martes, 8 de septiembre de 2015

LA LAGUNA



La laguna



De repente, Darío sintió como se sumergía en la laguna del hato. Antes de que pudiera reaccionar, estaba completamente cubierto por sus aguas tibias y en calma, y caía a plomo en sus profundidades. Y no sentía miedo; se vio invadido por una sensación única de paz y bienestar, que se tornó rotunda cuando asombrado, supo que no necesitaba respirar. Era extraño, porque aunque estaba completamente sumergido en sus profundidades, no había asomo de ahogo. Parecía que en un raro arreglo de última hora, empezaba a tomar el oxígeno por la piel.

Mientras continuaba descendiendo, por sus ojos empezaron a desfilar imágenes que, como cosa curiosa, estaban asociadas todas a la felicidad. En una de ellas, pudo reconocerse de pijita, estrenando su primer pantalón largo, remangado a la altura de la batata. Calzaba unas cotizas negras de suela de cuero y llevaba en la mano un pequeño mandador de floramarillo y rejo verijero que le había regalado su abuelo. Completaba el atuendo, una camisa blanca de algodón y el gocho viejo que le había legado su hermano mayor. Se sentía pleno. Iba a montar por primera vez el alazán lucero que su viejo había amansado para que fuera su sillonero. “Relancino” le había puesto por nombre minutos antes, porque su viejo le había dicho que era ligero como el viento. Puso su pie izquierdo en el estribo y le voló la pierna al potro. Apenas se sintió acomodado en la tereca, lo apuro con los talones y “Relancino” salió a galope tendido por el trillo que llevaba al caño Tres Matas. El romper de la brisa en su pecho lo hizo sentir hombre completo por primera vez. Aunque solo tuviera 10 años, ya tenía caballo y eso, lo graduaba de llanero.  Si eso no era felicidad pura…

Darío era de bañarse en caño casi  todos los días, así que baquiano en el agua, notó con extrañeza que en las profundidades de la laguna donde estaba sumergido, no había el normal ruido de la leve corriente del agua. Tampoco había completo silencio. No podía describir lo que oía, pero pensó que así debería sonar el cielo, porque no había sentido sonido más sosegador en toda su vida. Tenía los cinco sentidos exacerbados como en una especie de trance sensorial, como en una especie de iluminación donde todo era perfectamente posible aunque fuera lo más extraño del mundo.  El descenso a plomo, se había convertido en un apacible nado bajo el agua y apenas hubo dado unas cuantas brazadas, otra imagen se presentó ante sus ojos.

Mediando agosto, Darío, sentado sobre el tranquero silbaba como de costumbre un pasaje criollo mientras la tarde se vestía de ocaso. Con el cielo totalmente araguato, el llano cobraba otra dimensión. Ya no era esa ardiente pampa abrasada por la canícula, sino un hermoso lienzo pleno de colores y acariciado por la fresca brisa del Rio Canapure. Era del total dominio del sentido común que semejante escenario, era el único posible donde podría aparecer Silvia; la catira Silvia.

Cuando Darío la vio, se silenciaron sus silbos y el corazón le dio un brinco, como el retozo de un potranco. Hermosa sin duda, la veía envuelta en un halo como de misterio. No sabía de donde había llegado, ni para donde iba; solo la había visto pasar por el trillo que de una fundación aguas abajo, pasaba por el corral de El Algarrobo y se perdía aguas arriba en dirección al caserío. La mujer, remontada en un ruano ponche crema lo saludó con cortesía, y él, quitándose el sombrero, apenas atinó a balbucear un casi imperceptible “buenas tardes señorita”.  La situación se repitió los días subsiguientes hasta que, valiente, Darío resolvió tener a mano un par de pocillos de café cola’o, para cuando Silvia pasara esa tarde de domingo, convidarla a compartir un guayoyo con él. Silvia acepto la invitación, y al calor y al aroma del café, conversaron animadamente por unos minutos. Y fue igual el lunes, y el martes, y el miércoles, y el jueves, y el viernes, y el sábado, y una semana y otra semana. El guayoyo en el tranquero de El Algarrobo, era la excusa perfecta para disfrutar de la compañía de Silvia, de la catira Silvia; era la excusa perfecta para conocerla mejor. Con el transcurrir del tiempo y el correr de los pocillos de café, era evidente el gusto mutuo; así las cosas, Darío sólo esperaba el momento apropiado para estampar en la perfecta boca de caña dulce de Silvia, un beso que le hiciera saber que el cielo si existía.

 Allí, en las profundidades de la laguna del hato, donde ya llevaba bastante tiempo sumergido Darío, todos estos recuerdos asociados a la felicidad, seguían desfilando por los ojos del llanero. Comprendió Darío, que esa laguna era, como se lo había dicho el espíritu de la mata de monte, el lugar de donde manaba toda la felicidad que recorría su verde mar de espesuras que él llamaba ¨mi querido llano”.

Ante tal revelación, decidió que no iba a salir jamás de sus aguas. Claro lo tenía; se iba a quedar a vivir allí para siempre.  Sintió en su cara la caricia de una tibia y suave mano, y esa caricia lo saco de golpe a la superficie y se encontró de frente con Silvia, cara a cara, puestos sus ojos de llanero en los hermosos ojos verdes - miel de Silva, que parecían dos cielos, cada uno con una lunita negra en la mitad; parecían una laguna de aguas calmas. No, no lo parecían;  los ojos verdes - miel de Silvia eran  la laguna donde se había sumergido Darío y de donde no había querido salir.

Allí, de pie frente a la hermosa catira, bajo la sombra de un araguaney florecido, comprendió también que era el momento.   – Acá se acabó el camino, muchachita encantadora, pensé al tiempo e’ contemplarte – (1) pensó Darío, recordando un verso llanero, y despacio, con cariño, controlando sus ansias, casi que con devoción, estampó el esperado beso en la boca de Silvia, quien le correspondió con el mismo sentimiento. Abrazándola, susurrado le dijo al oído – Usté sí que es bien bonita Señorita, tiene la boca de caña dulce recién cortá – (2)

Rodrigo Gallo 

1. El verso citado está contenido en la canción “Cuando te vi en el tranquero” de la autoría de Orlando “Cholo” Valderrama.
     
2. El verso citado está contenido en la canción “Cristal” de la autoría de Simón Díaz “Tío Simón”