jueves, 19 de febrero de 2015

LOS DIAS FELICES


Acaballado sobre el tranquero y con su pocillo de peltre llenito de café humeante, Rogelio tenía la mirada perdida. Podría pensarse que estaba ensimismado contemplando la hermosa puesta de sol que teñía de color araguato el horizonte, y precisamente eso fue lo que pensó José María, su compadre de sacramento cuando se acercó a saludarlo.

-Epa compita, buenas tardes – fue el saludo casi medio cantado de José María. Rogelio le contesto con un lacónico – entonces compa – dejando entrever el rostro bañado por el agónico sol y por la nostalgia.

– Qué tá jaciendo mi compa en ese tranquero, chico – fue la pregunta del compadre, hecha con su caracteristico buen humor. Rogelio confirmando la nostalgia que lo invadia le contestó – aquí mirando compadre, como hasta el mas bonito de los dias tiene su ocaso -.

José María, comprendiendo el estado de animo de su compadre, le echó el brazo por encima del hombro y casi que en baja voz le dijo: - Compita, tranquilo que los dias felices aun no se han acabado todos -

Esa frase fue como un golpe de agua que rompió la presa que contenía las palabras de Rogelio. Hombre callado y estóico, siempre había dado ejemplo de firmeza ante las adversidades, hecho que incluso, en algunas ocasiones fue interpretado como insensibilidad. Pero que va; era el criollo un hombre muy sentimental, solo que mostraba su real condición solo con algunas muy cercanas personas. Una de esas era su compa José María, de ahí que en ese momento, se sintiera en total confianza para expresarle su sentir.

No compita – empezo a hilar Rogelio – para mi, los dias felices ya se acabaron y usted mas que nadie lo sabe. Yo se que en la vida que tengo por delante, mucha o poca según lo decida El Barbas, me esperan momentos de felicidad, pero los dias felices, esos en que por muchos problemas que tuviera entre pecho y espalda, solo podia sonreir, esos mi compa, esos ya se acabaron ¿Recuerda usted mi compita, cómo era este viejo cuando vivía en el fundo? Esos si eran los dias felices. Como no ser extremedamente feliz cuando veia correr por el patio a mis muchachitas, aún sin edad para ir a la escuela. Yo me quedaba viéndolas de lejos, intentando adivinar que era lo que les producia esas risas tan sinceras y puras; contagiosas además compa, porque recuerdo que invariablemente, terminaba yo con la sonrisa dibujada en el rostro. Ahí, ya no aguantaba mas y salía corriendo a abrazarlas. Cuando ellas me veían, venían a mi encuentro y resultabamos los tres en un solo abrazo. Yo, con ellas al hombro, me encaminaba para el comedor y la mujer me recibia con un pocillo de café y un beso; yo podía llegar rucio de polvo caminero, o recién bañado en la laguna, eso era lo de menos; siempre podía contar con abrazos, besos y café caliente. Pija compa, esos eran los dias felices.

Dias felices compita, esos que siempre empezaban muy de mañanita, antes que el sol saliera. Ya las muchachitas iban a la escuela y tenían que levantarse muy temprano, así que yo iba a despertarlas con un beso en la frente. Ellas, profundamente dormidas en sus chinchorros a veces ni lo sentían, pero ahí de a pocos entre que les silbaba alguna tonada y las toñequeaba acariciándoles el cabello, se iban despertando. Compita, ver esos ojos abrirse a un nuevo dia, con sus miradas llenas de inocencia y de amor por este viejo, eran una sublime expresión de felicidad. De ahí pa'lante, ya nada podía salir mal. Recuerdo mi compa, que yo llevaba de cabresto el castaño frontino donde mis muchachas iban remontadas rumbo a la escuela. En la puerta, despedía a cada una y ellas me estampaban un sonoro beso en la mejilla, para despues decirme en coro “Bendición, pa”, a lo que yo siempre respondia con un “Mi Virgen de Manare las guarde” mientras ellas entraban corriendo. Compa, digame usted si esos no eran los dias felices.

En el fundo se vivia tranquilo, y aunque nada sobraba, nada faltaba. La mujer y yo, con empeño y cariño nos dedicabamos a las tareas diarias y aunque hubiesen complicaciones, al final El Barbas nos ayudaba a emparejar las cargas, de manera que al terminar el dia, reconfortante nos esperaba la cena, a veces humilde, a veces abundante, pero eso si, siempre hecha con cariño y siempre ganada honradamente a punta de trabajo y esfuerzo. Compita, usted mas que nadie sabe que comerse esos tungos con yema, y pasados con aguadepanela o guayoyo caliente, despues de un dia de faena, perfectamente cabe en cualquier descripción de felicidad.

Como no considerar dias felices a aquellos donde por motivo de alguna fecha especial, venía a visitarnos la familia. Caracha si le cabía gente al fundo compita. No era sino ver esa pila de colgaderos, para calcular cuantos cristianos estaban bajo el empalmado. Nunca falto carne en la tasajera ni huevos en los nidales para compartir. La topochera y la yuquera daban sus frutos mejores. Mangos y caimitos, pomarosos y caimarones nos proveian de fruta dulce y claro, la quesera siempre lista a entregar de mañana los camazos llenos de leche espumosa. De la troja salia el maiz jojoto para las arepas y de la olleta mas tiznada, siempre el cerrero caliente. Y como si no hubiera bastante, del caño pesquero se podia calmar el antojo de bagre y cachama. Carcacha compa; esos si eran los dias felices.

Recuerdo como caía la noche y bajo del empalmado siempre resultaba la charla y el cuento. A veces, zurrUngueaba yo mi cuatro viejo y salía mas de un cantador al ruedo, bien para entonarse un pasajito, bien para declamarse un poema. De cualquier porsiacaso alguien manoteaba una frasca de miche y ya estaba la noche compuesta. Mientras los pijitas quedaban dormidos en sus chinchorritos, todos bien acomodados y con el mosquitero puesto, los mayores compartiamos risas y cariño. Ah compa, esos, esos eran los dias felices.

Pero ya ve compa; asi como el sol, con todo y lo maraca de grande que es, tiene su momento en que se oculta y ya no brilla mas, los dias felices en mi vida ya tuvieron su ocaso. Y no estoy triste compa, ni siquiera lo lamento. Nada mas caigo en la cuenta que eso es así. Hoy trillando estos caminos tan lejanos de mi fundo y de mi gente, se que la vida aun me tiene momentos de felicidad; al menos eso es lo que espero, pero los dias felices, compa, los dias felices ya no vuelven mas.

Despacio, como pensando cada movimiento, Rogelio se fue apeando del tranquero, ya con el pocillo de peltre vacío y dándole la espalda al moribundo sol, tomó el camino hacia la cocina del hato. - Pa donde va mi compa – le grito José María

- Camine compita; vamos por uno de esos momentos de felicidad; doña Eulalia puso a hacer mas cerrero y por el aroma que suelta la cocina, ya estuvo – contestó Rogelio, moviendo la cabeza de un lado pa otro, mientras por las mejillas, furtivas le rodaban un par de lágrimas.

Rodrigo Gallo

@AlegreBengali

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