martes, 8 de septiembre de 2015

LA LAGUNA



La laguna



De repente, Darío sintió como se sumergía en la laguna del hato. Antes de que pudiera reaccionar, estaba completamente cubierto por sus aguas tibias y en calma, y caía a plomo en sus profundidades. Y no sentía miedo; se vio invadido por una sensación única de paz y bienestar, que se tornó rotunda cuando asombrado, supo que no necesitaba respirar. Era extraño, porque aunque estaba completamente sumergido en sus profundidades, no había asomo de ahogo. Parecía que en un raro arreglo de última hora, empezaba a tomar el oxígeno por la piel.

Mientras continuaba descendiendo, por sus ojos empezaron a desfilar imágenes que, como cosa curiosa, estaban asociadas todas a la felicidad. En una de ellas, pudo reconocerse de pijita, estrenando su primer pantalón largo, remangado a la altura de la batata. Calzaba unas cotizas negras de suela de cuero y llevaba en la mano un pequeño mandador de floramarillo y rejo verijero que le había regalado su abuelo. Completaba el atuendo, una camisa blanca de algodón y el gocho viejo que le había legado su hermano mayor. Se sentía pleno. Iba a montar por primera vez el alazán lucero que su viejo había amansado para que fuera su sillonero. “Relancino” le había puesto por nombre minutos antes, porque su viejo le había dicho que era ligero como el viento. Puso su pie izquierdo en el estribo y le voló la pierna al potro. Apenas se sintió acomodado en la tereca, lo apuro con los talones y “Relancino” salió a galope tendido por el trillo que llevaba al caño Tres Matas. El romper de la brisa en su pecho lo hizo sentir hombre completo por primera vez. Aunque solo tuviera 10 años, ya tenía caballo y eso, lo graduaba de llanero.  Si eso no era felicidad pura…

Darío era de bañarse en caño casi  todos los días, así que baquiano en el agua, notó con extrañeza que en las profundidades de la laguna donde estaba sumergido, no había el normal ruido de la leve corriente del agua. Tampoco había completo silencio. No podía describir lo que oía, pero pensó que así debería sonar el cielo, porque no había sentido sonido más sosegador en toda su vida. Tenía los cinco sentidos exacerbados como en una especie de trance sensorial, como en una especie de iluminación donde todo era perfectamente posible aunque fuera lo más extraño del mundo.  El descenso a plomo, se había convertido en un apacible nado bajo el agua y apenas hubo dado unas cuantas brazadas, otra imagen se presentó ante sus ojos.

Mediando agosto, Darío, sentado sobre el tranquero silbaba como de costumbre un pasaje criollo mientras la tarde se vestía de ocaso. Con el cielo totalmente araguato, el llano cobraba otra dimensión. Ya no era esa ardiente pampa abrasada por la canícula, sino un hermoso lienzo pleno de colores y acariciado por la fresca brisa del Rio Canapure. Era del total dominio del sentido común que semejante escenario, era el único posible donde podría aparecer Silvia; la catira Silvia.

Cuando Darío la vio, se silenciaron sus silbos y el corazón le dio un brinco, como el retozo de un potranco. Hermosa sin duda, la veía envuelta en un halo como de misterio. No sabía de donde había llegado, ni para donde iba; solo la había visto pasar por el trillo que de una fundación aguas abajo, pasaba por el corral de El Algarrobo y se perdía aguas arriba en dirección al caserío. La mujer, remontada en un ruano ponche crema lo saludó con cortesía, y él, quitándose el sombrero, apenas atinó a balbucear un casi imperceptible “buenas tardes señorita”.  La situación se repitió los días subsiguientes hasta que, valiente, Darío resolvió tener a mano un par de pocillos de café cola’o, para cuando Silvia pasara esa tarde de domingo, convidarla a compartir un guayoyo con él. Silvia acepto la invitación, y al calor y al aroma del café, conversaron animadamente por unos minutos. Y fue igual el lunes, y el martes, y el miércoles, y el jueves, y el viernes, y el sábado, y una semana y otra semana. El guayoyo en el tranquero de El Algarrobo, era la excusa perfecta para disfrutar de la compañía de Silvia, de la catira Silvia; era la excusa perfecta para conocerla mejor. Con el transcurrir del tiempo y el correr de los pocillos de café, era evidente el gusto mutuo; así las cosas, Darío sólo esperaba el momento apropiado para estampar en la perfecta boca de caña dulce de Silvia, un beso que le hiciera saber que el cielo si existía.

 Allí, en las profundidades de la laguna del hato, donde ya llevaba bastante tiempo sumergido Darío, todos estos recuerdos asociados a la felicidad, seguían desfilando por los ojos del llanero. Comprendió Darío, que esa laguna era, como se lo había dicho el espíritu de la mata de monte, el lugar de donde manaba toda la felicidad que recorría su verde mar de espesuras que él llamaba ¨mi querido llano”.

Ante tal revelación, decidió que no iba a salir jamás de sus aguas. Claro lo tenía; se iba a quedar a vivir allí para siempre.  Sintió en su cara la caricia de una tibia y suave mano, y esa caricia lo saco de golpe a la superficie y se encontró de frente con Silvia, cara a cara, puestos sus ojos de llanero en los hermosos ojos verdes - miel de Silva, que parecían dos cielos, cada uno con una lunita negra en la mitad; parecían una laguna de aguas calmas. No, no lo parecían;  los ojos verdes - miel de Silvia eran  la laguna donde se había sumergido Darío y de donde no había querido salir.

Allí, de pie frente a la hermosa catira, bajo la sombra de un araguaney florecido, comprendió también que era el momento.   – Acá se acabó el camino, muchachita encantadora, pensé al tiempo e’ contemplarte – (1) pensó Darío, recordando un verso llanero, y despacio, con cariño, controlando sus ansias, casi que con devoción, estampó el esperado beso en la boca de Silvia, quien le correspondió con el mismo sentimiento. Abrazándola, susurrado le dijo al oído – Usté sí que es bien bonita Señorita, tiene la boca de caña dulce recién cortá – (2)

Rodrigo Gallo 

1. El verso citado está contenido en la canción “Cuando te vi en el tranquero” de la autoría de Orlando “Cholo” Valderrama.
     
