jueves, 24 de julio de 2014

GUADALUPE, EL ÁRBOL DE ACEITE Y EL MUELLE


GUADALUPE, EL ÁRBOL DE ACEITE Y EL MUELLE

Mas casual no había podido ser ese encuentro.  Juan de los Santos hizo todo esa tarde, tal cual tenía por costumbre. Después de dejar su potro canelo amarrado en el palo de Aceite que había en la cabecera del playón, y caminar los 25 o 30 metros que de allí había hasta un pequeño muelle construido hace años por Isaías el bonguero, se sentaba en el ultimo tablón y le zumbaba los pies al rio.  La suave corriente del bajo Guacavía, con sus aguas claras y tibias, era como un masaje para los pies cansados del vaquero. Se divertía viendo a los pijitas que formaban, entre nado y juegos infantiles, la rochela en uno de los rebalses del río.  Allí entraba en una suerte de meditación cuando estaba solo, o trababa una amena conversación con cualquier parroquiano que se arrimara al muelle. Era Juan de los Santos muy popular y muy querido en esos correderos. A ese punto del río, concurría gente de las tres veredas cercanas, y gracias a las buenas maneras del vaquero, además de su agradable conversación, se había hecho merecedor de los afectos del vecindario. Incluso  a veces doña Julia, la dueña de la pequeña tienda que había en la entrada al playón, se le acercaba con un vaso de guarapo si estaba el calor prendido, o con un cerrero humeante si la tarde estaba toldada. Después de un par de horas de estar allí, remontaba nuevamente en su canelo y regresaba a la casita de bahareque y techo de moriche que tenía en el caserío de Matepalma.


Pero esa tarde de mayo, estando sentado en el muelle, al sentir unos pasos que hacían sonar los viejos tablones, volteo la cara y la vio.  - ¡Virgen de Manare!, que mujer más hermosa -  pensó Juan de los Santos al ver a Guadalupe.  Morena clara, de pelo largo y lacio, casi de la misma estatura del vaquero, con un cuerpo que envidiaría cualquier muchachita de 20 y un rostro de una belleza infinita.  – Buenas tardes – saludo la morena; el vaquero tratando de recobrar el aliento, solo atinó a ponerse de pie, quitarse el sombrero y pronunciar un tímido buenas tardes. Después de cruzar dos frases de simple cordialidad con la morena, se despidió y regreso como de costumbre al caserío, pero en vez de llegar a su casa, fue a buscar a su comadre Adelaida para preguntarle si de casualidad conocía a la morena, pues él nunca antes la había visto. Después de describírsela, Adelaida supo que se trataba de Guadalupe y le dio al vaquero las pocas referencias que tenía de ella. Le conto que era una mujer que había llegado hacia un par de años a esos correderos y que vivía en el caserío de El Boral; que allí era muy apreciada por los vecinos, muy agradable y de intachable comportamiento.  Ante la respuesta de Adelaida, pensó para sus adentros, moviendo su cabeza de un lado a otro, cómo era posible entonces que en esos dos años no la hubiera visto antes.

De ese día en adelante, Juan de los Santos llegaba de tardecita al playón como lo había hecho siempre, solo que ahora esperaba ver nuevamente a Guadalupe. Pasaron cuatro días sin resultados positivos, pero a la tarde del quinto, cuando amarró el canelo al palo de Aceite, vio a la morena sentada en el muelle, con los pies en el rio. De no ser porque había más ojos viéndolo desde la tienda de doña Julia, el vaquero hubiera brincado de felicidad. Sin embargo se contuvo, y caminando despacio llego al muelle. De pie a unos dos metros de la morena, acopiando valor, la saludo muy alegremente – Buenas tardes señorita, mucho gusto, mi nombre es Juan de los Santos, servidor de usted y de mi Virgen de Manare -  Buenas tardes, respondió la morena volteando la cara y dejando ver unos hermosos ojos café de mirada profunda – Mi nombre es Guadalupe; mucho gusto Juan -  El vaquero quedo al instante, invadido de una sensación de calidez y tranquilidad, y completamente impactado por la morena. No era solo su inocultable belleza; la inenarrable dulzura de su voz, era una laguna de aguas en calma que había logrado serenar su ser.

