GUADALUPE, EL ÁRBOL DE ACEITE Y EL MUELLE
Mas casual no había podido
ser ese encuentro. Juan de los Santos
hizo todo esa tarde, tal cual tenía por costumbre. Después de dejar su potro
canelo amarrado en el palo de Aceite que había en la cabecera del playón, y
caminar los 25 o 30 metros que de allí había hasta un pequeño muelle construido
hace años por Isaías el bonguero, se sentaba en el ultimo tablón y le zumbaba
los pies al rio. La suave corriente del
bajo Guacavía, con sus aguas claras y tibias, era como un masaje para los pies
cansados del vaquero. Se divertía viendo a los pijitas que formaban, entre nado
y juegos infantiles, la rochela en uno de los rebalses del río. Allí entraba en una suerte de meditación cuando
estaba solo, o trababa una amena conversación con cualquier parroquiano que se
arrimara al muelle. Era Juan de los Santos muy popular y muy querido en esos
correderos. A ese punto del río, concurría gente de las tres veredas cercanas,
y gracias a las buenas maneras del vaquero, además de su agradable
conversación, se había hecho merecedor de los afectos del vecindario.
Incluso a veces doña Julia, la dueña de
la pequeña tienda que había en la entrada al playón, se le acercaba con un vaso
de guarapo si estaba el calor prendido, o con un cerrero humeante si la tarde
estaba toldada. Después de un par de horas de estar allí, remontaba nuevamente
en su canelo y regresaba a la casita de bahareque y techo de moriche que tenía
en el caserío de Matepalma.
Pero esa tarde de mayo,
estando sentado en el muelle, al sentir unos pasos que hacían sonar los viejos tablones,
volteo la cara y la vio. - ¡Virgen de
Manare!, que mujer más hermosa - pensó
Juan de los Santos al ver a Guadalupe.
Morena clara, de pelo largo y lacio, casi de la misma estatura del
vaquero, con un cuerpo que envidiaría cualquier muchachita de 20 y un rostro de
una belleza infinita. – Buenas tardes –
saludo la morena; el vaquero tratando de recobrar el aliento, solo atinó a
ponerse de pie, quitarse el sombrero y pronunciar un tímido buenas tardes. Después de cruzar dos
frases de simple cordialidad con la morena, se despidió y regreso como de
costumbre al caserío, pero en vez de llegar a su casa, fue a buscar a su
comadre Adelaida para preguntarle si de casualidad conocía a la morena, pues él
nunca antes la había visto. Después de describírsela, Adelaida supo que se
trataba de Guadalupe y le dio al vaquero las pocas referencias que tenía de
ella. Le conto que era una mujer que había llegado hacia un par de años a esos
correderos y que vivía en el caserío de El Boral; que allí era muy apreciada
por los vecinos, muy agradable y de intachable comportamiento. Ante la respuesta de Adelaida, pensó para sus
adentros, moviendo su cabeza de un lado a otro, cómo era posible entonces que
en esos dos años no la hubiera visto antes.
De ese día en adelante, Juan
de los Santos llegaba de tardecita al playón como lo había hecho siempre, solo
que ahora esperaba ver nuevamente a Guadalupe. Pasaron cuatro días sin
resultados positivos, pero a la tarde del quinto, cuando amarró el canelo al
palo de Aceite, vio a la morena sentada en el muelle, con los pies en el rio.
De no ser porque había más ojos viéndolo desde la tienda de doña Julia, el
vaquero hubiera brincado de felicidad. Sin embargo se contuvo, y caminando
despacio llego al muelle. De pie a unos dos metros de la morena, acopiando
valor, la saludo muy alegremente – Buenas
tardes señorita, mucho gusto, mi nombre es Juan de los Santos, servidor de
usted y de mi Virgen de Manare - Buenas
tardes, respondió la morena volteando la cara y dejando ver unos hermosos ojos
café de mirada profunda – Mi nombre es Guadalupe; mucho gusto Juan - El vaquero quedo al instante, invadido de una
sensación de calidez y tranquilidad, y completamente impactado por la morena. No era solo su inocultable belleza; la inenarrable
dulzura de su voz, era una laguna de aguas en calma que había
logrado serenar su ser.