2. El verso citado está contenido en la canción “Cristal” de la autoría de Simón Díaz “Tío Simón”

domingo, 17 de mayo de 2015

MI TESTAMENTO



Desde hace algún tiempo, he sentido la necesidad de escribirte está carta abierta. Hoy que cumples tus 20 años y abandonas la adolescencia para convertirte en una mujer adulta, he tomado la decisión de entregarte lo que podría llamarse, mi testamento moral. En estos renglones, quiero transmitirte lo poco que he podido aprender acerca de la vida. He tenido varios maestros, hija. Lo que aquí leerás, es producto de consejos recibidos, experiencias vividas, espejos observados y errores cometidos; sobre todo de errores cometidos. Y quiero transmitírtelo, no para que lo tomes como un molde, pues tendrás que construir tu propia existencia y tu propia experiencia, máxime cuando yo mismo, soy aun un perfecto ignorante en este camino que El Barbas me envió a recorrer. Quiero contarte mi visión de la vida, para que sea una ayuda en la tuya, ya que como tu padre, solo puedo amarte, cuidarte y apoyarte; no puedo recorrer tu camino. Solo tú lo podrás hacer y tengo la convicción que lo harás con dignidad y honor. Con lo anterior de manifiesto, tratare de resumir en palabras, frases y párrafos, este testamento que hoy tu viejo te entrega con todo el amor del mundo. Es un poco larga quizá, pero siendo mi Testamento, no quería dejar nada por fuera. Leela por favor.

Me encantaría que el principio rector de tu vida, sea la búsqueda constante de la felicidad. Si veo en ti a una mujer feliz, podre morirme tranquilo cuando llegue el momento. Parece fácil, pero como todo en esta vida, tiene su truco. Si bien, estar feliz es producto de una decisión, también es cierto que todas las decisiones que tomes  tendrán consecuencias, de tal manera que algunas de ellas contribuirán a hacerte feliz, pero otras, causaran el efecto contrario. Entonces, ¿Cómo minimizar el riesgo de tomar decisiones que nos hagan infelices? Pienso que si sometes tus decisiones a los dictados de tu conciencia, y las pasas por los tamices del respeto por los demás, la honestidad, la coherencia, la gratitud y la bondad, es un buen proceso para minimizar ese riesgo. Y cuando tomes una decisión basada en estos elementos, procura defenderla y mantenerte en ella, salvo que tú misma, concluyas que te equivocaste. Para tal fin, y extensivo a la vida misma, escucha consejos pero ten tu propio criterio; de lo contrario corres el riesgo de convertirte en una veleta al vaivén de los vientos. Se feliz, esfuérzate por serlo, ya que es un objetivo difícil de alcanzar, como son todos los objetivos que valen la pena.

Procura que el amor sea el hilo conductor de tu comportamiento. Ama sin miedo. Oirás muchas veces que quien ama, sufre. Sí, es verdad pero solo en parte. Quien ama, sin duda crece, disfruta, se acerca a Dios; así que no tengas miedo, porque incluso si al amar sufres, ese sufrimiento no será nada en comparación a lo que el amor le aporta a tu crecimiento espiritual. Ama a tu familia pues al final, tu familia es parte del equipaje regalado por Dios para el camino y podrás ver, que pese a todo, ella siempre estará ahí para ti. Y en especial, ama a tu hermana; recuerda que de las casi siete mil millones de personas en el mundo, la única que lleva exactamente tu misma sangre, la sangre de tu padre y de tu madre, es ella y eso, sin duda, la debe hacer especial ante tus ojos.
 
Cuando llegue el momento en que sientas amor por alguien, ama sin miedo, con sinceridad y con honestidad. Se la mejor versión de ti misma para que en ese proceso de construcción que significa ser pareja, tengas siempre la conciencia tranquila de haber hecho tu parte. Pero siempre, somete ese amor que sientas por alguien, a la prueba ácida del amor propio. Si sentir amor por alguien llega a lesionar tu amor propio, desecha ese sentimiento. No importa que tan fuerte sea, o que tan fuerte consideres que es. Nadie merece que renuncies a tu amor propio.  Además, ten en cuenta que algunas veces confundirás con amor, otros sentimientos, de manera que en el proceso de reconocerlos, debes actuar con cautela y responsabilidad. Ser valiente al amar, no significa ser temerario. Y ser valiente al amar, incluye hacerse respetar por el ser amado, cueste ello lo que cueste.

Ama a tus amigos y cuando consideres a alguien como tal, se una verdadera amiga. He comprendido, que gran parte del papel de los amigos, de los verdaderos amigos, se resume en apoyo y advertencia. Apoyo para ayudarte a crecer y firmeza para advertirte de tus posibles equivocaciones, así que un verdadero amigo, es en esencia un ángel guardián.  Cuando encuentres uno que reconozcas como tal, preocúpate por mantener su amistad y por brindarle la tuya. Finalmente la amistad es la otra cara de la moneda del amor, y tanto amor como amistad, son entidades con vida propia confiadas por Dios a tu cuidado. De ti depende mantenerlas vivas.

Siempre y sin excepción, respeta las leyes de la sociedad donde vivas. Ellas están ahí para facilitar la convivencia de los seres humanos. Respétalas y hazlas respetar, aun si encuentras una que te parezca injusta. Cuando eso suceda, y te convenzas que esa ley lesiona la sociedad, lucha incansablemente por cambiarla. Es tu responsabilidad y no la puedes delegar en nadie más. Gran parte de las desgracias sociales, suceden porque las personas rehúsan su deber y su derecho de aportar en la construcción del ordenamiento legal de la sociedad en que viven.

