jueves, 24 de julio de 2014

ALEJANDRA



ALEJANDRA

Mientras esperaba a que Alejandra saliera, Juan Domingo recordaba el San Pascual bailón donde la había conocido. El viejo Gerardo, dueño del Hato La Maporita le había ofrecido un baile al santo, por la abundante cosecha prodigada el año anterior y que se había hecho manifiesta en la gran cantidad de mamantones y ganado de saca que en el último trabajo mayero, contabilizaba La Maporita. Allí la había conocido. Estaba en el Hato como invitada de una de las hijas del viejo y aunque no era llanera, esa noche lucía su falda floreada y su cayena en el pelo, con más elegancia que el resto de las mujeres.

El baile, como debía ser, lo había abierto el Viejo Gerardo con la doña y detrás de ellos, todas las parejas se acercaban a la imagen del santo, a ofrecer a sus pies un trago de miche. Como por cosa del destino, o quizá del mismo San Pascual, los ojos de Juan Domingo se habían topado con los de Alejandra cuando éste, se acerco inopinadamente a invitarla a bailar. Los dos sintieron la chispita, eso estaba claro. Toda la noche rieron, bailaron y conversaron como si se hubiesen conocido hace mucho tiempo. Era evidente la mutua atracción. Lastimosamente, al día siguiente, Alejandra tenía que regresar a su mundo. La ciudad, su trabajo, su vida normal la esperaba.

Desde ese día, en la mente de Juan Domingo había quedado impresa la imagen de la catira, bella, con su piel de trigo maduro y con su pelo recortado como las hojas de un rosal. Desde ese día, cada lunes en la mañana, se paraba Juan Domingo en la barranca del rio y con su poncho de rayas verdes y rojas, capeaba el bongo que subía para Puerto Lozada, y con Felipe, el bonguero, enviaba una carta para Alejandra. De la misma manera, los viernes en la tarde, se volvía a parar en la barranca, para de nueva cuenta, capear el bongo de Felipe, donde, sin falta, venía la respuesta de la catirita. Allí sentado y zumbándole los pies a las cálidas aguas del rio, en completa soledad leía la carta. El brillo de los ojos de Juan Domingo leyendo, se confundía con el naranja sol que se ahogaba en el rio. Luego, con el pecho llenito de cariño y alegría, regresaba a la casa y guardaba juiciosamente la carta, en el baúl de cedro macho que había construido con sus propias manos, exclusivamente para ese fin.   El ciclo se repetía con rigurosidad matemática.

El intercambio epistolar, sincero, bonito y cabal, los hacía tener los sentimientos encontrados. Por un lado la felicidad de saber que así fuera a la distancia, se tenían el uno al otro. Por otra parte, la nostalgia del querer y no poder. Para Juan Domingo era inevitable pensar que el sacerdote que la había bautizado Alejandra, había acertado de forma contundente. Su nombre, Alejandra, evocaba lejanía, distancia. – No, la pija – pensó Juan Domingo, esto no podía continuar así.

El siguiente lunes, capeó el Bongo de Felipe, pero no para mandar la consabida carta, sino para embarcarse hasta Puerto Lozada, y desde allí, venciendo el terror que sentía por los aviones, volar hasta la capital e ir a buscar a Alejandra.

Juan Domingo, muy nervioso, mientras esperaba a la catira afuera de su casa y recordaba esta historia, caminaba de un lado a otro. Decidió, en un momento de genialidad, cruzar a la acera de enfrente. Eso le daría el tiempo necesario para recuperar el aliento después de ver que Alejandra, vestida de azul claro, más hermosa que nunca, con su cabello corto y rubio al viento, saliera del edificio. Ya estaba decidido. Cuando la catira llegara hasta él para saludarlo, le iba a estampar un cálido y tímido beso en sus labios. Después, bueno, después ya no importaba nada más. Ya habría cumplido el motivo de su viaje, y todo lo que sucediera en adelante, amor o desamor, sería del total dominio del albur.


Rodrigo Gallo
@AlegreBengali

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