EL
CARACARO
Después de regresar del
largo viaje a la ciudad, en el que casi que a regañadientes había sido
embarcado por su negra Fátima, José del Carmen ya no volvió a ser el
mismo. La insistencia de Fátima había
sido superior a la renuencia del criollo a salir de su llano, así fuera
temporalmente. Pero era necesario; desde hacía más de seis meses, José del
Carmen, hombre de espíritu y físico endurecidos, había empezado a acusar un
recurrente dolor de cabeza. Hoy le echaba la culpa a lo apretado que le quedaba
el borsalino nuevo, mañana a lo recio del sol del mediodía, pasado mañana a que
su negra no le había dado suficiente guayoyo; excusas propias de quien se sabe
duro y sano. El viaje entonces, tenía
por objeto visitar a su hermano Fernando, a quien no veía hace años, y por ahí
derecho, hacerse un chequeo médico.
Aunque regresó con la
sonrisa a flor de labios y con la misma alegría que lo caracterizaba, no mas al
descargar los macundales, Fátima pudo darse cuenta de la enorme diferencia.
Solo ella, que lo conocía más que cualquiera otra persona en el mundo, noto que
los ojos de José del Carmen no brillaban como siempre. – Como
te fue mi viejo – le dijo entre abrazos y sonrisas, y como era de
esperarse, el criollo le conto que todo había salido perfectamente, a no ser
por un detalle, que aunque nimio, lo molestaba profundamente. –El carrizo e’ doctorcito ese me formuló esta
jodi’a, vieja – dijo con amargura el criollo, mientras de las alforjas
sacaba unas flamantes gafas. Le conto a
Fátima, como esos benditos dolores de cabeza se debían a que estaba miope. – Y ahora mi vieja, como carajo voy a domar
cerreros con estos peazo’ e vidrios en la cara -. Una sonora pero
comprensiva risa, fue la respuesta de Fátima, apretujando a su viejo.
Por obvias razones, ya José
del Carmen no era más el amansador del hato.
Pero para un hombre de su energía y disposición a la labor, no era
aceptable quedarse sin hacer nada; habría que encontrar otro oficio. A la mañana siguiente, se despidió de Fátima y
se dirigió a la mata de monte que separaba el paradero del caño La Raya, y casi
que con sacralidad, se dispuso a darle hacha a un imponente caracaro, del que
saldrían siquiera dos piezas de madera. Duró una semana completa en esa labor,
durante la cual también cortó unos horcones de uvero y unas varas de guafa y guafilla
para hacer una enramada, que techaría con hojas de palma real amarradas con
majagua. Tres días enteros tuvo que escuchar Fátima el incesante “tronco, zapatilla”
con el que José del Carmen, encaramado en el cerchado de la enramada, le pedía al hijo del chocotero, las hojas de
palma previamente abatanadas para entechar.
Se le notaba al criollo una mezcla de nostalgia por no ser más el
amansador, pero también un consistente animo por su nueva actividad.
Una mañana de finales de
marzo, sentado en el taburete de la cocina; cerrero en mano; le dijo a Fátima –
Bueno mi vieja, ya termine la enramada y
le voy a pedir un favor, a usted y a todos los demás; a esa enramada no entra
nadie más sino este viejo. Por eso la encerré con lona mientras termino mi
labor allí adentro – Sabia el criollo que con eso era suficiente; tanto su negra
como los demás, le tenían un enorme respeto y si él disponía algo, ya podía
darlo por cumplido. A partir de esa
mañana, pasaba todo el día dentro de la enramada y solamente salía a buscar los
alimentos, el café y el guarapo. Se había dedicado en cuerpo y alma a su nueva
labor. Cuando el sol se ponía, salía extenuado y sudoroso, y cogía el trillo
del caño para darse un refrescante baño. Luego, al colgadero a pasar la noche
abrazado a su negra Fátima, tal como lo había hecho durante los últimos 15
años. Pero la noche del 25 de abril fue
diferente. Una vez su negra se durmió,
José del Carmen, cuidadoso, se paro del curraco, le dio un prolongado beso en
la frente, guindo un chinchorrito viejo en enramada, hizo sus acostumbradas
oraciones y cerca de la media noche, se dispuso a dormir tranquilo y a pierna
suelta.
No mas al canto del
cristofué, cerca de las cinco de la mañana,
Fátima, al sentirse sola en el curraco, se puso en pie y salió de la
habitación. No encontró a José del
Carmen por ningún lado y allí, supo la razón por la cual el brillo se había ido
de los ojos de su viejo. Serena, caminó hasta la enramada y encontró el chinchorro
guindado y dentro de él, a su viejo durmiendo el sueño eterno, ya frio y
yerto. Cayó de rodillas a su lado sin
poder contener el llanto. Fátima,
encontró también en la enramada un reluciente ataúd hecho con la madera
obtenida del caracaro y dentro de él, el bayetón de José del Carmen y una hoja
de papel, escrita de su puño y letra:
“Al
frente, en el paradero, el punto tengo escogido, donde asombra un guarataro
Donde
cestea un mocho viejo y consuela un cristofué las penas de un tarotaro
Arropa’o
con bayetón, se vuelvan llano mis huesos en su caja de caracaro
Quien cambia por unos pesos, bendito sea
Dios, caramba, la eternidad de un amparo” (1)
El jueves 26 de abril en la
madrugada, José del Carmen murió víctima de un tumor cerebral inoperable,
detectado en los exámenes médicos. El tratamiento que le ofrecían los doctores,
le auguraba apenas un 5% de probabilidades. Decidió entonces ir a morir a su
hato, al lado de su negra Fátima, escondiendo los síntomas del avance de la
enfermedad, utilizando unas innecesarias gafas, y sin que nadie supiera de su
condición. Quiso ser enterrado en un ataúd construido por sus propias manos.
Fue el último acto de amor por su negra; no iba a dejarle un montonón de
problemas, así que, faculto, recio y braga’o, José del Carmen resolvió hasta su
propio funeral.
Rodrigo Gallo Lemus
@AlegreBengali
(1)
El verso citado es un fragmento de la canción “Yo no le vendo mi fundo” de autoría
del maestro Carlos “Cachi” Ortegón
No hay comentarios:
Publicar un comentario