Dale siempre el justo valor al dinero. Es un bien necesario para desarrollar nuestra vida, es un medio que nos permite satisfacer muchas de nuestras necesidades básicas, y como tal debe verse. El dinero es bendición o maldición, en dependencia a como se lo ve. Si se le tiene como un fin, causara la ruina de tu espíritu. Nunca caigas en la trampa de hacer ese mal negocio.  Aprende como hacer que el dinero sea uno de tus activos, sin convertirte en una esclava de el.

Gran parte de la satisfacción que sientes con tu vida, tiene que ver con el trabajo que desarrollas, así que ahora que estas comenzando tu rumbo, procura encontrar qué es lo que más felicidad te brinda al hacer, y lucha por desarrollar tu vida laboral en esa actividad. El trabajo es la dignificación del humano, ya que por medio de él, cumplimos con nuestro papel en el mundo. Todos, sin excepción, vinimos aquí a desempeñar una función en la compleja danza del universo. Trabaja con honestidad, dedicación y amor, y dedícale a esa parte de tu vida, el justo tiempo. El equilibrio es la clave.   

Además, el trabajo es la única manera bondadosa de obtener dinero. El dinero que llega producto del trabajo honesto, es siempre una bendición. Pero puede suceder que no logres desempeñar tu trabajo en el área que desees; así las cosas, hay un plan B. Aprender a amar lo que hacemos, cuando no podemos hacer lo que amamos.

Con un alto nivel de probabilidad, llegará el momento en que decidas unirte a alguien más para construir tu propia familia. Esa, hija mía, es la decisión más importante de todas las que tendrás que tomar, así que se cauta y responsable, para que cuando te embarques en esa maravillosa aventura, tengas toda la disposición para llevar ese barco a puerto seguro, enfrentando tempestades y mares agitados, pues no siempre navegaras en aguas tranquilas y vientos serenos. Si decides tener hijos, recuerda que para ellos, tú serás todo y de manera inobjetable, ellos serán una cercana imagen de ti, de tu propia vida y de la forma como los eduques. Ser padres es la experiencia más cercana a lo que significa Dios, así que, nuevamente, tendrás que esforzarte por ser la mejor versión de ti misma.

Y llegados a este punto, es necesario que tengas bien definidas tus prioridades, pues se puede caer en el error de sobrevalorar algunas cosas subvalorando otras. Si tienes definidas tus prioridades, darás el primer paso para reconocer el rumbo que quieres que tenga tu vida. Eso es de suma importancia pues te facilita las decisiones y cierra una de las miles de puertas de entrada de los errores. Una máxima dice que “el que no sabe a dónde va, cualquier bus le sirve”. Y he aprendido que toda decisión que incluye la palabra “cualquier” es de por sí, un error.  Aunque sé que las conoces, te cuento las mías en estricto orden: 1. Familia – 2. Trabajo – 3. Conocimiento.  Notarás que no enlisté a Dios. Bien, es que Dios está presente en todo, y gracias a Él y para honrarlo a Él, vivo mi vida.

Aunque la vida a veces es una experiencia estresante, trata de no ponerte de mal humor. Cada minuto que se vive en ese estado, es una verdadera pérdida de tiempo, así que ante las adversidades, el camino sensato es la lucha denodada por vencerlas, y las luchas siempre se dan mejor con una sonrisa en los labios.

Cultiva algún arte; el que quieras, el que elijas, para el que descubras que tienes aptitud. El arte tiene mucho que ver con la belleza y con la bondad. Un instrumento musical, un lápiz, un lienzo, una piedra por esculpir, una danza que bailar o una fotografía que tomar, siempre mantendrán a raya la soledad y estimularan tu desarrollo espiritual.

Aprende a disfrutar los contrastes de la vida. Goza de las cosas sencillas y de las grandes cosas. Todo lo que hay en este mundo, viene de las manos del creador, y están allí para contribuir a acercarte a Él, cualquiera que sea la idea que tengas de Dios.  Se libre de elegir el camino que te lleve a Él, pero como en todos los procesos de selección, se sumamente cuidadosa pues en tratándose de este asunto, hay muchos caminos ciegos. Sigue tu corazón, finalmente es la casa de habitación del creador. Aprende a oírlo.

No engañes a nadie y menos a ti misma; ese es el peor error de cuantos podemos cometer. Si aprendes a vivir con base en la verdad, obtendrás uno de los mayores tesoros del universo; La tranquilidad. Esa pequeña palabra, es transversal a todos los aspectos de tu vida. No es posible disfrutar de este mundo si no se halla la esquiva tranquilidad. Con ella en tu vida, veras que todo es mejor.

La gratitud y el perdón, son dos valores que deberás tener siempre a mano. Nunca olvides lo bueno que alguien haga por ti, agradécelo y procura retribuirlo con afecto. Y nunca olvides lo malo que alguien te haga, para que al perdonar, no caigas en la trampa de permitir que te lo vuelvan a hacer. Perdonar es recordar sin rencor, y agradecer es recordar con amor.

Por último, trata de vivir de tal manera, que seas para los demás, portadora de felicidad; se humilde, pues reconocerse como un ser que no es más, ni menos que nadie, es completamente indispensable para obtener felicidad. Vive de tal manera que si alguien se acerca a ti, cuando se vaya sea una persona mejor y más feliz que cuando llegó. Vive para que tu presencia sea agradable, y tus actos, un ejemplo de vida. Somos seres sociales y si bien debemos preocuparnos ante todo por nuestra propia felicidad, contribuir a la felicidad de quienes nos rodean, es la mejor manera de agradecerle a Dios por el maravilloso regalo de la vida.

No olvides que siempre, no importando lo que suceda, vas a contar con este viejo que te ama profundamente.


Papá

lunes, 27 de abril de 2015

CUASI MONOLOGO DE JUAN DOMINGO



Estaba totalmente encapotado el cielo; por las señales que daba y de acuerdo a la baquía de Juan Domingo, era cosa de una hora larga para que empezara a manar lluvia sobre el llano. Tenia tiempo suficiente, asi que habiendo descolgado el cuatro del garabato de caruto, tomó el sendero que lo llevaba a la barranca del río. Descalzo y con el pantalón remangado mas arriba de la batata, se sentó en el mismo lugar de siempre, a la sombra de un centenario Yopo y le zumbo los pies al agua. No podía precisar qué era lo que lo reconfortaba mas, si las aguas del Guacavía acariciando sus pies o la brisa rompiendo contra su pecho acongojado. Tenía los ojos a punto de llover, asi como el cielo del llano en esa tarde gris. Allí, solitario en la barranca, empezo a conversar con su amigo inseparable, su compañero incondicional; sabía que su cuatro de cedro lo escucharía paciente y sin prejuicios.

