martes, 7 de octubre de 2014

VEN


Esa noche, todo parecía ser lugares comunes en la situación que estaba viviendo José María.  Sentado en el piso de tierra de la caballeriza y con la espalda recostada en el horcón de uvero disfrutaba de la brisa fresca que venia del norte, y que hacía más llevadera la calurosa noche.  Recordaba una canción mexicana que había oído en la cantina del pueblo, si su memoria no lo traicionaba, de la voz de Jorge Negrete, la cual hablaba de la luna de octubre y entonces pensaba que esa luna,  no podría ser otra distinta a esta luna clara, que en este preciso octubre, iluminaba su llano llenando la sabana de claroscuros. El lastimero y acompasado canto del aguaitacamino dominaba el espacio que debería estar pleno de sonidos nocturnales, pero que hoy, extrañamente, parecía una sinfonía escrita solamente para él.  Apurando el último sorbo de café cerrero decidió escribir. Con un lápiz sobre una hoja de papel, José María sufría una particular metamorfosis. En ese instante, no era el criollo bragao de hablar escueto y simple al que le costaba trabajo encontrar las palabras precisas, que como un burlón demonio, solo aparecían cuando era demasiado tarde y lo dejaban con el mismo pensamiento final “Debí decirle que…”. Con el lápiz en la mano, su mente derrochaba caudal, como cuando los pequeños caños del hato Caramacatal se llenaban por la lluvia que caía en los lejanos cerros, allende la sabana.  Escribir era lo que invariablemente hacia cuando Rosaura lo dejaba sin palabras, bien fuera porque le preguntaba cualquier tontería o porque ponía esos hermosos ojos marrón en él.  José María no podía hilar más de cuatro palabras cuando Rosaura lo miraba.  Y no era porque no tuviera mucho por decirle, ni porque de su mente no brotaran. Simplemente, los ojos marrón de Rosaura eran una talanquera entre la mente y la boca del negro – como cariñosamente le decían sus amigos – Toda ella era una talanquera.

Pero esa noche ella no estaba allí; el negro trataba de no dejar trambucar su curiara en el raudal de sensaciones que le producía el recuerdo de Rosaura. No tenía alternativa, así que del bolsillo trasero del pantalón, tomó el papel y el lápiz y se dispuso a escribirle. Su compadre Felipe le había traído un nuevo pocillo de café y se había recostado en un curraquito azul que estaba guindado debajo de los garabatos sogueros y quizá sin intención, le ponía el ultimo ingrediente a la nostalgia del negro; Felipe zurrungueaba un viejo cuatro, sacándole notas de un San Rafael en sol menor.  José María, lápiz en mano, se dejo llevar…

“Ven.  Todo lo dicho, todo lo escrito, todo lo hecho, se resume en esa pequeña y significativa palabra. No puedo decirte más y no puedo hacer más.  No puedo ofrecerte nada que no tengas ya,  ni podría darte nada que no hayas vivido. No hallaras en mí, nada que no hayas encontrado ya en otra persona; todo hay que decirlo. Y sin embargo, es muy posible que lo que en mi halles, sea suficiente para que comprendas que el corazón obedece a razones que la razón no entiende.  No puedo ofrecerte felicidad porque tú la posees toda en forma de sonrisa; esos labios de merey que aprisionan un garza blanca producen toda la felicidad que pudiera imaginarse.  No podría, atendiendo al clásico romanticismo, ofrecerte la luna y las estrellas, porque tus ojos emanan más brillo que el de todas ellas juntas.  Y ya lo ves Rosaura, soy un hombre simple que de extraordinario solo tiene la fortuna de haber sido parido en este inmenso llano. Un hombre que constantemente se equivoca, que quiere mucho y que hiere un tanto; un hombre que por la manera en que fue criado, aprendió a amar. Me forme en el amor a mi sabana, a la grama y la guaratara, a mi caballo sillonero y a mi soga de enlazar. Me enseñaron a valorar las cosas pequeñas tanto como las extraordinarias, y por eso soy capaz de solazarme en el melodioso canto del cristofué y en la abrasadora mirada de tus ojos bellos. Me maravilla tanto la cayena roja, como tu hermoso pelo al que ella adorna; debe ser porque Dios creo la cayena específicamente para que encontrara su lugar natural en ti.  Pero esta dura tierra también me hizo un hombre con los pies bien puestos en ella, conocedor de las dificultades y conocedor que no todas ellas se pueden superar.  Pensaras quizá que soy un poco loco y tal vez tengas razón (alguna vez leí que quienes tenemos un tanto de locura somos mejor compañía que quienes se dicen cuerdos); soy consciente de ello y me alegra serlo, pues bajo ciertas circunstancias, esa sana locura hace que lo que a otros les duele, a mí me estimule y me rete.  Ven; no es para nada fácil, pero quienes solo emprenden lo fácil, jamás encuentran lo extraordinario de la vida. Yo no voy a luchar para ser parte de tu vida, porque eso no se lucha, no se pelea. Serás tu quien si me quiere en ella, me pondrás ahí. Yo solo puedo estar aquí para que tu mano me alcance si es que algún día decides hacerlo. Como ves Rosaura, no hay ni un solo motivo para que vengas y aun así, espero que lo hagas. Este llano te espera para que los araguaneyes sean más amarillos y el agua de mi jagüey sea más dulcita. Es este llano, no yo, quien te necesita para que el canto del gallo padrote del patio sea más alegre y retador. Es este llano quien espera halagarte con el dulzor de sus mangos. Es este llano quien te va a brindar un manirital en agosto y una luna clara en octubre, exactamente igual a la que ahora mismo veo. No vengas a mí, ven al llano, que finalmente, el llano y yo somos uno”

El canto del gallo pasionero declaró concluida la sesión de escritura. Era alrededor de la media noche cuando José María firmó la carta, la dobló y la guardó en el bolsillo de la camisa que habría de vestir al día siguiente. El plan era, con los lebrunos del día, ensillar su alazano crin de plata e ir hacia el pueblo, donde habría de encontrar un “propio” con quien hacérsela llegar a Rosaura.  Cuando el sol despuntaba, ya el negro había tomado el trillo apropiado con rumbo hacia Santa Helena. Cuando hubo recorrido algo más de tres tabacos, llegó a la orilla del caño Guasimito y desde su orilla tiró al agua el cacho de beber. Mientras apuraba el agua fresca, comprendió que lo que tenía que hacer era otra cosa; saco la carta de su bolsillo y espicillandola, la tiró al Guasimito.  Sus corrientes habrían de llevarle el contenido a Rosaura si de Dios estaba…

Rodrigo Gallo

@AlegreBengali

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