LOS MANGOS DE JOSÉ DEL CARMEN
Tanto Segundo, el
encargado, como los peones de la Hacienda “El Olvido”, sentían la misma
curiosidad, pero nadie se atrevía a preguntarle. Quizá porque José del
Carmen era un hombre en extremo reservado. Si bien era muy cordial,
jocoso y compañerista, cuando se trataba de sus asuntos personales, se
convertía en una maquina de decir monosílabos.
Lo único que se sabía
con certeza, era que cuando Josefina se había ido del llano, hace algo más de
seis meses, José del Carmen había llegado en silencio a la
hacienda. Era “El Olvido” una de las muchas resultantes, de la sucesiva
fragmentación que había sufrido el Hato “Nubarrones”, al ser repartidas
sus tierras como herencia en varias generaciones. Todos los herederos
descendían del viejo Hernando Brito, fundador de “Nubarrones”. Don
Julio, el propietario de “El Olvido”, biznieto del viejo Hernando, había
heredado cerca de 900 hectáreas en las vegas del Rio Cusiana, y con mucho
esfuerzo y dedicación, las había convertido en una próspera hacienda ganadera.
José del Carmen, en su juventud, había sido la mano derecha de don Julio
y por tal razón, cuando el criollo volvió a “El Olvido” después de 20 años de
ausencia, el hombre lo había recibido con la mayor de las
consideraciones. El criollo podía sentir como suya la hacienda; de hecho,
una de las instrucciones que don Julio había impartido a Segundo, era que José
del Carmen debía ser tratado como un Brito.
Sin embargo, y lejos
de ser un hombre pretencioso, José del Carmen se había puesto a órdenes de Segundo,
para los efectos del trabajo que él, como colaboración y gratitud a Brito, iba
a hacer en “El Olvido” mientras estuviera viviendo allí. Además, no
olvidaba José del Carmen, que cuando, 20 años atrás, se despidió para
irse a buscar su vida llano adentro, don Julio, en retribución a su trabajo y
lealtad, le había entregado en propiedad, las 100 hectáreas mal contadas
que sumaban los potreros La Guinea y El Algarrobo, parte en bajo, parte en
banqueta. Mientras el criollo estuvo ausente, don Julio siguió en
posesión de esa tierra, pero cuando hace seis meses, José del Carmen se
presentó de nuevo en el tranquero de “El Olvido” don Julio se la entrego
formalmente, y el criollo la recibió y la llamo “Los Mangos”.
Después del
ordeño, se sentaban sin falta, José del Carmen, Segundo y los peones, a
la larga mesa de cedro macho que junto con las bancas de tabla, servían de
comedor. La mona, esposa de Segundo y cocinera de la hacienda, les servía
café negro en abundancia, tungos, yema frita y cascajos de topocho verde.
Entre cuentos y risas, y con el trino de cubiros y canarios sabaneros
como fondo musical, apuraban el desayuno y Segundo repartía las diferentes
tareas del día. La revisión de los ganados, de las cercas, bebederos y salinas,
la callejoneada, la limpia del paradero, la rocería de los potreros, el
encierro de los mamantones y otras varias que se ejecutaban a diario en “El
Olvido”.
Invariablemente,
cuando estaba bebiendo el café negro después de terminar el desayuno, José del
Carmen, por unos minutos, se quedaba en completo silencio, con la mirada ida;
eso había sucedido con una rigurosidad matemática durante los 187 días
que llevaba el criollo en la hacienda. Ese silencio, y el hecho de que
José del Carmen, todas las tardes se demoraba más que cualquier peón, cuando
salía a darle vuelta a la medianía de “El Olvido” con “Los Mangos”, era lo que
llenaba de curiosidad a Segundo y a los peones. Pero ninguno se atrevía a
preguntar.
No podían saber
ellos, que ese silencio matutino de José del Carmen, no era otra cosa que una
íntima conversación entre él y su café cerrero humeante. José Del Carmen le
pedía a su café, que así como le traía el recuerdo de Josefina, también le
diera alguna razón de su paradero, o que por lo menos, si podía, le
contara si la catira estaba bien. El cerrero, mudo, solo atinaba a entregarle
más aroma, y por ende, más imágenes de la catira. Cuando Josefina
se fue, dejó a José del Carmen con la decisión tomada, de decirle lo mucho que
la quería. La mañana que el criollo fue a buscarla para por fin
confesarle sus sentimientos, se encontró con que Josefina había partido el día
anterior y apenas le había dejado una lacónica nota de despedida. Josefina,
sabía de los sentimientos del criollo, así él, nunca se hubiese decidido a
confesárselos. Esa nota continuaba metida, arrugadita, 187 días después, en el
bolsillo del criollo quien a diario la leía, y por supuesto, acto seguido,
elevaba una pequeña plegaría por la catira. De cuando en cuando, unas lágrimas
enchumbaban el papel.
Tampoco podían los
peones, saber la razón de la excesiva demora de José del Carmen cuando todas
las tardes iba a revisar la mentada medianía, pero como no se atrevían a
preguntarle, una mañana de marzo, Segundo tomó la decisión de seguir
sigilosamente al criollo y matar la curiosidad de una buena vez, cuando José
del Carmen saliera, como todas las tardes, en su alazano crin de plata.
Así lo hizo, y cerca de las cuatro de la tarde, el trillo lo llevo a la
medianía y desde allí pudo divisar como José del Carmen, regaba con mucho
cariño, tres palos de mango de unos 70 centímetros de altura, debidamente
protegidos con camaretas de guafa, sembrados por él, y dispuestos en
triangulo, en un punto que quedaba a unos 200 metros de la orilla norte del
Cusiana. Una hora exacta duro el ritual. El criollo había hecho un
Jagüey a escasos metros de los tres mangos y de allí sacaba el agua con una
pequeño balde, para regarlos. Entre baldada y baldada, hablaba con ellos, les
conversaba, casi que los toñequeaba.
Luego, después de
persignarse, volvía a montar el potro y regresaba por el trillo. Ese día,
al pasar el broche, Segundo estaba esperándolo y entre pena y decisión, le
pregunto por la razón de aquel incomprensible comportamiento. José del
Carmen, le contó, mientras regresaban despacio por la sabana, que esos tres
palos los había sembrado, al día siguiente de llegar a “El Olvido” y que a
diario venia a regarlos y a hablarles, porque había leído alguna vez, que
cuando uno le habla a la naturaleza, ella le responde con bondad y que esos
mangos, le iban a dar fruta dulce, sombra y guindadero, y que esas tres cosas,
en un exacto momento de su vida, iban a ser sus posesiones mas
importantes. Segundo se rió como quien se burla de un loco, y le dijo: - pero
pija, pa’ que esos mangos estén de cosecha y guindadero falta un pocotón de
años familita –
Sin descomponerse
siquiera, entre dicho y susurrado, José del Carmen le respondió segura y
tajantemente – Segundo, yo no tengo ningún afán, y cuando Josefina
vuelva, lo único que tendré para recibirla serán los mangos más dulces de
todo el llano, la mejor sombra para guindar un curraco y este corazón
repleto de cariño. No es mucho, pero es algo que más nadie en el mundo le
va a poder ofrecer y entonces, ella se va a quedar conmigo para siempre –
Segundo calló.
Rodrigo Gallo Lemus
@AlegreBengali
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