Re Menor, tono lastimero y golpe de tonada.

“Ya van varios dias que la doña esta silente; el bongo que patronea Felipe ha remontado tres veces y cuando lo capeo, el hombre me hace señas sin soltar la palanca; no hay carta familita. Asi que como no pude saber si leyó la que le mande ese viernes despues del trabajo de llano, y a falta de su respuesta, decidí no enviarle mas cartas. Las escribo si, viejo cuatro; usted mismo me ha visto recostado en el curraco entregado a la escritura, pero no se las hago llegar. Sin embargo debo escribirlas porque de lo contrario, el sueño no aparece. ¿Recuerda cuando me tocó levantarme a las dos de la mañana hace dos semanas a escribirle? Pues es que me las habia tirado de varón y dije que no mas cartas. Pero ya ve, viejo cuatro, encontré la formula precisa para poder dormir; las escribo y no se las mando. Se las guardo por si llega a aparecer de nuevo”

La 7. Floreo

“Tiene razón en todo lo que usted me ha dicho; yo sé que la vaina es bien jodida, y que mejor sería dejar eso así. Yo se que usted tiene razon cuando entre sus notas me dice que eso de cabalgar a la ciega, tratando de sortear el tremedal, es bien peligroso. Yo sé mi viejo amigo que de pronto estoy arando en el mar pero, vaya expliquele eso al terco corazón mio. El carajo no entiende de razones y cuando se arrecha por tanto reclamo que le hago, me dice que al fin y al cabo yo no mando en el, y que entonces para que me hago mala sangre. Si lo ve desde ese punto de vista, el hombre tiene hasta razón también. ¿Que culpa tenemos, usted, el corazón y yo, de haber visto en la doña, a la mujer que es agua dulce en el verano y café colao en el invierno?”

Re menor, dos compases - Re 7, un compás - Sol menor.

“Lo cierto es que esta silente y que no es la primera vez que sucede. Lo cierto es que este viejo criollo la extraña y la espera. Estos ojos esperan sus cartas y estos labios sedientos esperan sus besos de caña dulcita. Este cuerpo cansado por la brega espera su abrazo que lo revive y el potro de mis deseos espera la sabana de su piel para perderse en ella, a rienda suelta. Lo cierto es que no tengo ninguna explicación para el hecho de sentir por la doña, esto que no tiene ni siquiera nombre. No tengo la mas mínima idea de qué es lo que sucede conmigo, y aun así, pretendo tratar de saber lo que sucede con ella. ¡Ja! Yo creo que este viejo criollo esta perdiendo el juicio”

Do 7, Floreo – Fa mayor

“La ultima vez que pasó Felipe, el bonguero, hace dos dias, a grito herido desde el río, me dijo que habia visto a la doña quemando unos papeles en un fogón de tres topias. Que había atracado en la fundación donde vive a descargar una remesa y que cuando la saludó, ella ni siquiera levantó la mirada. La doña está quemando mis cartas, viejo cuatro. Para dos mortales que habían tendido un puente con palabras escritas, es un asunto grave. Alguna vez leí que borrar las letras escritas es una buena manera de comenzar a olvidar. De pronto, la doña esta olvidando”

La 7, dos compases – Re menor dos compases.

“Exacto cuatro viejo, no hay nada que yo pueda hacer. Usted me conoce y lo último que yo haría, sería no respetar la voluntad de la doña. Yo no puedo hacer mas que esperar, escribirle y guardar las cartas por si algún dia regresa. No, viejo cuatro, eso no es cobardía ni conformismo. Es que no se retiene a quien se va por gusto; solo se le da llano para que a galope tendido, se aleje si es su deseo y se le mantiene el tranquero abierto por si decide regresar. Ya que El Barbas sea el que ponga de nuevo las trancas, es otro cantar; él sabe mas que usted y yo.”

Española de medios compases - Re menor, Do mayor, Si bemol mayor, La 7.

La mareta jugaba con los pies del criollo y grandes gotas de agua empezaron a caer del encapotado cielo llanero. No se supo si el agua que Juan Domingo traía en las mejillas cuando desandó el sendero, venia de las nubes o de sus ojos. Lo que si se supo, era que venia tranquilo, con el pecho sosegado y dispuesto a apurar en su pocillo de peltre, una taza de cerrero humeante, para encontrar en su aroma, la escencia de la doña ausente.

Re menor. Floreo


Rodrigo Gallo

@AlegreBengali

jueves, 19 de febrero de 2015

LOS DIAS FELICES


Acaballado sobre el tranquero y con su pocillo de peltre llenito de café humeante, Rogelio tenía la mirada perdida. Podría pensarse que estaba ensimismado contemplando la hermosa puesta de sol que teñía de color araguato el horizonte, y precisamente eso fue lo que pensó José María, su compadre de sacramento cuando se acercó a saludarlo.

-Epa compita, buenas tardes – fue el saludo casi medio cantado de José María. Rogelio le contesto con un lacónico – entonces compa – dejando entrever el rostro bañado por el agónico sol y por la nostalgia.

– Qué tá jaciendo mi compa en ese tranquero, chico – fue la pregunta del compadre, hecha con su caracteristico buen humor. Rogelio confirmando la nostalgia que lo invadia le contestó – aquí mirando compadre, como hasta el mas bonito de los dias tiene su ocaso -.

