ALEJANDRA
Mientras esperaba a que Alejandra
saliera, Juan Domingo recordaba el San Pascual bailón donde la había conocido.
El viejo Gerardo, dueño del Hato La Maporita le había ofrecido un baile al
santo, por la abundante cosecha prodigada el año anterior y que se había hecho
manifiesta en la gran cantidad de mamantones y ganado de saca que en el último
trabajo mayero, contabilizaba La Maporita. Allí la había conocido. Estaba en el
Hato como invitada de una de las hijas del viejo y aunque no era llanera, esa
noche lucía su falda floreada y su cayena en el pelo, con más elegancia que el
resto de las mujeres.
El baile, como debía ser, lo había
abierto el Viejo Gerardo con la doña y detrás de ellos, todas las parejas se
acercaban a la imagen del santo, a ofrecer a sus pies un trago de miche. Como
por cosa del destino, o quizá del mismo San Pascual, los ojos de Juan Domingo
se habían topado con los de Alejandra cuando éste, se acerco inopinadamente a
invitarla a bailar. Los dos sintieron la chispita, eso estaba claro. Toda la
noche rieron, bailaron y conversaron como si se hubiesen conocido hace mucho
tiempo. Era evidente la mutua atracción. Lastimosamente, al día siguiente,
Alejandra tenía que regresar a su mundo. La ciudad, su trabajo, su vida normal
la esperaba.
Desde ese día, en la mente de Juan
Domingo había quedado impresa la imagen de la catira, bella, con su piel de
trigo maduro y con su pelo recortado como las hojas de un rosal. Desde ese día,
cada lunes en la mañana, se paraba Juan Domingo en la barranca del rio y con su
poncho de rayas verdes y rojas, capeaba el bongo que subía para Puerto Lozada,
y con Felipe, el bonguero, enviaba una carta para Alejandra. De la misma
manera, los viernes en la tarde, se volvía a parar en la barranca, para de nueva
cuenta, capear el bongo de Felipe, donde, sin falta, venía la respuesta de la
catirita. Allí sentado y zumbándole los pies a las cálidas aguas del rio, en
completa soledad leía la carta. El brillo de los ojos de Juan Domingo leyendo,
se confundía con el naranja sol que se ahogaba en el rio. Luego, con el pecho
llenito de cariño y alegría, regresaba a la casa y guardaba juiciosamente la
carta, en el baúl de cedro macho que había construido con sus propias manos,
exclusivamente para ese fin. El ciclo se repetía con rigurosidad
matemática.
El intercambio epistolar, sincero,
bonito y cabal, los hacía tener los sentimientos encontrados. Por un lado la
felicidad de saber que así fuera a la distancia, se tenían el uno al otro. Por
otra parte, la nostalgia del querer y no poder. Para Juan Domingo era
inevitable pensar que el sacerdote que la había bautizado Alejandra, había
acertado de forma contundente. Su nombre, Alejandra, evocaba lejanía,
distancia. – No, la pija – pensó Juan Domingo, esto no podía continuar así.
El siguiente lunes, capeó el Bongo de
Felipe, pero no para mandar la consabida carta, sino para embarcarse hasta
Puerto Lozada, y desde allí, venciendo el terror que sentía por los aviones,
volar hasta la capital e ir a buscar a Alejandra.
Juan Domingo, muy nervioso, mientras
esperaba a la catira afuera de su casa y recordaba esta historia, caminaba de
un lado a otro. Decidió, en un momento de genialidad, cruzar a la acera de
enfrente. Eso le daría el tiempo necesario para recuperar el aliento después de
ver que Alejandra, vestida de azul claro, más hermosa que nunca, con su cabello
corto y rubio al viento, saliera del edificio. Ya estaba decidido. Cuando la
catira llegara hasta él para saludarlo, le iba a estampar un cálido y tímido
beso en sus labios. Después, bueno, después ya no importaba nada más. Ya habría
cumplido el motivo de su viaje, y todo lo que sucediera en adelante, amor o
desamor, sería del total dominio del albur.
Rodrigo
Gallo
@AlegreBengali
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