. Ya ese muelle no volvería a ser el mismo sin la morena.  A medida que iban pasando los días y la confianza entre ellos iba creciendo, esos encuentros en el muelle eran cada vez más bonitos. Había mucho cariño, y era inocultable que cada uno, consideraba al otro como alguien muy especial.  A Juan de los Santos, especialmente lo derretía el buen humor de Guadalupe. Nunca antes una mujer lo había hecho sonreír tanto; estaba metido en un remolino el hombre, porque además de gustarle tanto que la morena le trajera ese nivel de alegría, se sentía completamente enternecido con las sonrisas de Guadalupe. Es que ese rostro hermoso, se iluminaba como sol de marzo cada vez que sonreía y cada sonrisa de ella, era el detonante del deseo de abrazarla.  Abrazo que solamente se daba al momento de despedirse. Era un abrazo llenito de cariño, desbordado de un tácito “te veo mañana”; de un silente “te voy a extrañar”.  Eran tan fuertes esos dos momentos, que de tener Juan de los Santos la potestad de eternizar alguno, no habría podido decidir entre ese abrazo o ver sonreír a Guadalupe.  De cuando en cuando, Isaías atracaba el bongo en el muellecito y al desembarcar, con las buenas tardes les obsequiaba una mirada cómplice. 

El tiempo, había transcurrido lo suficiente para, según el juicio de Juan de los Santos, manifestarle a Guadalupe que en los capones de su corazón, ya estaba puesta su cifra de herrar.  Aunque el vaquero era un hombre locuaz y producto del cariño que sentía, nunca le había faltado la palabra precisa y el elogio sincero para Guadalupe, lo complicado iba a estar en la confesión. En ese aspecto, Juan de los Santos era más de hechos que de palabras y si a estas alturas, la morena no lo había leído ya, había perdido todo su tiempo. Estaba decidido, esa tarde era su tarde.

Al sol del atardecer, vista desde el  Aceite,  Guadalupe sentada en el muelle era lo más cercano a la definición de lo sublime. Quizá era porque, producto de su decisión, Juan de los Santos estaba estrenando mirada, y con ella, la morena se veía más hermosa que nunca.  Lo que iba a hacer, era que justo después del abrazo de despedida, le estamparía un beso en sus labios de merey. Si la morena le correspondía, Dios le habría regalado la máxima felicidad. 

Después de un par de eternas horas, se dieron el consabido abrazo y al desentrelazarlo, Juan de los Santos tomó entre sus manos el rostro hermoso de Guadalupe, quien le respondió con la más tierna, pura y cálida de sus sonrisas. El vaquero se quedo contemplándola y en un instante se vio orillado a tomar la más difícil de las decisiones. ¿Besarla? O quedarse viendo esa sonrisa que era el dulce yugo de su alma…

Rodrigo Gallo
@AlegreBengali


EL CARACARO


EL CARACARO

Después de regresar del largo viaje a la ciudad, en el que casi que a regañadientes había sido embarcado por su negra Fátima, José del Carmen ya no volvió a ser el mismo.  La insistencia de Fátima había sido superior a la renuencia del criollo a salir de su llano, así fuera temporalmente. Pero era necesario; desde hacía más de seis meses, José del Carmen, hombre de espíritu y físico endurecidos, había empezado a acusar un recurrente dolor de cabeza. Hoy le echaba la culpa a lo apretado que le quedaba el borsalino nuevo, mañana a lo recio del sol del mediodía, pasado mañana a que su negra no le había dado suficiente guayoyo; excusas propias de quien se sabe duro y sano.  El viaje entonces, tenía por objeto visitar a su hermano Fernando, a quien no veía hace años, y por ahí derecho, hacerse un chequeo médico.

