Serían cerca de las seis de la
tarde. Al menos eso pensó José Amalio
cuando vio al “catire” que se ponía tras la mata de monte, que según calculaba
él, estaba a menos de medio tabaco de jornada.
Rojo como los cundeamores del patio del fundo, el sol poniente
proyectaba larga, tan larga como su nostalgia,
la sombra de José Amalio y su remonta.
A esas alturas del día, no había podido sacarse de la cabeza el sueño de
la noche anterior – quizá ni lo había intentado –, de manera que regresaba a la casa del fundo,
sobre los lomos de “Relancino”, su potro bayo, intentando entender por qué, cada vez que soñaba con Cayena,
aunque fueran distintos los sueños, habían elementos recurrentes.
La brisa fresca de esa tarde de verano,
pasaba sobre su piel curtida aliviando los estragos de una dura jornada que lo
había dejado sudoroso y rucio de polvo caminero. Antes de apearse para abrir el ultimo broche que separaba “La
Guinea”, del mangón adyacente al paradero – “porque el que abre un broche a caballo, o es un guate, o es un flojo”
- desamarró un poncho de uno de los chumbos del muñeco y quitándose su gocho
viejo, secó el sudor de su frente.
Pocas personas en la vereda habían visto a José Amalio sin sombrero; sus
numerosas canas, eran más propias de un anciano que de un hombre de 40 y largos años.
Precisamente había sido Cayena quien le había descubierto la primera
cuando apenas rondaba los 18 y arrancándosela, le había dicho que lo hacía para
que se volviera totalmente cano. Hasta sus canas le hablaban de ella.
Después de pasar el broche, y de nuevo
sobre los lomos de “Relancino”, José Amalio hizo remembranza del sueño. Estaba
parado en uno de los aleros de la casa de un hato, en medio de una reunión
familiar; veía muchas personas, algunas conocidas y otras totalmente ignotas, y
detrás de él, sentada en la baranda del alero estaba Cayena, abrazándolo por la
espalda. Como en casi todos los sueños, no veía su rostro; solo la sentía,
sentía sus brazos rodeando su pecho y su leve respiración cuando le decía al
oído no sé qué tantas cosas, porque tampoco podía recordar las palabras. Era
muy extraño ya que siempre oía su voz, su cálida y sonriente voz. En absolutamente todos los sueños, Cayena le
hablaba copiosamente, pero al despertar, frustrado, no podía recordar ni una
sola de sus palabras; solo se quedaba con la sensación de su piel, de su
respiración, y ocasionalmente cuando en el sueño la veía, de sus bellos y
melancólicos ojos, que solo había logrado volver a ver en cuatro personas más,
que claramente los habían recibido de herencia.
Habían pasado tantos años, que aun con sus muchas vivencias no lograban borrar de su memoria sensitiva, la presencia de Cayena. Incluso, si cerraba los ojos cuando tomaba el
último café del día, entre sus vapores encontraba su aroma. No lo podía
describir; el aroma de alguien es único como las huellas digitales, así que nadie
huele igual que nadie. El aroma de Cayena, se había incorporado a la vida de
José Amalio, personificando el aroma de la nostalgia. Sabía el hombre que el sueño no era casual,
como nunca lo era. Cada aparición de ella en su onirismo, precedía algún
acontecimiento trascendental en su vida o anunciaba la cercanía de una fecha
importante. Era el día siguiente del sueño, un día diferente; era un día en el
que José Amalio estaba más perceptivo, sonreía más, silbaba más; era un día en
el que su arpa sonaba más dulce y su cuatro, más melancólico. Soñar con Cayena,
convertía el día siguiente, en un día especial sin duda alguna. Podía incluso
pensar que ella, desde donde fuese que estuviera, lo alertaba y lo protegía, lo
animaba y lo confortaba.
Próximo al tranquero, ya podía divisarse
el patio del fundo cercado de cundeamores, pleno de mangos, mereyes y flores,
bañado desde el occidente por un moribundo sol de los venados. Se podían ver
las tres gallinas recogiendo sus pollitos, y retozón a “Canelo”, su perro de
cacería corriendo a recibirlo. Sentía como manaba del fogón el aroma a café
en olleta tiznada, del que iba a servir el último pocillo del día cumpliendo la
cita con el aroma de Cayena. Comprendió José Amalio que el sueño era la
recordación de que ya había pasado un nuevo año sin ella. Un año más desde que Dios había decidido
convertir a Cayena en eternidad y en el único significado posible para la palabra
Nostalgia en el diccionario de José Amalio. Lo que sucede es que había fechas que para él,
era mejor no recordar porque eran conceptualmente erradas. La gente no sabía que Cayena nunca se fue; se
quedó a vivir eternamente en los sueños de José Amalio
Rodrigo Gallo
@AlegreBengali

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