jueves, 24 de julio de 2014

EL CARACARO


EL CARACARO

Después de regresar del largo viaje a la ciudad, en el que casi que a regañadientes había sido embarcado por su negra Fátima, José del Carmen ya no volvió a ser el mismo.  La insistencia de Fátima había sido superior a la renuencia del criollo a salir de su llano, así fuera temporalmente. Pero era necesario; desde hacía más de seis meses, José del Carmen, hombre de espíritu y físico endurecidos, había empezado a acusar un recurrente dolor de cabeza. Hoy le echaba la culpa a lo apretado que le quedaba el borsalino nuevo, mañana a lo recio del sol del mediodía, pasado mañana a que su negra no le había dado suficiente guayoyo; excusas propias de quien se sabe duro y sano.  El viaje entonces, tenía por objeto visitar a su hermano Fernando, a quien no veía hace años, y por ahí derecho, hacerse un chequeo médico.

Aunque regresó con la sonrisa a flor de labios y con la misma alegría que lo caracterizaba, no mas al descargar los macundales, Fátima pudo darse cuenta de la enorme diferencia. Solo ella, que lo conocía más que cualquiera otra persona en el mundo, noto que los ojos de José del Carmen no brillaban como siempre.  – Como te fue mi viejo – le dijo entre abrazos y sonrisas, y como era de esperarse, el criollo le conto que todo había salido perfectamente, a no ser por un detalle, que aunque nimio, lo molestaba profundamente. –El carrizo e’ doctorcito ese me formuló esta jodi’a, vieja – dijo con amargura el criollo, mientras de las alforjas sacaba unas flamantes gafas.  Le conto a Fátima, como esos benditos dolores de cabeza se debían a que estaba miope. – Y ahora mi vieja, como carajo voy a domar cerreros con estos peazo’ e vidrios en la cara -. Una sonora pero comprensiva risa, fue la respuesta de Fátima, apretujando a su viejo.

Por obvias razones, ya José del Carmen no era más el amansador del hato.  Pero para un hombre de su energía y disposición a la labor, no era aceptable quedarse sin hacer nada; habría que encontrar otro oficio.  A la mañana siguiente, se despidió de Fátima y se dirigió a la mata de monte que separaba el paradero del caño La Raya, y casi que con sacralidad, se dispuso a darle hacha a un imponente caracaro, del que saldrían siquiera dos piezas de madera. Duró una semana completa en esa labor, durante la cual también cortó unos horcones de uvero y unas varas de guafa y guafilla para hacer una enramada, que techaría con hojas de palma real amarradas con majagua. Tres días enteros tuvo que escuchar Fátima el incesante “tronco, zapatilla” con el que José del Carmen, encaramado en el cerchado de la enramada,  le pedía al hijo del chocotero, las hojas de palma previamente abatanadas para entechar.  Se le notaba al criollo una mezcla de nostalgia por no ser más el amansador, pero también un consistente animo por su nueva actividad.

Una mañana de finales de marzo, sentado en el taburete de la cocina; cerrero en mano; le dijo a Fátima – Bueno mi vieja, ya termine la enramada y le voy a pedir un favor, a usted y a todos los demás; a esa enramada no entra nadie más sino este viejo. Por eso la encerré con lona mientras termino mi labor allí adentro – Sabia el criollo que con eso era suficiente; tanto su negra como los demás, le tenían un enorme respeto y si él disponía algo, ya podía darlo por cumplido.  A partir de esa mañana, pasaba todo el día dentro de la enramada y solamente salía a buscar los alimentos, el café y el guarapo. Se había dedicado en cuerpo y alma a su nueva labor. Cuando el sol se ponía, salía extenuado y sudoroso, y cogía el trillo del caño para darse un refrescante baño. Luego, al colgadero a pasar la noche abrazado a su negra Fátima, tal como lo había hecho durante los últimos 15 años.  Pero la noche del 25 de abril fue diferente.  Una vez su negra se durmió, José del Carmen, cuidadoso, se paro del curraco, le dio un prolongado beso en la frente, guindo un chinchorrito viejo en enramada, hizo sus acostumbradas oraciones y cerca de la media noche, se dispuso a dormir tranquilo y a pierna suelta.

No mas al canto del cristofué, cerca de las cinco de la mañana,  Fátima, al sentirse sola en el curraco, se puso en pie y salió de la habitación.  No encontró a José del Carmen por ningún lado y allí, supo la razón por la cual el brillo se había ido de los ojos de su viejo. Serena, caminó hasta la enramada y encontró el chinchorro guindado y dentro de él, a su viejo durmiendo el sueño eterno, ya frio y yerto.  Cayó de rodillas a su lado sin poder contener el llanto.  Fátima, encontró también en la enramada un reluciente ataúd hecho con la madera obtenida del caracaro y dentro de él, el bayetón de José del Carmen y una hoja de papel, escrita de su puño y letra:

“Al frente, en el paradero, el punto tengo escogido, donde asombra un guarataro
Donde cestea un mocho viejo y consuela un cristofué las penas de un tarotaro
Arropa’o con bayetón, se vuelvan llano mis huesos en su caja de caracaro
Quien cambia por unos pesos, bendito sea Dios, caramba, la eternidad de un amparo” (1)

El jueves 26 de abril en la madrugada, José del Carmen murió víctima de un tumor cerebral inoperable, detectado en los exámenes médicos. El tratamiento que le ofrecían los doctores, le auguraba apenas un 5% de probabilidades. Decidió entonces ir a morir a su hato, al lado de su negra Fátima, escondiendo los síntomas del avance de la enfermedad, utilizando unas innecesarias gafas, y sin que nadie supiera de su condición. Quiso ser enterrado en un ataúd construido por sus propias manos. Fue el último acto de amor por su negra; no iba a dejarle un montonón de problemas, así que, faculto, recio y braga’o, José del Carmen resolvió hasta su propio funeral.

Rodrigo Gallo Lemus
@AlegreBengali



(1) El verso citado es un fragmento de la canción “Yo no le vendo mi fundo” de autoría del maestro Carlos “Cachi” Ortegón

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