Aunque regresó con la sonrisa a flor de labios y con la misma alegría que lo caracterizaba, no mas al descargar los macundales, Fátima pudo darse cuenta de la enorme diferencia. Solo ella, que lo conocía más que cualquiera otra persona en el mundo, noto que los ojos de José del Carmen no brillaban como siempre.  – Como te fue mi viejo – le dijo entre abrazos y sonrisas, y como era de esperarse, el criollo le conto que todo había salido perfectamente, a no ser por un detalle, que aunque nimio, lo molestaba profundamente. –El carrizo e’ doctorcito ese me formuló esta jodi’a, vieja – dijo con amargura el criollo, mientras de las alforjas sacaba unas flamantes gafas.  Le conto a Fátima, como esos benditos dolores de cabeza se debían a que estaba miope. – Y ahora mi vieja, como carajo voy a domar cerreros con estos peazo’ e vidrios en la cara -. Una sonora pero comprensiva risa, fue la respuesta de Fátima, apretujando a su viejo.

Por obvias razones, ya José del Carmen no era más el amansador del hato.  Pero para un hombre de su energía y disposición a la labor, no era aceptable quedarse sin hacer nada; habría que encontrar otro oficio.  A la mañana siguiente, se despidió de Fátima y se dirigió a la mata de monte que separaba el paradero del caño La Raya, y casi que con sacralidad, se dispuso a darle hacha a un imponente caracaro, del que saldrían siquiera dos piezas de madera. Duró una semana completa en esa labor, durante la cual también cortó unos horcones de uvero y unas varas de guafa y guafilla para hacer una enramada, que techaría con hojas de palma real amarradas con majagua. Tres días enteros tuvo que escuchar Fátima el incesante “tronco, zapatilla” con el que José del Carmen, encaramado en el cerchado de la enramada,  le pedía al hijo del chocotero, las hojas de palma previamente abatanadas para entechar.  Se le notaba al criollo una mezcla de nostalgia por no ser más el amansador, pero también un consistente animo por su nueva actividad.

Una mañana de finales de marzo, sentado en el taburete de la cocina; cerrero en mano; le dijo a Fátima – Bueno mi vieja, ya termine la enramada y le voy a pedir un favor, a usted y a todos los demás; a esa enramada no entra nadie más sino este viejo. Por eso la encerré con lona mientras termino mi labor allí adentro – Sabia el criollo que con eso era suficiente; tanto su negra como los demás, le tenían un enorme respeto y si él disponía algo, ya podía darlo por cumplido.  A partir de esa mañana, pasaba todo el día dentro de la enramada y solamente salía a buscar los alimentos, el café y el guarapo. Se había dedicado en cuerpo y alma a su nueva labor. Cuando el sol se ponía, salía extenuado y sudoroso, y cogía el trillo del caño para darse un refrescante baño. Luego, al colgadero a pasar la noche abrazado a su negra Fátima, tal como lo había hecho durante los últimos 15 años.  Pero la noche del 25 de abril fue diferente.  Una vez su negra se durmió, José del Carmen, cuidadoso, se paro del curraco, le dio un prolongado beso en la frente, guindo un chinchorrito viejo en enramada, hizo sus acostumbradas oraciones y cerca de la media noche, se dispuso a dormir tranquilo y a pierna suelta.

No mas al canto del cristofué, cerca de las cinco de la mañana,  Fátima, al sentirse sola en el curraco, se puso en pie y salió de la habitación.  No encontró a José del Carmen por ningún lado y allí, supo la razón por la cual el brillo se había ido de los ojos de su viejo. Serena, caminó hasta la enramada y encontró el chinchorro guindado y dentro de él, a su viejo durmiendo el sueño eterno, ya frio y yerto.  Cayó de rodillas a su lado sin poder contener el llanto.  Fátima, encontró también en la enramada un reluciente ataúd hecho con la madera obtenida del caracaro y dentro de él, el bayetón de José del Carmen y una hoja de papel, escrita de su puño y letra:

“Al frente, en el paradero, el punto tengo escogido, donde asombra un guarataro
Donde cestea un mocho viejo y consuela un cristofué las penas de un tarotaro
Arropa’o con bayetón, se vuelvan llano mis huesos en su caja de caracaro
Quien cambia por unos pesos, bendito sea Dios, caramba, la eternidad de un amparo” (1)

El jueves 26 de abril en la madrugada, José del Carmen murió víctima de un tumor cerebral inoperable, detectado en los exámenes médicos. El tratamiento que le ofrecían los doctores, le auguraba apenas un 5% de probabilidades. Decidió entonces ir a morir a su hato, al lado de su negra Fátima, escondiendo los síntomas del avance de la enfermedad, utilizando unas innecesarias gafas, y sin que nadie supiera de su condición. Quiso ser enterrado en un ataúd construido por sus propias manos. Fue el último acto de amor por su negra; no iba a dejarle un montonón de problemas, así que, faculto, recio y braga’o, José del Carmen resolvió hasta su propio funeral.

Rodrigo Gallo Lemus
@AlegreBengali



(1) El verso citado es un fragmento de la canción “Yo no le vendo mi fundo” de autoría del maestro Carlos “Cachi” Ortegón

ALEJANDRA



ALEJANDRA

Mientras esperaba a que Alejandra saliera, Juan Domingo recordaba el San Pascual bailón donde la había conocido. El viejo Gerardo, dueño del Hato La Maporita le había ofrecido un baile al santo, por la abundante cosecha prodigada el año anterior y que se había hecho manifiesta en la gran cantidad de mamantones y ganado de saca que en el último trabajo mayero, contabilizaba La Maporita. Allí la había conocido. Estaba en el Hato como invitada de una de las hijas del viejo y aunque no era llanera, esa noche lucía su falda floreada y su cayena en el pelo, con más elegancia que el resto de las mujeres.

El baile, como debía ser, lo había abierto el Viejo Gerardo con la doña y detrás de ellos, todas las parejas se acercaban a la imagen del santo, a ofrecer a sus pies un trago de miche. Como por cosa del destino, o quizá del mismo San Pascual, los ojos de Juan Domingo se habían topado con los de Alejandra cuando éste, se acerco inopinadamente a invitarla a bailar. Los dos sintieron la chispita, eso estaba claro. Toda la noche rieron, bailaron y conversaron como si se hubiesen conocido hace mucho tiempo. Era evidente la mutua atracción. Lastimosamente, al día siguiente, Alejandra tenía que regresar a su mundo. La ciudad, su trabajo, su vida normal la esperaba.

Desde ese día, en la mente de Juan Domingo había quedado impresa la imagen de la catira, bella, con su piel de trigo maduro y con su pelo recortado como las hojas de un rosal. Desde ese día, cada lunes en la mañana, se paraba Juan Domingo en la barranca del rio y con su poncho de rayas verdes y rojas, capeaba el bongo que subía para Puerto Lozada, y con Felipe, el bonguero, enviaba una carta para Alejandra. De la misma manera, los viernes en la tarde, se volvía a parar en la barranca, para de nueva cuenta, capear el bongo de Felipe, donde, sin falta, venía la respuesta de la catirita. Allí sentado y zumbándole los pies a las cálidas aguas del rio, en completa soledad leía la carta. El brillo de los ojos de Juan Domingo leyendo, se confundía con el naranja sol que se ahogaba en el rio. Luego, con el pecho llenito de cariño y alegría, regresaba a la casa y guardaba juiciosamente la carta, en el baúl de cedro macho que había construido con sus propias manos, exclusivamente para ese fin.   El ciclo se repetía con rigurosidad matemática.