Se sentó naturalmente en el muelle como lo había hecho siempre, y ya con los pies en el rio, se inició casi que sola, una amena conversación entre el vaquero y la morena; para Juan de los Santos no hubo pijitas, no hubo doña Julia, no hubo río siquiera; su atención estaba totalmente cooptada por el encanto de Guadalupe.  Fue inevitable que le preguntara por qué no la había visto antes y la morena le respondió diciéndole que hasta hace poco había decidido venir  a conocer este playón del Guacavía, del que le habían hablado maravillas pero que por variadas circunstancias, no había visitado sino hasta esa tarde de mayo en que la vio llegar el vaquero.  Al cabo de un par de horas se despidieron sin acordar un nuevo encuentro. Solo esperaba Juan de los Santos, que a Guadalupe le hubiera gustado el rio y la compañía, así tendría la esperanza de verla nuevamente; finalmente, ese era su playón, era su muelle y seguiría yendo como de costumbre.

Al día siguiente, nuevamente desde el Aceite donde amarraba al canelo, volvió a ver a Guadalupe sentada en el muelle y sintiendo la felicidad que sintió,  lo supo. Ya ese muelle no volvería a ser el mismo sin la morena.  A medida que iban pasando los días y la confianza entre ellos iba creciendo, esos encuentros en el muelle eran cada vez más bonitos. Había mucho cariño, y era inocultable que cada uno, consideraba al otro como alguien muy especial.  A Juan de los Santos, especialmente lo derretía el buen humor de Guadalupe. Nunca antes una mujer lo había hecho sonreír tanto; estaba metido en un remolino el hombre, porque además de gustarle tanto que la morena le trajera ese nivel de alegría, se sentía completamente enternecido con las sonrisas de Guadalupe. Es que ese rostro hermoso, se iluminaba como sol de marzo cada vez que sonreía y cada sonrisa de ella, era el detonante del deseo de abrazarla.  Abrazo que solamente se daba al momento de despedirse. Era un abrazo llenito de cariño, desbordado de un tácito “te veo mañana”; de un silente “te voy a extrañar”.  Eran tan fuertes esos dos momentos, que de tener Juan de los Santos la potestad de eternizar alguno, no habría podido decidir entre ese abrazo o ver sonreír a Guadalupe.  De cuando en cuando, Isaías atracaba el bongo en el muellecito y al desembarcar, con las buenas tardes les obsequiaba una mirada cómplice. 

El tiempo, había transcurrido lo suficiente para, según el juicio de Juan de los Santos, manifestarle a Guadalupe que en los capones de su corazón, ya estaba puesta su cifra de herrar.  Aunque el vaquero era un hombre locuaz y producto del cariño que sentía, nunca le había faltado la palabra precisa y el elogio sincero para Guadalupe, lo complicado iba a estar en la confesión. En ese aspecto, Juan de los Santos era más de hechos que de palabras y si a estas alturas, la morena no lo había leído ya, había perdido todo su tiempo. Estaba decidido, esa tarde era su tarde.

Al sol del atardecer, vista desde el  Aceite,  Guadalupe sentada en el muelle era lo más cercano a la definición de lo sublime. Quizá era porque, producto de su decisión, Juan de los Santos estaba estrenando mirada, y con ella, la morena se veía más hermosa que nunca.  Lo que iba a hacer, era que justo después del abrazo de despedida, le estamparía un beso en sus labios de merey. Si la morena le correspondía, Dios le habría regalado la máxima felicidad. 

Después de un par de eternas horas, se dieron el consabido abrazo y al desentrelazarlo, Juan de los Santos tomó entre sus manos el rostro hermoso de Guadalupe, quien le respondió con la más tierna, pura y cálida de sus sonrisas. El vaquero se quedo contemplándola y en un instante se vio orillado a tomar la más difícil de las decisiones. ¿Besarla? O quedarse viendo esa sonrisa que era el dulce yugo de su alma…

Rodrigo Gallo
@AlegreBengali


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