José María, comprendiendo el estado de animo de su compadre, le echó el brazo por encima del hombro y casi que en baja voz le dijo: - Compita, tranquilo que los dias felices aun no se han acabado todos -

Esa frase fue como un golpe de agua que rompió la presa que contenía las palabras de Rogelio. Hombre callado y estóico, siempre había dado ejemplo de firmeza ante las adversidades, hecho que incluso, en algunas ocasiones fue interpretado como insensibilidad. Pero que va; era el criollo un hombre muy sentimental, solo que mostraba su real condición solo con algunas muy cercanas personas. Una de esas era su compa José María, de ahí que en ese momento, se sintiera en total confianza para expresarle su sentir.

No compita – empezo a hilar Rogelio – para mi, los dias felices ya se acabaron y usted mas que nadie lo sabe. Yo se que en la vida que tengo por delante, mucha o poca según lo decida El Barbas, me esperan momentos de felicidad, pero los dias felices, esos en que por muchos problemas que tuviera entre pecho y espalda, solo podia sonreir, esos mi compa, esos ya se acabaron ¿Recuerda usted mi compita, cómo era este viejo cuando vivía en el fundo? Esos si eran los dias felices. Como no ser extremedamente feliz cuando veia correr por el patio a mis muchachitas, aún sin edad para ir a la escuela. Yo me quedaba viéndolas de lejos, intentando adivinar que era lo que les producia esas risas tan sinceras y puras; contagiosas además compa, porque recuerdo que invariablemente, terminaba yo con la sonrisa dibujada en el rostro. Ahí, ya no aguantaba mas y salía corriendo a abrazarlas. Cuando ellas me veían, venían a mi encuentro y resultabamos los tres en un solo abrazo. Yo, con ellas al hombro, me encaminaba para el comedor y la mujer me recibia con un pocillo de café y un beso; yo podía llegar rucio de polvo caminero, o recién bañado en la laguna, eso era lo de menos; siempre podía contar con abrazos, besos y café caliente. Pija compa, esos eran los dias felices.

Dias felices compita, esos que siempre empezaban muy de mañanita, antes que el sol saliera. Ya las muchachitas iban a la escuela y tenían que levantarse muy temprano, así que yo iba a despertarlas con un beso en la frente. Ellas, profundamente dormidas en sus chinchorros a veces ni lo sentían, pero ahí de a pocos entre que les silbaba alguna tonada y las toñequeaba acariciándoles el cabello, se iban despertando. Compita, ver esos ojos abrirse a un nuevo dia, con sus miradas llenas de inocencia y de amor por este viejo, eran una sublime expresión de felicidad. De ahí pa'lante, ya nada podía salir mal. Recuerdo mi compa, que yo llevaba de cabresto el castaño frontino donde mis muchachas iban remontadas rumbo a la escuela. En la puerta, despedía a cada una y ellas me estampaban un sonoro beso en la mejilla, para despues decirme en coro “Bendición, pa”, a lo que yo siempre respondia con un “Mi Virgen de Manare las guarde” mientras ellas entraban corriendo. Compa, digame usted si esos no eran los dias felices.

En el fundo se vivia tranquilo, y aunque nada sobraba, nada faltaba. La mujer y yo, con empeño y cariño nos dedicabamos a las tareas diarias y aunque hubiesen complicaciones, al final El Barbas nos ayudaba a emparejar las cargas, de manera que al terminar el dia, reconfortante nos esperaba la cena, a veces humilde, a veces abundante, pero eso si, siempre hecha con cariño y siempre ganada honradamente a punta de trabajo y esfuerzo. Compita, usted mas que nadie sabe que comerse esos tungos con yema, y pasados con aguadepanela o guayoyo caliente, despues de un dia de faena, perfectamente cabe en cualquier descripción de felicidad.

Como no considerar dias felices a aquellos donde por motivo de alguna fecha especial, venía a visitarnos la familia. Caracha si le cabía gente al fundo compita. No era sino ver esa pila de colgaderos, para calcular cuantos cristianos estaban bajo el empalmado. Nunca falto carne en la tasajera ni huevos en los nidales para compartir. La topochera y la yuquera daban sus frutos mejores. Mangos y caimitos, pomarosos y caimarones nos proveian de fruta dulce y claro, la quesera siempre lista a entregar de mañana los camazos llenos de leche espumosa. De la troja salia el maiz jojoto para las arepas y de la olleta mas tiznada, siempre el cerrero caliente. Y como si no hubiera bastante, del caño pesquero se podia calmar el antojo de bagre y cachama. Carcacha compa; esos si eran los dias felices.

Recuerdo como caía la noche y bajo del empalmado siempre resultaba la charla y el cuento. A veces, zurrUngueaba yo mi cuatro viejo y salía mas de un cantador al ruedo, bien para entonarse un pasajito, bien para declamarse un poema. De cualquier porsiacaso alguien manoteaba una frasca de miche y ya estaba la noche compuesta. Mientras los pijitas quedaban dormidos en sus chinchorritos, todos bien acomodados y con el mosquitero puesto, los mayores compartiamos risas y cariño. Ah compa, esos, esos eran los dias felices.

Pero ya ve compa; asi como el sol, con todo y lo maraca de grande que es, tiene su momento en que se oculta y ya no brilla mas, los dias felices en mi vida ya tuvieron su ocaso. Y no estoy triste compa, ni siquiera lo lamento. Nada mas caigo en la cuenta que eso es así. Hoy trillando estos caminos tan lejanos de mi fundo y de mi gente, se que la vida aun me tiene momentos de felicidad; al menos eso es lo que espero, pero los dias felices, compa, los dias felices ya no vuelven mas.

Despacio, como pensando cada movimiento, Rogelio se fue apeando del tranquero, ya con el pocillo de peltre vacío y dándole la espalda al moribundo sol, tomó el camino hacia la cocina del hato. - Pa donde va mi compa – le grito José María

- Camine compita; vamos por uno de esos momentos de felicidad; doña Eulalia puso a hacer mas cerrero y por el aroma que suelta la cocina, ya estuvo – contestó Rogelio, moviendo la cabeza de un lado pa otro, mientras por las mejillas, furtivas le rodaban un par de lágrimas.

