María Victoria estaba sentada en
el alero de la casa viendo el arpa de su viejo Cipriano y pensando que no había
expresión más exacta de la tristeza, que un instrumento musical mudo. Su rostro
que conservaba la legendaria belleza de su juventud y madurez, denotaba la inmensa nostalgia que desde
anteayer se había anidado en su alma. Esa misma arpa era con la que Cipriano le
había dado la primera serenata hace 40 años. Según recordaba por una de las tantas
historias que él le contaba, para el momento de esa primera serenata, ya el arpa
llevaba 24 años con Cipriano, de manera que se encontraba ante una honorable
sexagenaria que había sido el refugio de las ásperas manos del arpista. Lustrosa,
encordada en negro, con sus cuerdas guía rojas y sus bajos de colores,
mostraba en su estado de conservación la pulcritud con la que Cipriano la había
cuidado toda la vida. Sin duda, el arpista tenía por principio cuidar con
esmero de las cosas que quería y de las personas que amaba.
Recordaba María Victoria, la
morena clara, viendo la camoruca de Cipriano, cómo hace 40 años se habían
conocido gracias a una de esas afortunadas vueltas del destino, en aquel baile
en la vereda, donde el arpista tocaba con su grupo. Ella, se le había acercado inopinadamente
para pedirle que tocara un seis por derecho que animara a la gente. Cuando el
joropo relancino empezó a tomar forma en las manos de Cipriano, ella había dicho
en voz alta “Que le rieguen agua al patio; llegaron los bailadores”, expresión que
le saco una poco común sonrisa al arpista y le produjo una inexplicable
inquietud interior; desde ese preciso
momento, los ojos de Cipriano no se habían apartado nunca más de la morena
clara; nunca. Desde ese día, se había empezado
a construir ese indisoluble lazo entre las dos almas. Nunca fue un compromiso reconocido
por boca sino más bien, construido día tras día con la constante,
importante y positiva presencia de la morena clara en la vida del arpista, y
por la dedicada, afectuosa e igualmente importante presencia de Cipriano en la
vida de María Victoria. Hoy a sus 82 años, ambos tenían claro que ese baile había
sido quizá, el más importante de sus vidas.
Cipriano desde ese entonces, había
tenido que ser en extremo ingenioso para poderle decir a la morena clara todo
lo que iba creciendo en su interior, ya que ella, producto de muchas y
disimiles circunstancias era completamente reacia a hablar sobre los temas de corazón
y sentimientos. Todas sus conversaciones directas giraban en torno a los
cincuenta mil temas que tenían en común y por tal razón, el arpista había desarrollado
dos cosas importantísimas en ese proceso de conocer a María Victoria tratando
de robarse sus afectos. Una era la lectura entre líneas, que jamás había sido
su fuerte, y que lo había orillado a hacer ingentes esfuerzos para leer la
compleja brújula que era el comportamiento de la morena clara. Aunque siempre había
tenido razón en lo que él pensaba que era la generalidad del rumbo, si hay que
decir que se había equivocado mucho en los aspectos accesorios de esa lectura. Algunas
interpretaciones eran tan diametralmente opuestas a la realidad, que lo hacían sentir
torpe e ignorante, pero que lejos de hacerlo desistir, lo retaban aún más. Nunca, en estos 42 años había desistido y la
recompensa había sido el haber asistido a 14.965 amaneceres abrazado a su
morena clara. Sin duda, una vida feliz.
La otra cosa de importancia, era
que Cipriano había desarrollado la manera de comunicarle a María Victoria sus
sentimientos. Desde ese baile sabanero, el arpista había escrito innumerables
cuentos, historias, prosas, poemas y una que otra canción. Todo ello, escrito
con una lectora definida. Todo para los brillantes y hermosos ojos de ella, que
de acuerdo a la luz con que se miraran a veces eran cafés, otras tantas negros
e incluso a veces se veían de color araguato.
De hecho el hombre, a ese respecto solía cantarle un verso de Cholo Valderrama
- “Yo
quiero que tú me digas, de qué color son tus ojos, cuando hay enojo cambian de
color, chiquilla, y se suavizan y brillan cuando cumples tus antojos” – Los
importantes y trascendentales ojos de María Victoria, que hoy, viendo el arpa
de Cipriano estaban vestidos de una inmensa y profunda nostalgia.
Pensaba María Victoria, que había
tenido en últimas, una vida feliz al lado de Cipriano. Había dado y había recibido; había amado y la habían
amado profundamente. Había sido soporte y motivo de su viejo arpista y de él había
recibido todo el cariño que fue posible.
En el fundito que habían parado juntos se había construido mucho más que
lo visible. Corral de ordeño, corraleja y majada, pero también comprensión
apoyo y lealtad mutuas. Ya en el patio había tanto árbol que no podían recordar
con exactitud quien había sembrado cual, aparte de los frutales silvestres que había
por todo el fundo. Un bonito manirital, mangos para sombra, fruta y guindadero,
guayabos, mereyes, uno que otro palo de limón y mandarina, un zapote, y hasta
un par de naranjos de los que María Victoria le regalaba fruta a Cipriano y él
le hacía ramitos con flores de azahar. Y
es que las flores nunca faltaron en el fundito. Cayenas, tulipanes cundeamores y
malabares sembrados en la cerca del paradero, lirios mayeros de la sabana y
flores de boro del estero. Cipriano
hasta había hecho una jardinera para cultivar girasoles, la flor preferida de María
Victoria. ¡Es que los te quiero no solamente se decían en forma de palabras! La
casa hecha con medias paredes y techo de palma real, cobijó 40 años de amores y
de lucha. La caballeriza había sido
testigo de las incontables veces que el moro azul, sillonero de la morena
clara, había sido aperado con sacralidad por Cipriano. Y no es que María
Victoria no supiera hacerlo, sino que Cipriano disfrutaba enormemente ponerle
la villacurana y el resto de aperos al moro para que montara su mujer. Cada vez
que lo hacía, ella lo recompensaba con un beso cálido y una humeante y olorosa
taza de café tamareño, el preferido de Cipriano. Todas estas cosas eran te quieros
disfrazados. Y por supuesto, siempre
presente en el alero de la casa y siempre en el mismo rincón, el arpa de Cipriano
Hoy la veía diferente. No sé si
porque el pertinaz llanto derramado había aclarado su mirada o porque era el último
día en que la veía. Lustrosa y muda, el arpa aguardaba por las cenizas de Cipriano, quien había
muerto hacía dos noches. María Victoria, inundada de nostalgia iba a terminar
de cumplir la voluntad de su viejo. Ya había sido quien le cerrara los ojos por
última vez y ahora, iba a encargarse de que
bajo el laurel, las cenizas de Cipriano fueran enterradas junto a su
arpa.
Rodrigo Gallo
@AlegreBengali
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