El intercambio epistolar, sincero, bonito y cabal, los hacía tener los sentimientos encontrados. Por un lado la felicidad de saber que así fuera a la distancia, se tenían el uno al otro. Por otra parte, la nostalgia del querer y no poder. Para Juan Domingo era inevitable pensar que el sacerdote que la había bautizado Alejandra, había acertado de forma contundente. Su nombre, Alejandra, evocaba lejanía, distancia. – No, la pija – pensó Juan Domingo, esto no podía continuar así.

El siguiente lunes, capeó el Bongo de Felipe, pero no para mandar la consabida carta, sino para embarcarse hasta Puerto Lozada, y desde allí, venciendo el terror que sentía por los aviones, volar hasta la capital e ir a buscar a Alejandra.

Juan Domingo, muy nervioso, mientras esperaba a la catira afuera de su casa y recordaba esta historia, caminaba de un lado a otro. Decidió, en un momento de genialidad, cruzar a la acera de enfrente. Eso le daría el tiempo necesario para recuperar el aliento después de ver que Alejandra, vestida de azul claro, más hermosa que nunca, con su cabello corto y rubio al viento, saliera del edificio. Ya estaba decidido. Cuando la catira llegara hasta él para saludarlo, le iba a estampar un cálido y tímido beso en sus labios. Después, bueno, después ya no importaba nada más. Ya habría cumplido el motivo de su viaje, y todo lo que sucediera en adelante, amor o desamor, sería del total dominio del albur.


Rodrigo Gallo
@AlegreBengali

CAYENA


CAYENA

Era inevitable cada vez que se acercaba la Semana Santa. Con los primeros aguaceros de abril, el recuerdo de Cayena se crecía al interior del alma de José Amalio. Y como no; Cayena había sido el primer lance de amor del criollo, cuando era apenas un mocetón.  No importaba que hubiesen pasado ya 25 años; solo era cuestión de cerrar los ojos e imaginarse el hermoso rostro de Cayena, para que  José Amalio pudiera volver a sentir la profundidad de la mirada de la morena. Era Cayena la mujer más hermosa que había visto. Hasta el día de hoy, con tanta agua corrida debajo del puente, ninguna mujer había podido quitarle ese puesto. Si, sin duda, era Cayena, la mujer más hermosa que había visto.


Era sábado, víspera del domingo de ramos y el día amanecía toldado; una leve brisa del oriente traía el olor de la tierra mojada, lo que a las claras le indicaba a José Amalio que de la otra margen del Caño Palomas, ya estaba lloviendo.  Había despertado el criollo con la imagen de Cayena entre ceja y ceja, y entonces tal como acostumbraba cada vez que Dios le ponía a la morena en el pensamiento de esa manera tan fuerte, se había quedado acostado en el chinchorro recordando, pensando, imaginando, e inevitablemente, lamentando que Cayena ya no estuviera aquí.