Rodrigo Gallo

@AlegreBengali

jueves, 13 de noviembre de 2014

CUENTO NUMERO 16



Descolgó su viejo cuatro del garabato de caruto que tenía en el cuarto, donde además del instrumento, acostumbraba a colgar el sombrero, el bayetón y el mandador de flor amarillo; repasó la afinación con sacralidad y como era de esperarse, le sonó perfecta la seguidilla de La – Re – Fa Sostenido y Si. Parecía que el paso de  los años, había afincado sus trastes en el diapasón con milimétrica precisión.  Sentado en la silleta hecha del cuero de su vaca Medio Luto, le sacaba unas alegres notas de Guacharaca en Sol mayor. Invariablemente, el sonido del cuatro reflejaba la exacta vibración de su interior, y ahora, con esta muy agradable sorpresa, no podía sentirse menos que contento.  Pedro Pablo había podido confirmar que, como solía decir su compadre Dumar, de lo más limpio sale un tigre, y ahora  asombrado, felizmente comprobaba que El Barbas -como él solía referirse a Dios - siempre le regalaba un motivo para sonreír; y el cuatro seguía sonando al compás de sus sonrisas.


Haciendo un repaso de los acontecimientos, el punto cero lo llevaba al momento donde en medio de un baile sabanero había retrucado el verso de uno de los copleros, con tal gracia, que la concurrencia entera había roto en aplausos y risas. Pero un ocurrente comentario había hecho que volteara la vista hacia el rincón derecho del salón y sin más, se había topado con los ojos cafés de Eliana. Como un acto reflejo le había dado respuesta a la ocurrencia de la catira y en menos de lo que el gallo pasionero da su primer canti’o, se  encontraba inmerso en una agradable conversación con ella.  Vivía Eliana en la misma vereda que Pedro Pablo y por lo tanto, se habían cruzado un par de veces antes, sin que el uno hubiese reparado en el otro, pero esa noche en el baile, bueno, esa noche había sucedido algo diferente. No sabía explicar exactamente qué, pero era claro que desde esa noche, se habían empezado a ver con otros ojos.  Evidentemente, era Eliana una mujer hermosa, muy hermosa, y aunque Pedro Pablo era muy susceptible a la belleza femenina, era de una naturaleza superior  el nivel de conexión.


El día siguiente al mentado baile, Pedro Pablo había amanecido con el rostro de Eliana fijo en su mente y con la conversación presente, como si se la hubieran grabado en el cerebro. No pudo evitar una sonrisa al recordar cómo, de manera inopinada, le había dicho una frase producto del gusto manifiesto y ella le había respondido, sin dudarlo, en el mismo tenor; él, había tenido que contenerse para que no se le notara que esa respuesta le había llegado como un huracán.   Es que no era ningún muchachito y por tanto, el hecho que una simple frase le hubiera causado una fuerte reacción lo llenaba de asombro; de alegría sí, pero sobre todo de asombro.  Después de saborear el primer cerrero de la mañana y una vez hubo ordeñado a su quesera, le voló la pierna al potro castaño frontino hijo de su difunto caballo Mil Amores. Tenía que volverla a ver, eso sí con algún pretexto para no quedar tan expuesto, pero tenía que verla.  La esperó en el malecón del rio en donde recordaba haberla visto caminando alguna vez. Viendo bajar la espuma del rio jugando con la mareta, no pudo dejar de sentirse un poco intimidado. En esas lides, Pedro Pablo era un hombre supremamente torpe pero volver a disfrutar de la conversación con la catira, volver a ver sus ojos, volver a sentir su aroma a flores de malabar y sobre todo volver a escuchar esa dulce voz -pensaba Pedro Pablo que si los ángeles existieran, tendrían que tener una voz similar a la de Eliana – eran suficiente estímulo  para vencer el temor.


Pasados unos minutos, que al cámara le parecieron eternos, la vio venir por el sendero que corría paralelo a la ribera, aguas arriba. La brisa del rio, moderada por el guafal que dominaba el sendero, hacia mover el pelo de Eliana con una sinigual gracia. Vestía con sencillez, pero era la catira, de esas pocas personas que sea lo que sea que vistan les luce; al tenerla a poco menos de 10 metros, pudo verla sonriente y empezó a sentir un extraño cosquilleo en la nuca.  - Catirita, buenos días - dijo Pedro Pablo con la voz imperceptiblemente quebrada por los casi infantiles nervios y entregándole una cayena amarilla que había cortado en el camino; - Buenos días Pedro ¿cómo amaneciste? Que flor más bonita - respondió sonriente la bella mujer – Bueno, la cayena es para ponerla sobre la oreja izquierda de las mujeres bonitas; para eso las hizo Dios – dijo entre encantado y apenado, a lo que Eliana respondió con una hermosa sonrisa. Intercambiaron dos o tres frases más de cortesía y bajo una extraña pero evidente conexión, resultaron envueltos en una fluida conversación, donde las risas y los halagos eran lugar común.  Pedro Pablo incluso, a veces perdía el hilo porque se quedaba sumergido en el profundo de los ojos de Eliana, que se le antojaban vivos y dicientes, pero recuperando la lucidez, sorteaba el entuerto con una inusitada habilidad. Al calor de varios pocillos de  café compartidos bajo lo fresco del alar de la tienda de la señora Amalia, fue el canto de las cigarras veraneras lo que los alerto de la inminencia del ocaso.  Casi a regañadientes, se despidió de Eliana, esperando repetir tan sencillo pero elocuente momento.   Esa tarde, la catira le produjo un mundo de sensaciones felices y cuando Pedro Pablo empezó a desandar el camino de regreso al fundito,  al darse cuenta del tamaño de la sonrisa que llevaba, pensó que algún título habría que ponerle a la mujer que lo había vestido de sonrisas; “Princesa” le pareció perfecto.