Se sentó naturalmente en el
muelle como lo había hecho siempre, y ya con los pies en el rio, se inició casi
que sola, una amena conversación entre el vaquero y la morena; para Juan de los
Santos no hubo pijitas, no hubo doña Julia, no hubo río siquiera; su atención
estaba totalmente cooptada por el encanto de Guadalupe. Fue inevitable que le preguntara por qué no la
había visto antes y la morena le respondió diciéndole que hasta hace poco había
decidido venir a conocer este playón del
Guacavía, del que le habían hablado maravillas pero que por variadas
circunstancias, no había visitado sino hasta esa tarde de mayo en que la vio
llegar el vaquero. Al cabo de un par de
horas se despidieron sin acordar un nuevo encuentro. Solo esperaba Juan de los
Santos, que a Guadalupe le hubiera gustado el rio y la compañía, así tendría la
esperanza de verla nuevamente; finalmente, ese era su playón, era su muelle y
seguiría yendo como de costumbre.
Al día siguiente, nuevamente
desde el Aceite donde amarraba al canelo, volvió a ver a Guadalupe sentada en
el muelle y sintiendo la felicidad que sintió,
lo supo. Ya ese muelle no volvería a ser el mismo sin la morena. A medida que iban pasando los días y la
confianza entre ellos iba creciendo, esos encuentros en el muelle eran cada vez
más bonitos. Había mucho cariño, y era inocultable que cada uno, consideraba al
otro como alguien muy especial. A Juan
de los Santos, especialmente lo derretía el buen humor de Guadalupe. Nunca antes
una mujer lo había hecho sonreír tanto; estaba metido en un remolino el hombre,
porque además de gustarle tanto que la morena le trajera ese nivel de alegría,
se sentía completamente enternecido con las sonrisas de Guadalupe. Es que ese
rostro hermoso, se iluminaba como sol de marzo cada vez que sonreía y cada
sonrisa de ella, era el detonante del deseo de abrazarla. Abrazo que solamente se daba al momento de
despedirse. Era un abrazo llenito de cariño, desbordado de un tácito “te veo
mañana”; de un silente “te voy a extrañar”.
Eran tan fuertes esos dos momentos, que de tener Juan de los Santos la
potestad de eternizar alguno, no habría podido decidir entre ese abrazo o ver
sonreír a Guadalupe. De cuando en
cuando, Isaías atracaba el bongo en el muellecito y al desembarcar, con las
buenas tardes les obsequiaba una mirada cómplice.
El tiempo, había
transcurrido lo suficiente para, según el juicio de Juan de los Santos,
manifestarle a Guadalupe que en los capones de su corazón, ya estaba puesta su
cifra de herrar. Aunque el vaquero era
un hombre locuaz y producto del cariño que sentía, nunca le había faltado la
palabra precisa y el elogio sincero para Guadalupe, lo complicado iba a estar
en la confesión. En ese aspecto, Juan de los Santos era más de hechos que de
palabras y si a estas alturas, la morena no lo había leído ya, había perdido
todo su tiempo. Estaba decidido, esa tarde era su tarde.
Al sol del atardecer, vista
desde el Aceite, Guadalupe sentada en el muelle era lo más
cercano a la definición de lo sublime. Quizá era porque, producto de su
decisión, Juan de los Santos estaba estrenando mirada, y con ella, la morena se
veía más hermosa que nunca. Lo que iba a
hacer, era que justo después del abrazo de despedida, le estamparía un beso en
sus labios de merey. Si la morena le correspondía, Dios le habría regalado la
máxima felicidad.
Después de un par de eternas
horas, se dieron el consabido abrazo y al desentrelazarlo, Juan de los Santos
tomó entre sus manos el rostro hermoso de Guadalupe, quien le respondió con la
más tierna, pura y cálida de sus sonrisas. El vaquero se quedo contemplándola y
en un instante se vio orillado a tomar la más difícil de las decisiones.
¿Besarla? O quedarse viendo esa sonrisa que era el dulce yugo de su alma…
Rodrigo
Gallo
@AlegreBengali
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