jueves, 13 de noviembre de 2014

CUENTO NUMERO 16



Descolgó su viejo cuatro del garabato de caruto que tenía en el cuarto, donde además del instrumento, acostumbraba a colgar el sombrero, el bayetón y el mandador de flor amarillo; repasó la afinación con sacralidad y como era de esperarse, le sonó perfecta la seguidilla de La – Re – Fa Sostenido y Si. Parecía que el paso de  los años, había afincado sus trastes en el diapasón con milimétrica precisión.  Sentado en la silleta hecha del cuero de su vaca Medio Luto, le sacaba unas alegres notas de Guacharaca en Sol mayor. Invariablemente, el sonido del cuatro reflejaba la exacta vibración de su interior, y ahora, con esta muy agradable sorpresa, no podía sentirse menos que contento.  Pedro Pablo había podido confirmar que, como solía decir su compadre Dumar, de lo más limpio sale un tigre, y ahora  asombrado, felizmente comprobaba que El Barbas -como él solía referirse a Dios - siempre le regalaba un motivo para sonreír; y el cuatro seguía sonando al compás de sus sonrisas.


Haciendo un repaso de los acontecimientos, el punto cero lo llevaba al momento donde en medio de un baile sabanero había retrucado el verso de uno de los copleros, con tal gracia, que la concurrencia entera había roto en aplausos y risas. Pero un ocurrente comentario había hecho que volteara la vista hacia el rincón derecho del salón y sin más, se había topado con los ojos cafés de Eliana. Como un acto reflejo le había dado respuesta a la ocurrencia de la catira y en menos de lo que el gallo pasionero da su primer canti’o, se  encontraba inmerso en una agradable conversación con ella.  Vivía Eliana en la misma vereda que Pedro Pablo y por lo tanto, se habían cruzado un par de veces antes, sin que el uno hubiese reparado en el otro, pero esa noche en el baile, bueno, esa noche había sucedido algo diferente. No sabía explicar exactamente qué, pero era claro que desde esa noche, se habían empezado a ver con otros ojos.  Evidentemente, era Eliana una mujer hermosa, muy hermosa, y aunque Pedro Pablo era muy susceptible a la belleza femenina, era de una naturaleza superior  el nivel de conexión.


El día siguiente al mentado baile, Pedro Pablo había amanecido con el rostro de Eliana fijo en su mente y con la conversación presente, como si se la hubieran grabado en el cerebro. No pudo evitar una sonrisa al recordar cómo, de manera inopinada, le había dicho una frase producto del gusto manifiesto y ella le había respondido, sin dudarlo, en el mismo tenor; él, había tenido que contenerse para que no se le notara que esa respuesta le había llegado como un huracán.   Es que no era ningún muchachito y por tanto, el hecho que una simple frase le hubiera causado una fuerte reacción lo llenaba de asombro; de alegría sí, pero sobre todo de asombro.  Después de saborear el primer cerrero de la mañana y una vez hubo ordeñado a su quesera, le voló la pierna al potro castaño frontino hijo de su difunto caballo Mil Amores. Tenía que volverla a ver, eso sí con algún pretexto para no quedar tan expuesto, pero tenía que verla.  La esperó en el malecón del rio en donde recordaba haberla visto caminando alguna vez. Viendo bajar la espuma del rio jugando con la mareta, no pudo dejar de sentirse un poco intimidado. En esas lides, Pedro Pablo era un hombre supremamente torpe pero volver a disfrutar de la conversación con la catira, volver a ver sus ojos, volver a sentir su aroma a flores de malabar y sobre todo volver a escuchar esa dulce voz -pensaba Pedro Pablo que si los ángeles existieran, tendrían que tener una voz similar a la de Eliana – eran suficiente estímulo  para vencer el temor.


Pasados unos minutos, que al cámara le parecieron eternos, la vio venir por el sendero que corría paralelo a la ribera, aguas arriba. La brisa del rio, moderada por el guafal que dominaba el sendero, hacia mover el pelo de Eliana con una sinigual gracia. Vestía con sencillez, pero era la catira, de esas pocas personas que sea lo que sea que vistan les luce; al tenerla a poco menos de 10 metros, pudo verla sonriente y empezó a sentir un extraño cosquilleo en la nuca.  - Catirita, buenos días - dijo Pedro Pablo con la voz imperceptiblemente quebrada por los casi infantiles nervios y entregándole una cayena amarilla que había cortado en el camino; - Buenos días Pedro ¿cómo amaneciste? Que flor más bonita - respondió sonriente la bella mujer – Bueno, la cayena es para ponerla sobre la oreja izquierda de las mujeres bonitas; para eso las hizo Dios – dijo entre encantado y apenado, a lo que Eliana respondió con una hermosa sonrisa. Intercambiaron dos o tres frases más de cortesía y bajo una extraña pero evidente conexión, resultaron envueltos en una fluida conversación, donde las risas y los halagos eran lugar común.  Pedro Pablo incluso, a veces perdía el hilo porque se quedaba sumergido en el profundo de los ojos de Eliana, que se le antojaban vivos y dicientes, pero recuperando la lucidez, sorteaba el entuerto con una inusitada habilidad. Al calor de varios pocillos de  café compartidos bajo lo fresco del alar de la tienda de la señora Amalia, fue el canto de las cigarras veraneras lo que los alerto de la inminencia del ocaso.  Casi a regañadientes, se despidió de Eliana, esperando repetir tan sencillo pero elocuente momento.   Esa tarde, la catira le produjo un mundo de sensaciones felices y cuando Pedro Pablo empezó a desandar el camino de regreso al fundito,  al darse cuenta del tamaño de la sonrisa que llevaba, pensó que algún título habría que ponerle a la mujer que lo había vestido de sonrisas; “Princesa” le pareció perfecto.


Esa sonrisa, exactamente esa misma, lo había acompañado hasta el día de hoy, cuando sentado en la silleta hecha del cuero de Medio Luto, al compás de la Guacharaca en Sol Mayor, hacia la cuenta de las numerosas tardes en compañía de la princesa, todas inundadas de alegría, plenas y agradables. Con una mezcla de asombro, felicidad e incluso algo de temor, Pedro Pablo concluía que la princesa le gustaba mucho y para más ñapa, sabía a ciencia cierta que él le gustaba a la princesa.  No sabía nada más, no le preocupaba nada más; pensaba que ya, de ahí en adelante, era cosa de dejar fluir los acontecimientos y que si de Dios y su Virgen de Manare estaba, habría encontrado en Eliana una perfecta compañera de viaje.  Mientras tanto, vistiendo las sonrisas producidas por la princesa, seguiría tocando muchas Guacharacas en Sol Mayor.


Rodrigo Gallo

@AlegreBengali

2 comentarios:

  1. Ya lo leí tres veces, con los acentos y el ritmo propios del llano. Con el cantar llano que tienen los criollos.
    Se detuvo el tiempo mientras leía el primer párrafo. No recuerdo haber leído nunca, una danza tan increíble e impecable entre el amor, la felicidad y la música. Casi podía oír ese cuatro rompiendo el silencio y ver la silleta del cuero de Medio Luto.
    Que amor tan bonito, que gran descripción, que enorme envidia, de las letras aquí plasmadas.
    Ha sido un honor recibir la invitación a leer este cuento maravilloso, que mas que cuento, me sonó a un poema con música llanera.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Mega, me honra mucho leer sus conceptos. Me alegra que haya disfrutado este cuento y estaré alertandolo de nuevas publicaciones

      Eliminar