Esa sonrisa, exactamente esa misma, lo había acompañado hasta el día de hoy, cuando sentado en la silleta hecha del cuero de Medio Luto, al compás de la Guacharaca en Sol Mayor, hacia la cuenta de las numerosas tardes en compañía de la princesa, todas inundadas de alegría, plenas y agradables. Con una mezcla de asombro, felicidad e incluso algo de temor, Pedro Pablo concluía que la princesa le gustaba mucho y para más ñapa, sabía a ciencia cierta que él le gustaba a la princesa.  No sabía nada más, no le preocupaba nada más; pensaba que ya, de ahí en adelante, era cosa de dejar fluir los acontecimientos y que si de Dios y su Virgen de Manare estaba, habría encontrado en Eliana una perfecta compañera de viaje.  Mientras tanto, vistiendo las sonrisas producidas por la princesa, seguiría tocando muchas Guacharacas en Sol Mayor.


Rodrigo Gallo

@AlegreBengali

domingo, 19 de octubre de 2014

HAY FECHAS QUE ES MEJOR NO RECORDAR


Serían cerca de las seis de la tarde.  Al menos eso pensó José Amalio cuando vio al “catire” que se ponía tras la mata de monte, que según calculaba él, estaba a menos de medio tabaco de jornada.  Rojo como los cundeamores del patio del fundo, el sol poniente proyectaba larga, tan larga como su nostalgia,  la sombra de José Amalio y su remonta.  A esas alturas del día, no había podido sacarse de la cabeza el sueño de la noche anterior – quizá ni lo había intentado –,  de manera que regresaba a la casa del fundo, sobre los lomos de “Relancino”, su potro bayo, intentando entender  por qué, cada vez que soñaba con Cayena, aunque fueran distintos los sueños, habían elementos recurrentes.

La brisa fresca de esa tarde de verano, pasaba sobre su piel curtida aliviando los estragos de una dura jornada que lo había dejado sudoroso y rucio de polvo caminero. Antes de apearse  para abrir el ultimo broche que separaba “La Guinea”, del mangón adyacente al paradero – “porque el que abre un broche a caballo, o es un guate, o es un flojo” - desamarró un poncho de uno de los chumbos del muñeco y quitándose su gocho viejo, secó el sudor de su frente.  Pocas personas en la vereda habían visto a José Amalio sin sombrero; sus numerosas canas, eran más propias de un anciano que de un hombre de 40 y  largos años.  Precisamente había sido Cayena quien le había descubierto la primera cuando apenas rondaba los 18 y arrancándosela, le había dicho que lo hacía para que se volviera totalmente cano. Hasta sus canas le hablaban de ella.

Después de pasar el broche, y de nuevo sobre los lomos de “Relancino”, José Amalio hizo remembranza del sueño. Estaba parado en uno de los aleros de la casa de un hato, en medio de una reunión familiar; veía muchas personas, algunas conocidas y otras totalmente ignotas, y detrás de él, sentada en la baranda del alero estaba Cayena, abrazándolo por la espalda. Como en casi todos los sueños, no veía su rostro; solo la sentía, sentía sus brazos rodeando su pecho y su leve respiración cuando le decía al oído no sé qué tantas cosas, porque tampoco podía recordar las palabras. Era muy extraño ya que siempre oía su voz, su cálida y sonriente voz.  En absolutamente todos los sueños, Cayena le hablaba copiosamente, pero al despertar, frustrado, no podía recordar ni una sola de sus palabras; solo se quedaba con la sensación de su piel, de su respiración, y ocasionalmente cuando en el sueño la veía, de sus bellos y melancólicos ojos, que solo había logrado volver a ver en cuatro personas más, que claramente los habían recibido de herencia.  Habían pasado tantos años, que aun con sus muchas vivencias  no lograban borrar de su memoria sensitiva, la presencia de Cayena.  Incluso, si cerraba los ojos cuando tomaba el último café del día, entre sus vapores encontraba su aroma. No lo podía describir; el aroma de alguien es único como las huellas digitales, así que nadie huele igual que nadie. El aroma de Cayena, se había incorporado a la vida de José Amalio, personificando el aroma de la nostalgia.  Sabía el hombre que el sueño no era casual, como nunca lo era. Cada aparición de ella en su onirismo, precedía algún acontecimiento trascendental en su vida o anunciaba la cercanía de una fecha importante. Era el día siguiente del sueño, un día diferente; era un día en el que José Amalio estaba más perceptivo, sonreía más, silbaba más; era un día en el que su arpa sonaba más dulce y su cuatro, más melancólico. Soñar con Cayena, convertía el día siguiente, en un día especial sin duda alguna. Podía incluso pensar que ella, desde donde fuese que estuviera, lo alertaba y lo protegía, lo animaba y lo confortaba.

Próximo al tranquero, ya podía divisarse el patio del fundo cercado de cundeamores, pleno de mangos, mereyes y flores, bañado desde el occidente por un moribundo sol de los venados. Se podían ver las tres gallinas recogiendo sus pollitos, y retozón a “Canelo”, su perro de cacería  corriendo a recibirlo.  Sentía como manaba del fogón el aroma a café en olleta tiznada, del que iba a servir el último pocillo del día cumpliendo la cita con el aroma de Cayena. Comprendió José Amalio que el sueño era la recordación de que ya había pasado un nuevo año sin ella.  Un año más desde que Dios había decidido convertir a Cayena en eternidad y en el único significado posible para la palabra Nostalgia en el diccionario de José Amalio.  Lo que sucede es que había fechas que para él, era mejor no recordar porque eran conceptualmente erradas.  La gente no sabía que Cayena nunca se fue; se quedó a vivir eternamente en los sueños de José Amalio

