Esa noche, todo parecía ser lugares comunes
en la situación que estaba viviendo José María.
Sentado en el piso de tierra de la caballeriza y con la espalda
recostada en el horcón de uvero disfrutaba de la brisa fresca que venia del
norte, y que hacía más llevadera la calurosa noche. Recordaba una canción mexicana que había oído
en la cantina del pueblo, si su memoria no lo traicionaba, de la voz de Jorge Negrete,
la cual hablaba de la luna de octubre y entonces pensaba que esa luna, no podría ser otra distinta a esta luna clara,
que en este preciso octubre, iluminaba su llano llenando la sabana de
claroscuros. El lastimero y acompasado canto del aguaitacamino dominaba el
espacio que debería estar pleno de sonidos nocturnales, pero que hoy,
extrañamente, parecía una sinfonía escrita solamente para él. Apurando el último sorbo de café cerrero
decidió escribir. Con un lápiz sobre una hoja de papel, José María sufría una
particular metamorfosis. En ese instante, no era el criollo bragao de hablar
escueto y simple al que le costaba trabajo encontrar las palabras precisas, que
como un burlón demonio, solo aparecían cuando era demasiado tarde y lo dejaban
con el mismo pensamiento final “Debí decirle que…”. Con el lápiz en la mano, su
mente derrochaba caudal, como cuando los pequeños caños del hato Caramacatal se
llenaban por la lluvia que caía en los lejanos cerros, allende la sabana. Escribir era lo que invariablemente hacia
cuando Rosaura lo dejaba sin palabras, bien fuera porque le preguntaba
cualquier tontería o porque ponía esos hermosos ojos marrón en él. José María no podía hilar más de cuatro
palabras cuando Rosaura lo miraba. Y no
era porque no tuviera mucho por decirle, ni porque de su mente no brotaran.
Simplemente, los ojos marrón de Rosaura eran una talanquera entre la mente y la
boca del negro – como cariñosamente le decían sus amigos – Toda ella era una
talanquera.
Pero esa noche ella no estaba allí;
el negro trataba de no dejar trambucar su curiara en el raudal de sensaciones
que le producía el recuerdo de Rosaura. No tenía alternativa, así que del
bolsillo trasero del pantalón, tomó el papel y el lápiz y se dispuso a
escribirle. Su compadre Felipe le había traído un nuevo pocillo de café y se había
recostado en un curraquito azul que estaba guindado debajo de los garabatos
sogueros y quizá sin intención, le ponía el ultimo ingrediente a la nostalgia
del negro; Felipe zurrungueaba un viejo cuatro, sacándole notas de un San
Rafael en sol menor. José María, lápiz en
mano, se dejo llevar…
“Ven.
Todo lo dicho, todo lo escrito, todo lo hecho, se resume en esa pequeña
y significativa palabra. No puedo decirte más y no puedo hacer más. No puedo ofrecerte nada que no tengas ya, ni podría darte nada que no hayas vivido. No
hallaras en mí, nada que no hayas encontrado ya en otra persona; todo hay que
decirlo. Y sin embargo, es muy posible que lo que en mi halles, sea suficiente
para que comprendas que el corazón obedece a razones que la razón no
entiende. No puedo ofrecerte felicidad
porque tú la posees toda en forma de sonrisa; esos labios de merey que
aprisionan un garza blanca producen toda la felicidad que pudiera
imaginarse. No podría, atendiendo al clásico
romanticismo, ofrecerte la luna y las estrellas, porque tus ojos emanan más
brillo que el de todas ellas juntas. Y ya
lo ves Rosaura, soy un hombre simple que de extraordinario solo tiene la fortuna
de haber sido parido en este inmenso llano. Un hombre que constantemente se
equivoca, que quiere mucho y que hiere un tanto; un hombre que por la manera en
que fue criado, aprendió a amar. Me forme en el amor a mi sabana, a la grama y
la guaratara, a mi caballo sillonero y a mi soga de enlazar. Me enseñaron a
valorar las cosas pequeñas tanto como las extraordinarias, y por eso soy capaz
de solazarme en el melodioso canto del cristofué y en la abrasadora mirada de
tus ojos bellos. Me maravilla tanto la cayena roja, como tu hermoso pelo al que
ella adorna; debe ser porque Dios creo la cayena específicamente para que
encontrara su lugar natural en ti. Pero
esta dura tierra también me hizo un hombre con los pies bien puestos en ella, conocedor
de las dificultades y conocedor que no todas ellas se pueden superar. Pensaras quizá que soy un poco loco y tal vez
tengas razón (alguna vez leí que quienes tenemos un tanto de locura somos mejor
compañía que quienes se dicen cuerdos); soy consciente de ello y me alegra
serlo, pues bajo ciertas circunstancias, esa sana locura hace que lo que a
otros les duele, a mí me estimule y me rete.
Ven; no es para nada fácil, pero quienes solo emprenden lo fácil, jamás
encuentran lo extraordinario de la vida. Yo no voy a luchar para ser parte de
tu vida, porque eso no se lucha, no se pelea. Serás tu quien si me quiere en
ella, me pondrás ahí. Yo solo puedo estar aquí para que tu mano me alcance si
es que algún día decides hacerlo. Como ves Rosaura, no hay ni un solo motivo para
que vengas y aun así, espero que lo hagas. Este llano te espera para que los
araguaneyes sean más amarillos y el agua de mi jagüey sea más dulcita. Es este
llano, no yo, quien te necesita para que el canto del gallo padrote del patio
sea más alegre y retador. Es este llano quien espera halagarte con el dulzor de
sus mangos. Es este llano quien te va a brindar un manirital en agosto y una
luna clara en octubre, exactamente igual a la que ahora mismo veo. No vengas a mí,
ven al llano, que finalmente, el llano y yo somos uno”
El canto del gallo pasionero declaró
concluida la sesión de escritura. Era alrededor de la media noche cuando José María
firmó la carta, la dobló y la guardó en el bolsillo de la camisa que habría de
vestir al día siguiente. El plan era, con los lebrunos del día, ensillar su
alazano crin de plata e ir hacia el pueblo, donde habría de encontrar un “propio”
con quien hacérsela llegar a Rosaura. Cuando
el sol despuntaba, ya el negro había tomado el trillo apropiado con rumbo hacia
Santa Helena. Cuando hubo recorrido algo más de tres tabacos, llegó a la orilla
del caño Guasimito y desde su orilla tiró al agua el cacho de beber. Mientras
apuraba el agua fresca, comprendió que lo que tenía que hacer era otra cosa;
saco la carta de su bolsillo y espicillandola, la tiró al Guasimito. Sus corrientes habrían de llevarle el
contenido a Rosaura si de Dios estaba…
Rodrigo
Gallo
@AlegreBengali

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