Recordaba José Amalio, como en esa Semana Santa de hace 25 años, el destino había traído a Cayena hasta el hato.  La felicidad que había sentido al verla llegar era imposible de cuantificar. Para ese momento, ya el sentimiento que la morena había sembrado en él, era de proporciones importantes. Cayena le hacía sentir un mundo de cosas desconocidas con solo mirarlo. Es que desde el día que el criollo había conocido a Cayena en el pueblo, sabía que se había topado de frente con el amor. Nunca nadie le había dicho como era, o como se sentía, pero carajo, el amor es de esas cosas que cuando se presenta, es imposible de confundir. Ya la asociación estaba hecha, Cayena era el amor, no cabía duda.  Y a Cayena le sucedía algo similar; había descubierto en José Amalio, esa persona que la hacía sentir totalmente diferente.  Transcurrieron algunos meses en los que ocasionalmente se veían en el pueblo y durante los que, en cada uno, se avivaban las llamas del sentimiento. Por eso, esa Semana Santa de hace 25 años, cuando Cayena visito por primera vez el hato donde vivía el criollo, fue una semana que se había quedado para siempre, sembrada en el corazón de José Amalio.
Para el criollo, las demás personas que estaban en el hato, dejaron de existir; simplemente era como si no estuviesen allí. Estuvo todo el tiempo pendiente de Cayena, que había llegado con su hermana mayor a pasar unas cortas vacaciones en el hato. Desvivido en atenciones y consideraciones, pensaba que nada era suficiente para ella. El martes santo, bien temprano, aperó en la caballeriza, el moro cabos negros para la morena. Debajo de la tereca de lustroso cuero, había puesto la alfombra venezolana, nuevecita, gris con rayas rojas, que le había traído Facundo de su última vaquería.  Las arciones y los estribos de pala los había limpiado con esmero y la cincha y las correas también eran de estreno. El apero de cabeza adornado con monedas de plata le daba al moro un aire de cuento. Para él, había aperado el alazán lucero, con una silla Villacurana que si bien no era nueva, estaba en perfectas condiciones y no deslucía en lo absoluto en el lomo del potro. Después de ofrecerle un café, invitó a Cayena a que dieran una vuelta por las cercanías. Apenas entrando el invierno, el paradero estaba reverdecido y contrastaba con el azul limpiecito del cielo. Parecía José Amalio un niño – de hecho aún lo era con apenas 17 años cumplidos- enseñándole a Cayena, los árboles que iban encontrando en su cabalgata; allá un Camoruco, más acá un Caruto, Maporas, unas Palmas Reales, una gigantesca y centenaria Ceiba, muchos Mangos y uno que otro Guayabo.  Cuando llegaron a la laguna, que ya había recuperado su esplendor gracias a las lluvias caídas, pudo regalarle a Cayena una de las vistas más hermosas que existen; cientos de corocoras tiñendo de rojo el paisaje y haciendo contraste con otro tanto de garzas blancas y morenas. 


Ahí, con ese fondo, se atrevió a estampar en la boca de la morena, un tímido beso. Hubo un instante de quietud y silencio que Cayena rompió con un abrazo tan inmenso como el llano de José Amalio. De la boca del criollo, brincó las trancas altanero, un sonoro “Te quiero”, que fue respondido por Cayena con un susurrado pero contundente “Yo También”. A José Amalio le había quedado pequeño el llano; no había hombre que pudiera ser más feliz que él.


El resto de la semana, floreció entre José Amalio y Cayena, un amor bonito, sincero, hasta inocente si se quiere.  Eso quizá, era lo que más añoraba el criollo el día de hoy. Recordaba por ejemplo, cómo la tarde del miércoles santo de hace 25 años, caía un monumental aguacero y Cayena estaba recostada en el chinchorro guindado en el alar de la casa. Él, había acercado una mecedora para sentarse junto a la morena. Ella, arropada con el bayetón de José Amalio, lo miraba tan profundamente que parecía que le estuviera leyendo el alma. Esa mirada profunda, era la esencia de su recuerdo.  Recuerdo aquel, que en últimas fue lo único que le quedó, porque por las infranqueables barreras que el destino traza a veces en la vida de las personas, tiempo después, sus caminos se separaron irremediablemente y aunque el sentimiento continuó latente en los dos corazones, no fue posible que caminaran el mismo trillo. Ese recuerdo, más tarde, se hizo nostalgia cuando Cayena fue a volverse eternidad, atendiendo los a veces incomprensibles designios de Dios; esa nostalgia, acompañó para siempre a José Amalio, intacta e inobjetable. No era tristeza, simplemente, nostalgia pura.


Al sentir las primeras lloviznas del sábado, víspera del domingo de ramos, una lágrima rodó furtiva por la mejilla del criollo, quien no tuvo más remedio que pararse del chinchorro, e ir a buscar consuelo en su taza de cerrero. Y a fe que lo encontró, porque entrevera’o en el aroma de ese café cola’o, pudo volver a sentir, fuerte y cerril, el espíritu de Cayena.  De la eterna Cayena


Rodrigo Gallo
@AlegreBengali