Rodrigo Gallo

@AlegreBengali

martes, 7 de octubre de 2014

VEN


Esa noche, todo parecía ser lugares comunes en la situación que estaba viviendo José María.  Sentado en el piso de tierra de la caballeriza y con la espalda recostada en el horcón de uvero disfrutaba de la brisa fresca que venia del norte, y que hacía más llevadera la calurosa noche.  Recordaba una canción mexicana que había oído en la cantina del pueblo, si su memoria no lo traicionaba, de la voz de Jorge Negrete, la cual hablaba de la luna de octubre y entonces pensaba que esa luna,  no podría ser otra distinta a esta luna clara, que en este preciso octubre, iluminaba su llano llenando la sabana de claroscuros. El lastimero y acompasado canto del aguaitacamino dominaba el espacio que debería estar pleno de sonidos nocturnales, pero que hoy, extrañamente, parecía una sinfonía escrita solamente para él.  Apurando el último sorbo de café cerrero decidió escribir. Con un lápiz sobre una hoja de papel, José María sufría una particular metamorfosis. En ese instante, no era el criollo bragao de hablar escueto y simple al que le costaba trabajo encontrar las palabras precisas, que como un burlón demonio, solo aparecían cuando era demasiado tarde y lo dejaban con el mismo pensamiento final “Debí decirle que…”. Con el lápiz en la mano, su mente derrochaba caudal, como cuando los pequeños caños del hato Caramacatal se llenaban por la lluvia que caía en los lejanos cerros, allende la sabana.  Escribir era lo que invariablemente hacia cuando Rosaura lo dejaba sin palabras, bien fuera porque le preguntaba cualquier tontería o porque ponía esos hermosos ojos marrón en él.  José María no podía hilar más de cuatro palabras cuando Rosaura lo miraba.  Y no era porque no tuviera mucho por decirle, ni porque de su mente no brotaran. Simplemente, los ojos marrón de Rosaura eran una talanquera entre la mente y la boca del negro – como cariñosamente le decían sus amigos – Toda ella era una talanquera.

Pero esa noche ella no estaba allí; el negro trataba de no dejar trambucar su curiara en el raudal de sensaciones que le producía el recuerdo de Rosaura. No tenía alternativa, así que del bolsillo trasero del pantalón, tomó el papel y el lápiz y se dispuso a escribirle. Su compadre Felipe le había traído un nuevo pocillo de café y se había recostado en un curraquito azul que estaba guindado debajo de los garabatos sogueros y quizá sin intención, le ponía el ultimo ingrediente a la nostalgia del negro; Felipe zurrungueaba un viejo cuatro, sacándole notas de un San Rafael en sol menor.  José María, lápiz en mano, se dejo llevar…

“Ven.  Todo lo dicho, todo lo escrito, todo lo hecho, se resume en esa pequeña y significativa palabra. No puedo decirte más y no puedo hacer más.  No puedo ofrecerte nada que no tengas ya,  ni podría darte nada que no hayas vivido. No hallaras en mí, nada que no hayas encontrado ya en otra persona; todo hay que decirlo. Y sin embargo, es muy posible que lo que en mi halles, sea suficiente para que comprendas que el corazón obedece a razones que la razón no entiende.  No puedo ofrecerte felicidad porque tú la posees toda en forma de sonrisa; esos labios de merey que aprisionan un garza blanca producen toda la felicidad que pudiera imaginarse.  No podría, atendiendo al clásico romanticismo, ofrecerte la luna y las estrellas, porque tus ojos emanan más brillo que el de todas ellas juntas.  Y ya lo ves Rosaura, soy un hombre simple que de extraordinario solo tiene la fortuna de haber sido parido en este inmenso llano. Un hombre que constantemente se equivoca, que quiere mucho y que hiere un tanto; un hombre que por la manera en que fue criado, aprendió a amar. Me forme en el amor a mi sabana, a la grama y la guaratara, a mi caballo sillonero y a mi soga de enlazar. Me enseñaron a valorar las cosas pequeñas tanto como las extraordinarias, y por eso soy capaz de solazarme en el melodioso canto del cristofué y en la abrasadora mirada de tus ojos bellos. Me maravilla tanto la cayena roja, como tu hermoso pelo al que ella adorna; debe ser porque Dios creo la cayena específicamente para que encontrara su lugar natural en ti.  Pero esta dura tierra también me hizo un hombre con los pies bien puestos en ella, conocedor de las dificultades y conocedor que no todas ellas se pueden superar.  Pensaras quizá que soy un poco loco y tal vez tengas razón (alguna vez leí que quienes tenemos un tanto de locura somos mejor compañía que quienes se dicen cuerdos); soy consciente de ello y me alegra serlo, pues bajo ciertas circunstancias, esa sana locura hace que lo que a otros les duele, a mí me estimule y me rete.  Ven; no es para nada fácil, pero quienes solo emprenden lo fácil, jamás encuentran lo extraordinario de la vida. Yo no voy a luchar para ser parte de tu vida, porque eso no se lucha, no se pelea. Serás tu quien si me quiere en ella, me pondrás ahí. Yo solo puedo estar aquí para que tu mano me alcance si es que algún día decides hacerlo. Como ves Rosaura, no hay ni un solo motivo para que vengas y aun así, espero que lo hagas. Este llano te espera para que los araguaneyes sean más amarillos y el agua de mi jagüey sea más dulcita. Es este llano, no yo, quien te necesita para que el canto del gallo padrote del patio sea más alegre y retador. Es este llano quien espera halagarte con el dulzor de sus mangos. Es este llano quien te va a brindar un manirital en agosto y una luna clara en octubre, exactamente igual a la que ahora mismo veo. No vengas a mí, ven al llano, que finalmente, el llano y yo somos uno”

El canto del gallo pasionero declaró concluida la sesión de escritura. Era alrededor de la media noche cuando José María firmó la carta, la dobló y la guardó en el bolsillo de la camisa que habría de vestir al día siguiente. El plan era, con los lebrunos del día, ensillar su alazano crin de plata e ir hacia el pueblo, donde habría de encontrar un “propio” con quien hacérsela llegar a Rosaura.  Cuando el sol despuntaba, ya el negro había tomado el trillo apropiado con rumbo hacia Santa Helena. Cuando hubo recorrido algo más de tres tabacos, llegó a la orilla del caño Guasimito y desde su orilla tiró al agua el cacho de beber. Mientras apuraba el agua fresca, comprendió que lo que tenía que hacer era otra cosa; saco la carta de su bolsillo y espicillandola, la tiró al Guasimito.  Sus corrientes habrían de llevarle el contenido a Rosaura si de Dios estaba…

Rodrigo Gallo

@AlegreBengali